
Una noche de amor, quizá un día entero,
cabalgando las llanuras esteparias
de tu cuerpo,
escalando con riesgo la venusiana loma
donde descansar de tanto anhelo,
arrastrándome sediento por
entre dunas desérticas
ansiando libar tus encendidas cúpulas.
Tu, mar agitado de cimbreantes olas,
sumergiéndome en tu éxtasis
prolongado y dulce,
estremeciéndome en la tormenta,
ojo del huracán de tus deseos,
estallándome en tu aire como
una palmera de fuegos de artificio.
Bajo nosotros el contacto
cálido del lecho
embozado de brillantes destellos,
sábanas de satén como un caleidoscopio
de ráfagas luminosas.
En la esquina izquierda superior
la críptica etiqueta que indica
los cuidados precisos al lavarlas:
Jabón, temperatura, prelavado,
fórmula cualitativa,
acrílico, algodón y diecisiete elementos diferentes.
Y el nombre bordado que
no es mío, ni tuyo,
sino de alguien que dice llamarse Christian Dior.
Como pétalos esparcidos
en plateado estanque,
cuerpos confundidos entre
pliegues violáceos
derrotando al satén en cada embate.
Ah, ¿pero puede arrugarse el raso?
Contradicción eterna
incluso en el tejido.
Imágenes difusas que recortan alientos
extraños en el tiempo,
penetrando las ondas
del satinado espacio
que termina envolviendo
tu cuerpo y el mío,
frío y calor unidos en raso alborotado.