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martes, febrero 19, 2013

Esa pierna es mía

Hace muy poco me enteré de que la pierna que aparece en el cartel de la película El graduado no es de la protagonista, Anne Bancroft, sino de una modelo llamada Linda Gray. Lo ha relatado la propia Gray, quien es actriz muy conocida a raíz de interpretar en televisión a Sue Ellen, la esposa del pérfido y malvado J. R. de la serie Dallas. La Bancroft tenía problemas de agenda el día de la sesión fotográfica y se recurrió a una joven modelo que andaba por el estudio, la antedicha Linda Gray, quien prestó su pantorrilla para la posteridad del séptimo arte suplantando la de la inefable señora Robinson.
Cuando leí la noticia recordé inmediatamente la pierna enfundándose una media de seda negra y a un Dustin Hoffman con aire de soplagaitas que la miraba de lejos. Y recordé la banda sonora de Simon y Garfunkel. Y, más o menos, la trama general de la película, pero poco más.
No sé si a los mitómanos enamorados platónicamente de Anne Bancroft les habrá sentado a cuerno quemado la revelación, que los mitómanos son proclives a enojarse por cualquier nadería. La pantorrilla es bonita, torneada, y resulta sugerente, ¿qué más da que no sea propiedad de la protagonista de la película? Además, todo es producto de la ficción, desde la película hasta la pierna.
Cuando vamos al cine o al teatro pagamos una entrada para que nos mientan, queremos que nos cuenten trolas porque nos distraen de las verdades que nos rodean en la realidad. Queremos que nos engañen.
Siendo muy joven, junto con otros compañeros actores, gustaba de ponerme en la primera fila de butacas para tener más cerca a los protagonistas y estudiarlos. Un amigo y maestro se colocaba siempre en la fila seis o la siete. "¿No vienes con nosotros?" -le preguntamos. "Me gusta que me engañen" -respondió con una sonrisa y se fue a su butaca de la fila seis. Fue una estupenda lección.
La mentira, el relato de cosas bellas y falsas, es el fin mismo de la creación artística. Da igual de quién sea la pierna, aunque sea mía.

lunes, julio 14, 2008

Cine y Literatura, un matrimonio ¿razonablemente avenido?

La literatura y el cine tienen un vínculo afectivo importantísimo, aunque entre ambos exista una diferencia de edad notable. Cada vez más, nos vemos sumergidos en el fenómeno "imagen", que arrastra consigo todo el bagaje que le ha proporcionado la cultura anterior. Antes de que una idea o sentimiento pudiera traducirse en imágenes fílmicas el hombre ejercitó ampliamente su imaginación a través de todas las artes. Arquitectura, pintura, escultura, música y, sobre todo, literatura iban a realizar descubrimientos de enorme utilidad para la expresión cinematográfica, aunque supusieran en muchas ocasiones motivo de estorbo y encarcelamiento para élla.

El cine, pues, tiene una deuda permanente con la literatura ya que acude a sus fuentes para adaptar a su medio novelas, narraciones y obras teatrales. Claro que de una obra literaria bella no siempre se sigue una versión cinematográfica convincente, y los fracasos padecidos en muchas adaptaciones fílmicas inducen a pensar que resulta más fácil hacer buen cine partiendo de una buena idea, que a partir de una narración literaria o una composición escénica. Aunque tampoco hemos de caer en el extremo contrario y afirmar el supuesto postulado de que el contenido determina la expresión de manera definitiva e invariable, pues de toda novela no sale siempre una mala pelícu­la; hay auténticos éxitos de adaptación. Incluso de auténticos ladrillos literarios se ha conseguido elaborar una aceptable película.

El cine ha hecho populares unos textos y los ha llevado a un mayor número de personas. Hoy en día el hábito de leer no está muy extendido y el tiempo es un bien escaso, por lo que una película nos facilita en un plazo aproximado de dos horas engullir una historia que nos duraría leer dos semanas, siempre según la rapidez de lectura y el tiempo libre de cada cual. Una entrada de cine viene a costar alrededor de cuatro ó cinco euros y es poco común el libro que baje de los diez. Cuestión de economía; menos tiempo, menos dinero.

Y, respecto a la penuria del hábito de lectura, me viene a la memoria aquel chico que tan apenas leía un libro y quiso impresionar a una chica que sí devoraba libros y, además, le gustaba comentarlos con sus amistades. Pues bien, en un intento desesperado por hacerse agradable a sus ojos y con un esfuerzo considerable que casi le cuesta una enfermedad, se metió entre pecho y espalda "Ana Kareni­na" con el fin de barnizarse un poquito de cultura y poder deslumbrarla comentándolo con ella. Cuando alguien le comentó que sobre el drama de Tolstoi se habían hecho tres adaptaciones cinematográficas (una interpretada por Greta Garbo y otra por Vivian Leigh) no pudo por menos que exclamar: "¡Si llego a saber que estaba la película...!"

Pero es muy diferente la sensación y el sentimiento que nos producen una novela y su adaptación fílmica. En la novela se cede un amplio margen a la imaginación del lector. Cuando de niños leíamos una novela de Salgari nos creábamos la forma de los barcos, el contorno de las islas, el color del horizonte. La novela nos describe situaciones, circunstancias, paisajes y personajes; nos define caracteres mientras que el cine nos los presenta existentes. Al leer, nosotros imaginamos, ponemos rostro al personaje, pintamos colores al paisaje; el cine nos lo da todo hecho, ofrece el rostro, nos enseña el paisaje y, después de haber visto la película, el rostro de John Silver que habíamos forjado en nuestra mente mientras leíamos "La isla del tesoro" se habrá transformado, para siempre, en el de Wallace Beery; nada nos apeará de esa materialización, aunque intuyamos que aquel rostro pudiera tener otras facciones. Yo sé que para B., el Tom Booker de la novela de Nick Evans "The horse whisperer" será Robert Redford por los siglos de los siglos.

Así es el mundo mágico del cine, nos diseña una reali­dad que vemos con los ojos y que antes habíamos imaginado en nuestra mente leyendo una novela. Se produce entre ambos, cine y literatura, ese matrimonio razonablemente avenido en el que ambos contendientes tienen que recurrir al mutuo respeto para convivir sin enfrentamientos, aceptando el hecho de que cada obra es buena o se hace grande por sí misma, y que en el momento que es altera­da se convierte en otra, ni mejor, ni peor sino diferente.

¿Hay, amable lector que llegaste de visita, alguna adaptación literaria llevada el cine que te haya gustado especialmente? El abajo firmante, como es un raro, se siente atraído por la versión de "El tercer hombre", de Graham Greene, dirigida por Carol Reed en 1949.