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viernes, julio 04, 2008

Dueño



Son tuyos, actor. Los espectadores van a llegar hasta ti y van a regalarte su tiempo y su espacio para que los llenes de palabras, gestos, miradas, risas y llantos. Por tu cuerpo fluirá una música plena de sentimientos, cada una de tus fibras, cada uno de tus músculos, se confabularán en un misterio que les quitará su espacio y su tiempo para dártelos a ti. Solamente unos minutos para ti. Y les devolverás la capacidad de soñar, de vivir otra vida, de enhebrar otras frases que harán propias aun siendo ajenas.
Luego, pasado ese breve momento, se irán con lo que les hayas dejado en su imaginación. Y, más tarde, sólo serás una brizna de su recuerdo. Entonces volveréis a estar solos tu corazón y el mar.

martes, mayo 20, 2008

De la bohemia

El cómico Luis Manzano, que cumplió varias temporadas de éxito en el Teatro Apolo allá por los años veinte, se encuentra actuando en Málaga con un sueldo exiguo. Y apenas tiene para lo más preciso.
Ante esta delicada situación económica, reunido consigo mismo en junta general, decide por unanimidad no abonar un céntimo a la patrona en cuya casa se hospeda. Un día la patrona que, aunque sea la excepción, era una infeliz, pregunta muy intrigada a uno de sus huéspedes:
-¿Sabe usted lo que quiere decir "bohemio"?
-Naturalmente. ¿Por qué me lo pregunta usted?
-Porque el señor Manzano me ha dicho que él no paga porque es "bohemio".

domingo, mayo 18, 2008

Eros dormido



-Mira. Ahí abajo van a sentarse los espectadores para que les hables, para que les mires sin verlos. Han dejado sus casas para venir a vernos. Han abandonado durante unas horas muebles y objetos que llevan impregnado el olor de una vida para que les distraigamos con una mentira.

-¿Acaso no puede ser igualmente una mentira que se llame trabajo, deber, ambición, amor, familia?

-Claro que sí. Por eso mismo vienen a participar en una mentira que saben que lo es.

-Nuestro trabajo, nuestra propia mentira.

-Eros tiene mucha fuerza.

-¿Eros?

-No me refiero a la sensualidad, que sólo es una manifestación de Eros. Es la creación, la corriente profunda y embriagadora que impregna a una persona cuando se encuentra con Eros. La labor creadora, las artes, la convivencia, todo está saturado de Eros. Y donde él no se manifiesta, la gente se vuelve sorda e inerte.

-El objetivo es la perfección. Y a ella hay que subordinarlo todo, todas las experiencias, incluso la vida.

-Sí. Vas a descubrir el horror de ser actor, de ser artista. Y estarás obligado a estar consciente de lo que eres siempre. El gran momento del artista está precedido por miles de momentos grises. Y cuando llega ese momento, debe permanecer lúcido y sereno. El artista se acostumbra a vivir durante su vida en perpetuo concubinato con el arte.

-Es difícil de soportar tanta pasión.

-O dejar que Eros duerma.

martes, mayo 13, 2008

Martes 13 de mayo



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Pedro Muñoz Seca. La venganza de Don Mendo. Jornada Segunda (fragmento)

martes, abril 29, 2008

Antes de salir a escena

Actor, aprende a ser humilde, profundamente humilde. No sabes nada sobre los hombres, ni tampoco sobre las fuerzas que los mueven y animan a vivir o morir. No sabes nada sobre el amor; en tu trabajo manejas palabras aprendidas y simples ideas preconcebidas. La realidad es mucho más sorprendente, la fuerza de su imaginación es mucho más rica y mágica que cualquier situación humana que el hombre pueda concebir dentro de los límites de su propia imaginación.
Sé humilde, actor. Vas a engañar a unas personas que quieren que les engañes. La vida real, es otra cosa.

domingo, abril 06, 2008

Palabras

POLONIO-What do you read, my Lord?
HAMLET-Words, words, words.

W. Shakespeare. Hamlet. Acto segundo, escena VII (fragmento).

miércoles, abril 02, 2008

Los seis entierros de Calderón de la Barca

Don Pedro Calderón de la Barca tuvo una mocedad agitada. Malfurrió la herencia de su padre, se metía en reyertas por un quítame allá esas pajas, desenvainaba el acero con harta reiteración. Y profanó un convento de clausura.
Esto último sucedió en el Madrid de 1629, cuando en el mentidero de Representantes de la calle del León se organizó una agarrada entre gentes del teatro que acabó en pendencia. Un actor, Pedro Riquelme, desenvainó la espada e hirió a un hermano de Calderón de la Barca y éste se fue a por él. El actor puso pies en polvorosa y, en su huida, se escondió en el convento de las Trinitarias, donde estaba enterrado Cervantes y guardaba entonces clausura la hija de Lope de Vega. Don Pedro y sus amigos no se pararon en barras y asaltaron el convento, revolviendo todo, registrando celdas y -hay quien dice- que levantando el velo a las monjitas para comprobar que no estaba Riquelme disfrazado de sor.
El actor escapó indemne, pero el autor de La vida es sueño terminó detenido. Lope de Vega le escribió una airada carta en la que le ponía a caldo por haber profanado la clausura de su hija y pisoteado el sepulcro de Cervantes.
Y quizá el espíritu de don Miguel tuviera algo que ver -que en estos menesteres de ultratumba nunca se sabe- en los avatares que sufrió el cadáver de Calderón cuando decidió dejar este mundo y fue enterrado en la iglesia de San Salvador. Allí descansó durante ciento sesenta años hasta que le exhumaron porque el templo iba a ser derruido. Lo trasladaron a la capilla de la Archicofradía Sacramental de San Nicolás con todos los honores, mientras los cómicos de la época salieron al paso del cortejo para rendir homenaje a quien recitaban tan a menudo.
Disfrutó don Pedro de veintiocho años plácidos hasta que decidieron llevarle a lo que iba a ser el nunca concluso Panteón de hombres ilustres en san Francisco el Grande. Y sus huesos quedaron amontonados durante cinco años junto a otros insignes hasta que los devolvieron a sus lugares de origen. Así que de vuelta a san Nicolás, en un traslado que inauguró el viaducto de Madrid, en su cuarto entierro. Seis años de sosiego hasta que lo trasladaron al templo de la calle de la Torrecilla del Leal.
Cuando se cerró esta parroquia, y a la espera de la construcción de una nueva en la carrera de san Bernardo, se trasladaron los restos en 1902 a una capilla del antiguo Hospital de la Princesa. El nuevo templo de la calle de san Bernardo estuvo listo unos años después y allá que fueron los huesecillos del escritor con la esperanza de descansar en paz de una vez. Pero el advenimiento de la República vino a truncar el reposo, pues el templo fue incendiado durante la quema de iglesias y los restos se supone que acabaron chamuscados.
Se dio por desaparecido a Calderón porque la urna con sus restos no apareció. Pero... Al parecer, un grupo de previsores frailes ocultaron los restos para que los republicanos no la emprendieran con ellos. Lo emparedaron. Así lo confesó un anciano sacerdote al historiador Francisco Azorín, aunque lo que no le dijo fue dónde lo escondieron porque nadie lo recordaba.
Dijo el ilustre periodista zaragozano Mariano de Cavia que no hay en España profesión más intranquila, insegura e incómoda que la de difunto ilustre.

jueves, marzo 13, 2008

Una conferencia

A don Jacinto Benavente le pidieron que diera una conferencia para el Club Femenino de Damas.
-¿Y de quién se compondrá el auditorio? -preguntó el premio Nobel.
-De las socias del club: muchachas que estudian, escritoras, señoritas que quieren vivir una vida independiente...
Respondió don Jacinto:
-Muchas gracias, pero tengo poco tiempo para prepararme, y no quiero hablar a tontas y a locas.

jueves, enero 31, 2008

Miedo


El niño se movía inquieto en medio del bullicio de las bambalinas. Iba a hacer de pastorcillo en El rabo del Diablo, adaptación de una pieza navideña de Alejandro Casona titulada A Belén, pastores. A pesar de ser niño tenía "frase": "¡Mirad, pastores! ¡La estrella!". No era el monólogo de Segismundo pero a él le parecía muy importante. Entre bastidores repetía aquellas cuatro palabras en su mente con la persistencia de una remachadora, temiendo que se le olvidaran. ¿Pero cómo se le iban a olvidar cuatro palabrejas? Mirad-pastores-la-estrella... Es prácticamente imposible olvidarlas. Los personajes adultos iban y venían de los camerinos, más preocupados por el vestuario que por el texto y, en medio de aquel tráfago, tres niños (uno de ellos con derecho a frase en la obra) vestidos con unas zamarras de piel de borrego sin mangas y tocados con gorritos espantables, permanecían en el silencio nada propio de un niño. Estaban nerviosos y tenían miedo. El niño no sabía qué temían los otros dos, pero él temía olvidarse de su frase. No era miedo a salir a escena, ni al público, ni a los "compañeros" del elenco, ni siquiera a que se cayera una tramoya del decorado sobre sus cabezas. Sólo un invisible y terco miedo a no saber cumplir con su obligación, que en aquel momento era decir a los pastores que había una estrella.
Hace unos días comentaba con mi amigo Turu la recurrente pesadilla que nos situaba dentro de los muros venerables y centenarios del colegio, en clase de matemáticas a punto de ser preguntados por el profesor. Niños asustados ante la posibilidad de ser pillados en renuncio ante unas preguntas cuyas respuestas, obviamente, ignorábamos. Y Turu, con su proverbial socarronería, decía: "Con lo fácil que hubiera resultado ir con la lección aprendida, nos obstinamos en ir a clase a pasar miedo".
Se define al miedo como una emoción. Biológicamente el miedo construye un mecanismo de supervivencia y de defensa que permite al individuo responder ante situaciones adversas con rapidez y eficacia. Así leído hasta se puede llegar a desear tener miedo, pues se responderá con eficacia y rapidez, pero... ¡qué mal se pasa, caramba!

Y el actor tiene miedo antes de salir a escena, es un explorador del vacío que se extiende más allá de la batería, donde los focos ciegan y no permiten ver a quién se enfrenta. No. Se enfrenta a sí mismo, a su propio vacío, a su propia indefinición. La palabra es su única aliada y su memoria el recurso.
La vida, a diferencia del teatro, no tiene libreto escrito, y hay que rastrear -con miedo- el abismo que se desconoce. No sirven los recuerdos, y la experiencia se lleva cargada a la espalda. Hay que indagar qué hay fuera de aquí, más allá de nuestros límites. Y tenemos miedo.

-¿Adónde cabalgas, señor?
-No lo sé; fuera de aquí. Siempre fuera de aquí, sólo así podré llegar a mi meta.
(Franz Kafka. La partida).

Y tenemos miedo.

viernes, enero 18, 2008

Mademoiselle Clairon




La Clairon -Claire Josephine Hippolyte Leiris de Latude- fue célebre actriz y diva de primera magnitud en la Comèdie Française a mediados del siglo XVIII. Tenía merecida fama de mujer galante por su hermosura, su trato y su irresistible atractivo sexual. Paseaba un atardecer por las más céntricas vías de París en compañía de una de sus más dilectas amigas cuando, al pasar por la calle de Saint-Honoré, se le acercó un ciego que, ayudado por su lazarillo, imploraba la caridad.
El inválido, refiriéndose a la inmensa desgracia de la falta de visión, dijo:
-¡Tened piedad, hermosas señoras, de un desventurado que ha perdido la alegría de este mundo!
Y la Clairon se volvió a su amiga y le preguntó:
-¿Es que este pobre hombre es un eunuco?

En otra ocasión, en el saloncillo de uno de los teatros más prestigiosos de París, un renombrado autor preguntó a la Clairon qué diferencia advertía entre un hombre de cincuenta años y otro de sesenta. La actriz dio la siguiente respuesta:
-Cuando un hombre empieza a tener grises los cabellos, tiene cincuenta años, y cuando vuelve a tenerlos negros, es que ya ha cumplido los sesenta.

La Clairon se retiró de la escena en 1765, y ya en sus últimos años de vida -y no muy sobrada de recursos- se refugió en el quinto piso de una modesta casa de vecindad. Allí acudió a visitarla uno de sus adoradores de otros tiempos, el cual se presentó ante ella fatigadísimo por la cantidad de escalones que acababa de subir.
-¡Oh, señora! ¡Cinco pisos! ¡Qué alto vivís!
Y la Clairon, siempre ingeniosa, respondió con la más seductora de las sonrisas:
-¿Qué queréis, amigo mío? ¡Es ya el único recurso que me queda para hacer palpitar los corazones!

sábado, diciembre 01, 2007

Apasionamiento y pasión

Hablábamos ayer en nuestra habitual tertulia, Kalía, Currintzi, Turulato y un servidor sobre el apasionamiento entre las personas (además de sobre otras cuestiones, irreproducibles por supuesto). Y creo que todos coincidimos en que nos entusiasma que la otra parte nos apasione. Lo que nos enamora es la pasión.
El actor tiene que apasionarse con el personaje que interpreta para poder, así, apasionar al público. La pasión que nace de la entraña, de su entraña, y brota como un torrente hacia el patio de butacas para hacer sentir la palabra a quienes escuchan, y ven. La interpretación tendría que ver con esa deuda humana que existe entre el arte, el talento y la dignidad. Hay palabras que perdieron su significación original tras una adulteración vana y gratuita. Palabras que nos llevan a conformarnos con casi nada. ¡Si en nosotros se halla el todo más absoluto!
Apasiónate, actor, en algo tan difícil como hermoso: Sentir en el alma el personaje que nos habita.

miércoles, noviembre 28, 2007

Argucias femeninas

Bernard Shaw recibe una carta de una tal mistress Huysmann, coleccionista de autógrafos, que solicita uno del genial comediógrafo quien, en breve epístola llena de satíricas observaciones acerca de los coleccionistas, contesta negándose terminantemente a lo solicitado.
Mistress Huysmann, en otro escrito, le replica diciéndole que reyes, ministros, grandes escritores e insignes artistas han accedido siempre a sus peticiones, y que ahora él, Bernard Shaw, un autor "meramente afortunado", no se lo concede.
El autor de Pigmalión vuelve a escribir a mistress Huysmann: "Señora, creía que sería usted inteligente y que pondría en su colección el autógrafo mío en que se lo negaba".
La contestación, como puede apreciarse, estaba cargada de ironía. Pero mistress Huysmann supo responder: "Es que yo no quería un autógrafo, sino dos".

domingo, noviembre 25, 2007

Velatorio

Me ha gustado cómo han obsequiado a Fernán Gómez en su velatorio con una pareja de tanguistas bailando y Morente cantando Caminito. Fue una despedida alegre.
Y, al socaire de esta circunstancia, he recordado entre el espanto y la hilaridad un velatorio al que acudí hace ya muchos años, cuando se estilaba la costumbre de reunirse en casa del finado para acompañar a su familia las horas previas a su inhumación.
Ensayábamos con el teatro universitario (tendríamos dieciocho o diecinueve años) la comedia de Mihura Melocotón en almíbar, cuando falleció el padre de un íntimo amigo, que también pertenecía al elenco artístico. Al terminar el ensayo me acerqué a su casa para estar con mi amigo y lo saqué a cenar un bocadillo para "airearle" del grupo de familiares que rezaban el rosario en el comedor, mientras su difunto padre descansaba, ya acomodado en el féretro, en su dormitorio.
Al volver, la reunión se limitaba a la viuda, un par de tías, tres señoras más y nuestro común amigo Alfonso, que había llegado mientras nosotros estábamos fuera y nos esperaba. Nos sentamos en el comedor justo en el momento en que Alfonso le pontificaba a una de las tías las excelencias de los supositorios de glicerina para combatir el estreñimiento, los Rovi, en concreto. Mi amigo y yo nos miramos a punto de soltar la carcajada, pero nos contuvimos. Entonces, una de las señoras, nos preguntó si habíamos visto las obras de la "cópula" del Pilar. Con aturdimiento negamos con la cabeza, pues nos resultaba difícil articular palabra sin que se desatase la risotada. Y la buena señora continuó perorando sobre las citadas obras. A la decimoséptima "cópula", me levanté aparentando la gravedad más imperturbable para salir de la habitación, pero me frenó en seco la entrada de una señora de edad provecta, prima del difunto.
-Hola, Manolita, ¿cómo estás? -preguntó la viuda amablemente.
-Uy, Carmina -respondió la señora-, peor que el pobre Jaime (aludiendo al finado).
Mi amigo y yo salimos a la carrera estallando en carcajadas y nos refugiamos en el balcón, donde hacía un frío que pelaba porque era diciembre.
Se agradece una despedida alegre.

miércoles, noviembre 21, 2007

Adiós











Buen viaje, Maestro.

El actor y el sastre

El eximio actor Emilio Thuiller cuidaba siempre la pulcritud y la elegancia indumentaria (las gentes del teatro somos un poco raras). Para una comedia necesitaba un frac azul y lo encargó a su sastre habitual quien, apenas lo hubo terminado, lo llevó al teatro para ver si le satisfacía.
No sucedió esto último, y el sastre, defendiendo su propia obra, dijo:
-Fíjese usted, don Emilio, que este frac le sienta a usted como un guante.
-No lo niego -respondió el actor-; pero yo hubiera preferido que me sentara como un frac.

domingo, octubre 14, 2007

La malicia del público

Año 1916. Estreno de Las pecadoras, en Zaragoza, con asistencia de sus autores, Torres del Álamo y Asenjo. La prensa de la derecha ha lanzado una campaña en contra de la comedia, hasta el punto que el señor gobernador civil llama a los autores a su despacho. Le demuestran que no hay nada inmoral en la obra, y prueba de ello es que en Madrid lleva buen número de de representaciones sin que a nadie se le hubiera ocurrido prohibirla.
El gobernador, muy fino y suave, suplicó a la empresa que pusiera una nota advirtiendo al público de que la comedia era un poco atrevida. Así se hizo y, la nota gubernativa por un lado y la campaña de prensa por otro, contribuyeron a que se agotaran las localidades cuarenta y ocho horas antes de su estreno.
Están los autores en la contaduría del teatro la noche anterior al estreno comentando todo esto con la empresa, cuando se presenta un caballero de aspecto grave y severo, que pide una butaca, a ser posible, de orquesta.
Le venden la localidad solicitada y aquel señor, sin abandonar un momento su gravedad, pregunta:
-Dígame, ¿en qué acto se quedan en cueros las artistas?

lunes, septiembre 24, 2007

A petición de Turulato

Ya comentamos a propósito de la pasada Semana Santa, que en muchos lugares de nuestra geografía española se realizan representaciones "populares" de la Pasión. En un pueblo zaragozano de la ribera del Ebro también sus habitantes la representaban. Y un año, quien hacía de Jesús tomó de manera muy personal su papel. La escena del Prendimiento vino a ser, poco más o menos, como se escucha a continuación.



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miércoles, septiembre 19, 2007

El efecto de los chistes

Tenía fama Rafael Rivelles de ser el mejor actor de su tiempo pero, también, de hombre adusto y no muy cordial con los actores de su compañía. Sólo en los momentos previos a los ensayos, el áspero don Rafael tenía la costumbre de suavizar su carácter y contar uno o dos chistes que los actores y actrices celebraban con sonoras carcajadas.
Un día, don Rafael, que no había saludado a ninguno de los cómicos al cruzarse con ellos por el pasillo, soltó su primer chiste. Fue acogido con incontenibles carcajadas por todos los actores de la compañía, excepto por uno. Rivelles miró fijamente al actor joven que no se había reído.
- ¿A usted no le ha hecho gracia? –preguntó el primer actor, director, empresario.
- Es que yo me he despedido ayer –respondió el joven.

domingo, julio 15, 2007

Unanimidad relativa

Estrena George Bernard Shaw una de sus comedias y, al final de la representación, el entusiasmado público llama al autor para aclamarle.
Aparece en el escenario el genial humorista irlandés y, al saludar al respetable, advierte que dicho entusiasmo tiene una excepción, una sólo, pero excepción al fin: Un señor de la primera fila no participa de la opinión general, y demuestra su descontento con fuertes golpes de bastón.
Bernard Shaw se adelanta. En la sala se hace el silencio. Shaw se encara con el iracundo espectador y le pregunta muy cortésmente:
-¿Qué le ocurre, caballero? ¿No le gusta la obra?
-¡No, señor! -responde indignado el minoritario reprobador.
-¡A mí tampoco! -dice Bernard Shaw sin inmutarse-. Pero, ¿qué quiere usted que hagamos contra tanta gente?
La ovación se repite estruendosa.

jueves, junio 28, 2007

Eloísa está debajo de un almendro (fragmento)

SEÑORA- Es lo que yo digo: que hay gente muy mala por el mundo...
AMIGO- Muy mala, señora Gregoria.
SEÑORA- Y que a perro flaco to son pulgas.
AMIGO- También.
MARIDO- Pero, al fin y al cabo, no hay mal que cien años dure, ¿no cree usté?
AMIGO- Eso, desde luego. Como que después de un día viene otro, y Dios aprieta, pero no ahoga.
MARIDO- ¡Ahí le duele! Claro que agua pasá no mueve molino, pero yo me asocié con el Melecio por aquello de que más ven cuatro ojos que dos y porque lo que uno no piensa se le ocurre al otro. Pero de casta le viene al galgo ser rabilargo: el padre de Melecio siempre ha sido de los de quítate tú pa ponerme yo, y de tal palo tal astilla, y genio y figura hasta la sepultura. Total: que el tal Melecio empezó a asomar la oreja, y yo a darme cuenta, porque por el humo se sabe dónde está el fuego.
AMIGO-Que lo que ca uno vale a la cara le sale.
SEÑORA- Y que antes se pilla a un embustero que a un cojo.
MARIDO- Eso es. Y como no hay que olvidar que de fuera vendrá quien de casa te echará, yo me dije digo: "Hasta aquí hemos llegao; se acabó lo que se daba; tanto va el cántaro a la fuente que al fin se rompe; ca uno en su casa y Dios en la de tos; y a mal tiempo buena cara y pa luego es tarde, que reirá mejor el que ría el último".
SEÑORA- Y los malos ratos pásalos pronto.
MARIDO- ¡Cabal! Conque le abordé al Melecio porque los hombres hablando se entienden, y le dije: "Las cosas claras y el chocolate espeso; esto pasa de castaño oscuro, así que cruz y raya y tu por un lao y yo por otro; ahí te quedas, mundo amargo, y si te he visto no me acuerdo". ¿Y qué le parece que hizo él?
AMIGO- ¿El qué?
MARIDO- Pues contestarme con un refrán.
AMIGO- ¿Que le contestó a usté con un refrán?
SEÑORA- ¡¡ Con un refrán, señor Eloy !!
AMIGO- ¡Ay, qué tío más cínico!
MARIDO- ¿Qué le parece?
SEÑORA- ¿Será sinvergüenza?
AMIGO- Hombre, ese tío es un canalla capaz de tó.


Enrique Jardiel Poncela. Eloísa está debajo de un almendro. 1940. Prólogo (fragmento)