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jueves, febrero 13, 2014

De alfeñiques y hombres

Puebla de los Ángeles es una ciudad preciosa, no ya de las más lindas de México, sino de todo el mundo. Me enamoraron sus casas del centro histórico de fachadas con diferentes colores que no sólo no desentonan entre sí sino que configuran una melodía armoniosa y viva. Una de ellas, con fachada y aleros barrocos espectaculares, que más llamaron mi atención fue la "Casa del Alfeñique". Cuando me dijeron su nombre, en mi absoluta ignorancia, imaginé que debería su nombre al hecho de que su constructor, o su propietario, fuera un individuo pequeñito y enclenque, ya que esa era la acepción que yo atribuía a la palabra "alfeñique". Bárbara me miró con extrañeza cuando lo dije en voz alta. Y me aclaró que en México un alfeñique es un dulce de azúcar en forma de barra delgada y retorcida. Y que incluso en Toluca hay una feria del alfeñique muy conocida, y muy dulce, obvio. La fachada barroca de la casa semeja las formas de ese dulce. También me explicó que la casa la mandó construir don Juan Ignacio Morales en 1790 como regalo de amor para su esposa.
Los hispanohablantes no somos conscientes muchas veces de la inmensa riqueza que manejamos en nuestro vocabulario, ni de cómo habitan en un mismo vocablo significados tan distintos. No es de extrañar que México sea el vivero que mantiene tan vivo el idioma español, pues sigue utilizando palabras y expresiones perdidas ya irremediablemente en España y añadiendo al idioma vocablos del náhuatl,  zapoteco, mixteco, maya, etc. Y todo eso pese a la influencia anglosajona de sus vecinos del norte.
Volviendo a los alfeñiques, di en pensar que no dejaba de ser curiosa y divertida la polisemia de tal vocablo. Porque, ¿no resulta muy difícil de imaginar a un alfeñique (hombre escuchimizado) dulce? Según la tradición los enclenques son débiles, raquíticos y tienen muy mala uva -seguramente por ser pequeñitos y flojos-, por contra de los corpulentos que son robustos, buenazos y simpaticones. Claro que la mencionada tradición puede estar errada y no tener que ser así. ¿Hay chaparritos bonachones y grandotes pícaros? Quizá alguien me ilustre sobre el asunto.
Caminando por la avenida 4 Oriente, donde se encuentra la Casa del Alfeñique (hoy Museo del Estado de Puebla), pensaba en hombres que construyen casas que simbolizan dulces para obsequiar a sus amadas esposas. Hombres que han pagado su victoria con muchas derrotas, su riqueza con muchas pérdidas. Que han alcanzado su grandeza reconociendo su propia pequeñez. Siendo solamente hombres. Que sean alfeñiques -en cualquiera de sus acepciones- seguramente sea lo de menos.

domingo, enero 26, 2014

Conversos

Acariciado por una iluminación espontánea, el individuo ve, de súbito, que la verdad ha aparecido ante él ofrecida y rozagante y no tiene más remedio que inventar la pólvora. Cualquier idea anterior ya carece de sentido, de vida, de realidad. Ha nacido un converso. Abraza su nueva religión con insospechado entusiasmo y se abisma en ella con la excitación propia de la novedosa verdad que ya atesora. A partir de ese momento el resto de la humanidad habrá de soportar su incansable elogio de lo recién descubierto y, lo que es peor, su irrefrenable afán de proselitismo.
Podríamos estar hablando exclusivamente en el plano teológico pero la cofradía de los conversos se extiende en cualquier dirección y en cualquier ámbito. Los que han dejado de fumar, los que han dejado de comer carne, los que acaban de descubrir los beneficios de la infusión de cualquier hierbajo con nombre estrambótico... Y vuelvo a su afán de proselitismo que no para de atosigar a sus semejantes con denuedo. Un dicho popular afirma que no hay peor beata que la que ha sido puta, y en el converso se cumple la sentencia a la perfección, pues no se conforma con su primer impulso de proselitismo sino que ataca con denuestos y venablos a los que -hasta hace bien poco- eran de su misma religión, idea o gusto. Qué furia desatada la del fumador que ha dejado de serlo contra todo aquel que se lleva nicotina a los pulmones. Qué irritación la del neófito vegetariano contra el particular que mastica con delectación un solomillo de ternera. Y así con muchas, muchas otras personas y cosas.
Lo curioso es que la mayoría inmensa de las personas nos convertimos a bastantes credos a lo largo de nuestra vida. ¿Quién no ha sido infiel a su perfume de siempre al descubrir otro que le agrada más? ¿Quién no ha descubierto el placer de saborear el chocolate negro a solas y en silencio relegando el blanco y el con leche al olvido? Personalmente me he convertido muchas veces y en muchos dogmas. Cuando estuve en Oaxaca descubrí el mezcal y cuando me dijeron que "para todo mal, mezcal; y para todo bien, también", abracé el delicioso licor como una nueva religión. Cuando descubrí el libro electrónico di la barrila a mis amigos con sus ventajas (después de haberlo denostado hasta la náusea). Aunque no llego ni de lejos a igualar a mi amigo El Empanao, una bellísima y encantadora persona,  al que podríamos calificar como converso estacional, pues le he contado una media de cuatro conversiones anuales, una por estación. Las del pasado año fueron las galletitas de arroz para el invierno, los baños de sol en un banco del parque en primavera, el áloe vera en verano y la meditación transcendental para curar los catarros en otoño. Pese a estas manías y la elocuente perorata sobre sus beneficios que me endilga, tiene de bueno que su conversión es variada y no te resulta agobiante.
Pero qué plomos somos a veces con nuestras conversiones. En lugar de dejar a la gente tranquila y a su aire la martirizamos con nuestras experiencias místicas sobre la avena, el misterio de la Santísima Trinidad o las bombillas led para el cuarto de baño. Y es que somos humanos, mutables, enamoradizos y creyentes de casi todo o de casi nada, qué le vamos a hacer.

jueves, enero 02, 2014

Uva esquiva

El ritual estaba minuciosamente preparado, las uvas de lata peladas y sin pepitas, la botella de vino de la Ribera del Duero que me regaló Silvia abierta para que se oxigenase (aún me caen lágrimas de la emoción al recordar lo rico que estaba). Y hasta me puse un pañuelo colorado al cuello que daba la impresión de que fuera a correr los Sanfermines, pero como no recordé recoger el smoking del tinte, la colisión estética no resultaba tan hiriente.
Y comienzan los cuartos, llegan las campanadas, me afano en trasegar cada una de las uvas, sosas como la madre que las parió, acompasado con el reloj de la Puerta del Sol que suena en la televisión... Cuando una uva, esquiva y puñetera se me desliza entre los dedos, resbala y desaparece volando. ¿Era la sexta, la séptima o la octava? Ahhhhh. Otra vez ahhhhh. La busco con la mirada por la alfombra, en el almohadón del sofá. Nada. Ahhhh. Las campanadas siguen ajenas a mi accidente, inexorables, desvaneciendo su sonido. Engullo las uvas que me quedan en el platillo sin orden ni concierto, derramo el agüilla que dejan por la alfombra, mi mente se transforma en un laberinto de supersticiones funestas. Brindo distraído y abrazo sin efusión propia del regocijo de la entrada del 2014 en nuestras vidas. Los peores augurios se acumulan en mi supersticiosa cabeza. ¿Tiene algún significado que haya sido la sexta, séptima u octava uva la que ha salido volando? ¿Debo asociarlo a alguna desventura que me sobrevendrá en alguno de esos meses que representa?
Mi ánimo se va sosegando poco a poco y decido buscar la uva esquiva hasta que la muy maldita aparece debajo del sofá. Siento sobre mi algunas miradas sorprendidas al verme a cuatro patas hurgando bajo el sofá para recuperar a la miserable que tal quebranto me ha causado, pero ajeno a cualquier otra circunstancia, la cojo con dos dedos —los mismos de los que huyó— mientras la miro con reprobación y, al momento e impulsivamente, la muerdo con rabia.   
Qué cansado resulta ser tan supersticioso, caramba.

domingo, marzo 31, 2013

Diplomáticos y damas

Cuando un diplomático dice "sí" quiere decir "quizá".
Cuando dice "quizá" quiere decir "no".
Cuando dice "no", no es un diplomático.

Cuando una dama dice "no" quiere decir "quizá".
Cuando dice "quizá" quiere decir "sí".
Cuando dice "sí", no es una dama.

viernes, marzo 01, 2013

Fábula


Una serpiente perseguía enconadamente a una luciérnaga. Día y noche iba tras ella sin descanso. Agotada, la luciérnaga se detuvo, rendida y dispuesta a ser devorada por aquel reptil.
- Ya que vas a comerme, déjame serpiente que te haga tres preguntas.
- Me parece bien.
- ¿Estoy en tu cadena alimenticia?
- No.
- ¿Te he hecho algún mal?
- No.
- Entonces, ¿Por qué quieres devorarme?
- Porque no soporto que brilles.

jueves, junio 28, 2012

El Lenguaje del Abanico

  Los abanicos se han vuelto a poner de moda. Aunque quizá esté demodèe su lenguaje o, simplemente, se desconozca al tener más utilizable el teléfono celular con su Guasap, su Feisbuq y demás aplicaciones para el artilugio en cuestión. No obstante, el lenguaje del abanico me parece deliciosamente decadente y lo transcribo a continuación.

1. Abanicarse rápidamente. Te amo con intensidad.
2. Abanicarse lentamente. Abanicarse de forma pausada, significa soy una señora casada y me eres indiferente. También si se abre y cierra muy despacio significa esto.
3. Cerrar despacio. Este cierre significa un "Sí". Si se abre y cierra rápidamente significa, "Cuidado, estoy comprometida".
4. Cerrar rápido. Cerrarlo de forma rápida y airada significa un "No".
5. Caer el abanico. Dejar caer el abanico significa: te pertenezco.
6. Levantar los cabellos. Si levanta los cabellos o se mueve el flequillo con el abanico significa que piensa en ti, que no te olvida.
7. Contar varillas. Si cuenta las varillas del abanico o pasa los dedos por ellas quiere decir que quiere hablar con nosotros.
8. Cubrirse del sol. Significa que eres feo, que no le gustas.
9. Apoyarlo sobre la mejilla. Si es sobre la mejilla derecha significa "Si". Sobre la mejilla izquierda es "No".
10. Prestar el abanico. Si presta el abanico a su acompañante, malos presagios. Si se lo da a su madre, quiere decir "Te despido, se acabó".
11. Dar un golpe. Un golpe con el abanico sobre un objeto, significa impaciencia.
12. Sujetar con las dos manos. Si sujeta el abanico abierto con las dos manos, significa "es mejor que me olvides".
14. Cubrirse los ojos. Con el abanico abierto, significa "Te quiero". Si se cubre el rostro puede significar "Cuidado, nos vigilan.
15. Pasarlo por los ojos. Si se pasa el abanico por los ojos significa, "Lo siento". Si cierra el abanico tocándose los ojos quiere decir, "Cuando te puedo ver".
16. Abrir el abanico y mostrarlo. Significa, "Puedes esperarme".
17. Cubrirse la cara. Cubrirse la cara con el abanico abierto, significa: "Sígueme cuando me vaya".
18. A medio abrir. Apoyar el abanico a medio abrir sobre los labios quiere decir "Puede besarme".
19. Apoyar los labios. Si apoya los labios sobre el abanico o sus padrones, significa desconfianza, "No me fío".
20. Pasarlo por la mejilla. Significa, "Soy casada".
21. Deslizarlo sobre los ojos. Significa: "Vete, por favor".
22. Mano izquierda. Llevarlo en la mano izquierda quiere decir: "Deseo conocerte". Moverlo con la mano izquierda significa: "Nos observan".
23. Mano derecha. Llevarlo o moverlo con la mano derecha, significa: "Amo a otro".
24. Pasarlo de una mano a otra. Significa, "Estás flirteando con otra" o "Eres un atrevido".
25. Girarlo con la mano derecha. Significa: "No me gustas".
26. Tocar la palma de la mano. Quiere decir: "Estoy pensando si te quiero".
27. Sobre el corazón. Apoyar el abanico abierto sobre el corazón o el pecho, quiere decir: "Te amo" o "Sufro por tu amor".
28. Darse en la mano izquierda. Darse un golpe con el abanico cerrado en la mano izquierda significa "Ámame".
29. Mirar dibujos. Mirar los dibujos del abanico, quiere decir: "Me gustas mucho".
30. Bajarlo a la altura del pecho. Significa: "Podemos ser amigos". También dejarlo colgado, quiere decir "Seremos amigos".
31. Cerrarlo sobre la mano izquierda. Quiere decir: "Me casaré contigo".
32. "Saldré". Ponerse en el balcón con el abanico abierto o salir al balcón abanicándose. También entrar en el salón abanicándose.
33. "No saldré". Dejarse el abanico cerrado en el balcón, salir al balcón con el abanico cerrado, o entrar en el salón con el abanico cerrado.
34. Arrojar el abanico. Quiere decir: "Te odio". o "Adiós, se acabó".
35. Presentarlo cerrado. Significa: "¿Me quieres?".
36. Sobre la oreja. La izquierda, "Déjame en paz no quiero saber nada de ti". La derecha, "No reveles nuestro secreto".
37. Contar o abrir cierto número de varillas. La hora para quedar en una cita, en función del número de varillas abiertas o "tocadas".

jueves, abril 12, 2012

El sustanciero

Quizás la historia se repita a si misma, ya que en tiempos de penuria y necesidades los hechos tienen la guasa de volver desde aquellas épocas pasadas y olvidadas. Tal como están las cosas no sería extraordinario que volviera a aparecer en nuestras calles la figura del "sustanciero". Era éste un personaje que provisto de un hueso de jamón iba por las casas introduciéndolo en los pucheros para darles sabor. El precio solía ser de peseta por cuarto de hora. Claro que si el susodicho hueso estaba ya gastado y chuchurrido, el importe del servicio sería menor.
Y es que a buen hambre no hay pan duro. Contaba la maravillosa actriz Aurora Redondo que durante la guerra civil, pasando muchísima gazuza, llegó un paquete a su casa enviado por unos parientes desde Argentina. Poca cosa, dos o tres fruslerías y una lata. Se llenaron de alegría porque en tal lata había unos polvos como de cacao (¡menudo lujo en aquellos momentos!) y se prepararon un chocolate estupendo. Al cabo de unos días llegó una carta de los parientes argentinos en la que les preguntaban si habían llegado bien las cenizas del tío Florentino, fallecido e incinerado recientemente. Las cenizas -obvio- descansaban en la lata que se habían zampado con enorme regocijo.
Los alimentos con sustancia son exquisitos, dónde va a parar.

jueves, mayo 05, 2011

Poetas y Filósofos

El título de este artículo llama a engaño, pues no voy a escribir sobre lírica ni filosofía. Me apetece escribir de fútbol. Y de fútbol argentino, además.
En Argentina, entre los años 1978 a 1986, se generó uno de los debates deportivos más apasionados y apasionantes que ha conocido el fútbol: Menotti ó Bilardo. Dos entrenadores que ganaron para la selección albiceleste sendos Campeonatos del Mundo. César Luis Menotti (el Flaco) ganó en Argentina 78 y Carlos Salvador Bilardo (el Narigón) lo hizo en México 86.
Tenían dos conceptos distintos y antagónicos del juego y la estrategia. En realidad tenían dos teorías y dos maneras de entender el fútbol. Mientras Menotti apostaba por la habilidad, el toque, el juego preciosista, Bilardo lo hacía por la estrategia, el cálculo, el estudio. Menotti quería ganar jugando bien. Bilardo quería ganar a cualquier precio.
Menotti es un hombre serio, incluso soso, que no genera polémicas ni anécdotas. Bilardo es un tipo divertido y locuaz que siembra anécdotas por donde pasa. Menotti habla de "la mística del sacrificio y del cosquilleo emocionante de una gambeta". De Bilardo cuentan ya que como jugador de Estudiantes de la Plata, ante un enfrentamiento con Racing de Avellaneda -que en ese momento contaba con Perfumo, un jugador extraordinariamente brillante al que nadie conseguía parar- se le ocurrió algo insólito: Consiguió el número de teléfono de Perfumo y le llamaba todos los días. Cuando era su mujer quien atendía la llamada, Bilardo colgaba. Pero cuando era Perfumo quien atendía, la conversación siempre era:
-Hola, ¿está Mary?
-No, ¿quién habla?
-Aníbal. La llamo después.
Así lo tuvo hasta el día del partido. A Bilardo le tocaba marcar a Perfumo en todos los balones parados. Y en el primer córner se le acerca y le dice:
-¿Te das cuenta? Vos acá jugando y tu esposa encamada con Aníbal.
Y Perfumo no volvió a tocar el balón en todo el partido.
Dos maneras de entender el deporte del fútbol (quién sabe si de entender algo más), ganar creando espectáculo y haciéndolo bonito, o ganar por cualquier procedimiento y utilizando cualquier estratagema (por surrealista que sea) para conseguirlo.
Al Flaco Menotti y sus seguidores les apodaron los Poetas. Al Narigón Bilardo y los suyos, los Filósofos.
Esta rivalidad por sus diferentes conceptos futbolísticos los ubicó en veredas distintas. Técnica frente a táctica. Y los indispuso personalmente en una enemistad que dura ya más de veinte años. La última vez que se vieron de cerca -ya estaban enfrentados- fue en el Mundial de fútbol de Alemania en 2006. Ambos habían acudido como comentaristas de sendas cadenas de televisión y coincidieron en el aseo de caballeros durante el descanso de un partido. Mientras se lavaba las manos a poca distancia de su colega, Menotti murmuró por lo bajo: "Con lo grande que es el mundo justo acá me vengo a encontrar con este hijop...". Algo intuyó Bilardo que gritando "¿Qué dijo éste? ¿qué dijo éste?", se le encaró y a punto estuvieron de agarrarse a las trompadas si no llegan a intervenir para separarlos lo demás usuarios del mingitorio.
Poetas y Filósofos, personas que encaran su trabajo (o su pasión, su cariño, su faena, quizá su vida) de manera diferente y opuesta para conseguir el objetivo.

martes, marzo 29, 2011

Los expertos

Aluden a ellos con frecuencia en los medios de comunicación, en las más variadas tertulias y en las conversaciones de andar por casa. Ahora -con las calamidades que nos rodean- se han vuelto imprescindibles en el lenguaje cotidiano. Son los expertos. Da igual el asunto que se trate, aparece el socorrido "dicen los expertos", " los expertos aseguran", "estiman los expertos"... Pero, ¿quiénes son los expertos? Reconozco que no me ofrecen garantía alguna el criterio y el parecer de alguien etéreo de quien desconozco su instrucción y su competencia sobre el tema que me quieren explicar. Me resultan abstractos estos personajes.
Quisiera saber quién es el experto, cómo se llama, qué hace, a qué dedica el tiempo libre y en qué lugar se enamoró de su ilustración. Y, sobre todo, qué experiencia tiene sobre la materia para merecer la condición de tal.
Hay latiguillos similares en las expresiones "como dijo el poeta", ¿qué poeta? Porque poetas hay a manta. "Como dijo el otro", ¿quién es el otro? Quevedo en Los Sueños nos lo aclara transparente:
"Yo soy -dijo- un hombre muy viejo, a quien levantan mil testimonios y achacan mil mentiras. Yo soy el Otro; y me conocerás, pues no hay cosa que no la diga el Otro. Y luego, en no sabiendo cómo dar razón de sí, dicen: Cómo dijo el Otro... Yo no he dicho nada, ni despego la boca. Y quiero, por amor de Dios, que vayas al otro mundo y digas cómo has visto al Otro en blanco, y que no tiene nada escrito y que no dice nada, ni lo ha de decir ni lo ha dicho, y que desmiente desde aquí a cuantos le citan y achacan lo que no saben, pues soy el autor de los idiotas y el texto de los ignorantes".
Los incorpóreos y abstractos expertos vienen a ser similia similibus del personaje quevedesco, alguien a quien se alude cuando no se tiene idea de lo que se argumenta. Y los medios de comunicación en lugar de investigar con el tipo que sabe del negocio, se dejan acariciar por la vagancia y endosan a los "expertos" la responsabilidad de sus opiniones.

miércoles, junio 30, 2010

Las Vuvuzelas de Jericó


Es raro que yo escriba de temas de actualidad, como mis dos o tres lectores han comprobado, sino que acostumbro a remontarme a tiempos pretéritos. Pero no me resisto a comentar algún aspecto de la Copa del Mundo de fútbol que se está disputando en Sudáfrica, quizá porque he sido aficionado al fútbol, cuando era fútbol y no el circo en que se ha convertido. Veía todos los partidos que retransmitía la, por entonces, mejor (y única) televisión española. Vi cómo lesionaban al portugués Eusebio y cómo los bobbies se llevaban a empellones al argentino Rattin tras ser expulsado en el Mundial de Inglaterra del 66. Disfruté de la magia de Pelé en México del 70, y de Cruyff y "Torpedo" Müller en Alemania del 74. Vaya, que era afición la mía. Y era el Pleistoceno.
En este mundial de Sudáfrica me estoy aburriendo soberanamente porque no veo más que alguna jugada aislada que merezca la pena. Y me abruma la expectación que el evento despierta, hasta el punto de anestesiar dolores sociales y económicos importantes. El evento y sus daños colaterales, pues no sé si me divierte o me horroriza que sean portadas de periódicos del mundo que la novia de Casillas (muy mona ella) distraiga al cancerbero, que el presidente francés Sarkozy haga cuestión de Estado la eliminación de su equipo o que el diputado mexicano Eric Rubio proponga citar a Javier Aguirre en la Cámara de Diputados para que explique sus cambios en la alineación.
Pero lo que me ha llamado la atención ha sido la alegría de miles de sudafricanos -ignoro si real o fingida- animando a todos los equipos participantes. Bailes, sonrisas y vuvuzelas. Sí, esas trompetas que con irritante insistencia chiflan durante todo el partido. Queda demostrado que los sudafricanos son inasequibles al desaliento y tienen unos pulmones de campeonato.
Me pregunto si con esa porfía musical lo que pretenden es derribar cual las murallas de Jericó las paredes de esa vieja puta que es Europa y que durante siglos ha exprimido, explotado y asolado hasta el último rincón del continente africano.
Me dan igual los regates de Messi o los goles del Niño Torres. Me quedo con ese llanto incesante de las vuvuzelas.

jueves, marzo 18, 2010

Porras molestas

Cuentan que el último rey de Portugal Manuel II (1889-1932) tuvo que recibir al embajador de un país hispanoamericano apellidado Porras y Porras. Porra significa en portugués el miembro viril. El monarca luso no pudo por menos que mascullar:
-¡Lo que molesta es la insistencia!

martes, enero 26, 2010

Dicotomía

Los españoles somos dicotómicos; y maniqueos. Ignoro si se debe a un atavismo genético o a una cualidad adquirida con el paso del tiempo. Tendemos a establecer dos bandos de lo que sea, política, deporte, literatura, tauromaquia... Dos bandos beligerantes entre sí que se niegan mutuamente el pan y la sal, se descalifican de manera fratricida y solemnizan con vehemencia y arrebato los deméritos ajenos antes que las propias virtudes.
En España se es del Barcelona o del Madrid, de Cánovas o de Sagasta, de Lagartijo o de Frascuelo, de Quevedo o de Góngora. Y una inmensa minoría que tiene el atrevimiento de ser del Numancia, del Paloma (de Santoña) o de la Balompédica Linense, puede considerarse desclasada y marginal. Apliquemos el símil futbolero a cualquier otro ámbito y el resultado será parecido.
Con qué pasmosa frivolidad el español de un bando denigra algo que hace el bando enemigo (que no adversario) y aplaude que ese mismo algo se haga en el propio.
Sabrán ustedes que allá por la segunda década del pasado siglo XX, existió una famosa rivalidad entre José Gómez "Joselito" y Juan Belmonte, dos toreros de tronío. Y tal pugnacidad no la tenían sólo los matadores, sino sus incondicionales seguidores. Pura dicotomía, nuevamente. Pues bien, un día que habiendo toreado el Gallo Chico (Joselito) en una plaza de un lugar de España y cuajado una faena antológica, el entusiasmo de sus seguidores llevó a éstos a pasearlo en hombros hasta la iglesia parroquial con objeto de solicitar del cura las andas que se utilizaban para la procesión de la Virgen, a fin de subir en ellas al torero y pasearlo por la localidad exhibiendo mayor gloria y exaltación de sus habilidades taurómacas. El cura párroco se espantó ante tal demanda y llegó a reprochar a aquellos fanáticos taurinos aquella osadía.
-Pero... pero... ¿Os habéis vuelto locos? ¿Utilizar la peana de la Santísima Virgen, nuestra Patrona, para pasear a Joselito?
Los apasionados aficionados admitieron de inmediato que tal petición -casi rayana en el sacrilegio católico- era una barbaridad y se dieron media vuelta avergonzados de su exacerbado entusiasmo. Apenas alcanzaron a escuchar lo que murmuró el cura por lo bajo:
-Si al menos hubiera sido para Belmonte...

lunes, enero 04, 2010

Propósitos de Año Nuevo

Una amiga mía considera que el año comienza con la retransmisión televisiva del Concierto de Año Nuevo desde Viena. Y se calza ante el televisor palmoteando alegremente la marcha Radetzky junto a los vieneses de la Musikverein. Imagino que es un acto de rebeldía para decidir que el año empieza cuando a ella le da la gana y no cuando lo marca el reloj de la Puerta del Sol. El tiempo es relativo, faltaría más. Y cada día primero de enero recibo un mensaje suyo en el teléfono móvil a las 13:30 horas, más o menos: "Ahora, sí. ¡Feliz Año Nuevo!".
En ese momento recuerdo al padre M. que era mi profesor de Filosofía en Sexto de Bachiller (y un hombre bueno) preguntándonos en clase qué era el tiempo. Y los listos de la clase -obviamente no me encontraba entre ellos- respondiendo: "El tiempo es la magnitud física que permite medir la duración o separación de las cosas sujetas a cambio". El padre M. negaba con la cabeza y hacía un gesto para que contestara el siguiente: "El tiempo es el orden de las cosas que no son simultáneas". Y el jesuita volvía a negar y señalar al siguiente: "El tiempo es una realidad absoluta, homogénea, inmutable, autodeterminada e infinita que fluye y se mueve de forma unidimensional en una sola dirección". El padre M. negó una vez más con la cabeza ante la exasperación de los listos de la clase que habían respondido correctamente lo que ponía en el libro de texto.
-El tiempo es una línea recta -dijo, al fin.
Y, cada 1 de enero, cuando mi amiga me felicita el año nuevo a las dos del mediodía yo recuerdo esa línea recta que tan atinadamente nos señaló el bueno del padre M. en la que se van sucediendo los episodios de la vida. También los que no. Porque mi amiga aprovecha el concierto televisado para hacer sus propósitos de Año Nuevo, que suelen ser dejar de fumar, aprender inglés, ir al gimnasio, perder unos kilos de peso... Y sistemáticamente, desde hace años, los incumple sin el menor atisbo de remordimiento. Sigue fumando, el inglés es un idioma muy raro, los gimnasios están llenos de gente con demasiados buenos propósitos, y, ¿cómo va a perder ni un gramo mientras sigan existiendo los bombones y el chocolate?
Hay muchas personas que hacen propósitos de Año Nuevo. Pero yo no los he hecho en mi vida. Y me siento doblemente marginal, uno, por no hacerlos. Y, dos, por no poder incumplirlos.
¿Qué se siente al hacer un propósito? ¿Qué se siente al incumplirlo? ¿Alguien podría ilustrarme?
Ah, por cierto, ¡¡Feliz Año Nuevo!! (aunque estemos a 4 de enero).

miércoles, diciembre 02, 2009

El tranvía


Hace unos días Silvia escribió uno de sus magníficos artículos titulado "El autobús" en el que relataba un desagradable sucedido que le tocó padecer. Brava como es, supo apartarse de la manada y actuó como debía.
Sin parecerse lo más mínimo, me vino a la memoria un sucedido que viví en mi época de estudiante de Bachillerato cuando utilizaba el tranvía como medio de locomoción para acudir al colegio. El vehículo era idéntico al de la fotografía (si no era el mismo) y el día, de otoño.
Volvíamos del colegio a mediodía para comer, con el tranvía a tres cuartos de ocupación. Aquellos tranvías tenían dos plataformas, una delantera y otra trasera. En la trasera, por donde subían los pasajeros, tenía un escueto habitáculo el cobrador, casi siempre un hombre huraño y malhumorado, que sacaba los billetes de una máquina pulsando unos botones y tenía las monedas para la vuelta ordenadas en una caja. En la plataforma delantera, por donde bajaban los pasajeros, iba el conductor, que solía ser siempre un hombre delgado y capaz de mantener entre los labios un cigarrillo de liar medio apagado, protegido por una barra semicircular y gobernando unos manubrios, cataclac-clac-clac-cataclac, que a los críos nos parecían chulísimos. A lo largo del vehículo había dos filas laterales de asientos y barras en el techo para agarrarse. Como los asientos eran pocos, casi todo el mundo iba de pie, obvio.
Pues bien, el tranvía a medio llenar en hora punta, llega a una parada en la que se produce un aluvión de pasajeros que suben, mientras que pocos bajan. La irrupción de aquella turbamulta empezó a originar toda suerte de apreturas e incomodidades. Y, en aquel momento, un señor de pueblo que hasta entonces había estado sujeto a la barra sin mayor problema fue arrastrado por la avalancha. Y en medio del fragor exclamó a voz en grito en idioma aragonés:
-¡No empentís, ni arrempujís! ¡Si no cabís, ¿pa qué coño sus metís?!*
Se hizo un silencio sepulcral en el tranvía. La manada quedó muda como por ensalmo ante la exclamación de aquel señor. Parecía como si un sentimiento de vergüenza colectiva se hubiese apoderado de todos los ocupantes. Aquel hombre había derrotado a la masa utilizando un arma infalible: La lógica.

*"No atropelléis, ni empujéis. Si no cabéis, para que diantres os metéis". Nota del traductor.

jueves, noviembre 12, 2009

Cosas de chicas (y 3)

Parece que quedó claro que cuando una chica elige un vestido o decide visitar al cirujano estético es porque quiere estar guapa, o más guapa aún de lo que ya es. ¿Y para "quién" quiere ponerse guapa? He escuchado muchas opiniones al respecto, pero voy a quedarme sólo con tres: Para ella misma, para los hombres, para las otras mujeres.
Posiblemente sea un conjunto, una mezcla de las tres posibilidades. Y, aunque mi amiga la Fatica me prevenga de que no me adentre en arriesgados jardines y Turu vaticine con rigor que me las darán todas en el mismo lado, no me resisto a la tentación de crear una pequeña polémica con este asunto. Por enredar, solamente.
Obvio será que la apreciación masculina limitará en buena medida mi opinión. Como también es obvio que las chicas tienden a volverse un poco herméticas en estos negocios, pues no acostumbran a dar mucha explicación sobre el por qué o por quién se ponen guapas. Propenden a dejarnos adivinar la causa, sobre todo si somos nosotros esa causa; y más vale que seamos capaces de dar con la solución correcta o el misterio sugerido.
-¿No me ves nada distinto?
-Te cambiaste el peinado.
Salvados.
-No, mastuerzo, llevo una blusa nueva.
Condenados.
Pero las chicas siempre perdonan nuestras torpezas y nuestros despistes y siguen poniéndose guapas para nosotros. Y sabemos que es para nosotros porque les sonríen los ojos al mirarnos cuando se han vestido su blusa nueva, esperando que nos guste tanto como a ellas.
Dicen (yo lo escuché en el tranvía, o en el autobús) que las mujeres no se ponen guapas para los hombres, sino para "su" hombre. Bajo el vestido o traje elegante y vistoso, se cubren con una ropa interior más primorosa todavía.
¿Sólo para su hombre? ¿Para si misma? ¿Para otras mujeres? ¿Por qué las mujeres eligen una ropa interior y no otra?
Los hombres, que somos sencillos y planos como el encefalograma de la momia de Tutmosis, tenemos pocas alternativas con respecto a la ropa interior. Las chicas tienen un universo y saben aprovecharlo. Si aplicamos un silogismo hipotético a este asunto de la ropa interior femenina, resultará que ellas son las complicadas y no nosotros.
Cuán importante es en una mujer su ropa interior.
Los chicos nunca llegaremos a las chicas a la suela del zapato. Pero yo este invierno pienso comprarme unos "marianos" monísimos por si hace mucho frío. ¿O no me los compro?

jueves, noviembre 05, 2009

Cosas de chicas (2)

Cuando dos amigas coinciden por azar en la consulta del dentista, se animan mutuamente diciéndose que la anestesia no duele como antes, y que el torno no da tanto miedo. Hablan relajadamente, dentro del nerviosismo que siempre entraña una sala de espera, y hasta podrían ser capaces de contarse un chiste. Pero si ese encuentro se produce en la consulta del cirujano estético, la cosa pinta peor. No pueden disimular la sorpresa ni el desagrado. Se miran de soslayo con una sonrisa dibujada por el enemigo, hablan lo imprescindible y lo imprescindible tiene relación con la meteorología, el tráfico y las obras. El resto de temas es intocable.
El primer pensamiento que les asaltó al encontrarse en la misma sala de espera fue: "¿Por qué ha tenido que venir aquí y ahora, precisamente, esta estúpida?". Aunque es posible que el término estúpida sea sustituido por otro más acerado. Y aquella amiga que antes -o en otro lugar- era un encanto, se ha convertido en el ser más aborrecible, antipático y detestable de la Creación.
Cuando a la que estaba citada en primer lugar le llega su turno, hace una mueca y entra en la consulta. Allí, además de tratar con el médico "lo suyo," intentará indagar "a qué ha venido su amiga Fulanita". Y, hará lo posible por reconvenir a médico y enfermera de que no le digan ni por asomo a la otra el motivo de la consulta. Médico y enfermera se mostrarán incluso molestos de que se ponga en entredicho su profesionalidad. Con la otra sucederá exactamente igual, está claro.
Si el médico o la enfermera tienen algún lazo de amistad o confianza con alguna de ellas, cantarán la Traviata, y una sabrá que "plastia" (como diría mi amigo Turu) le van a hacer a la otra. Y cuando se vuelvan a encontrar en cualquier circunstancia, la que sonría de oreja a oreja será la que sepa lo que le hicieron a la otra.
¡Qué curiosa habilidad tienen las chicas para localizar cualquier trabajo estético, caramba! Basta que uno diga:
-Jo, qué pechugamen tiene Menganita.
Para que contesten despectivamente:
-Bah, operadas.
O que veas a Zutanita y digas:
-Está guapa hoy Zutanita.
-Cómo no va estar, si pasa más tiempo en el quirófano que en su casa.
Ni que tuvieran un nonius en la cabeza para medir mentalmente todo tipo de superficies susceptibles de ser retocadas por un cirujano, y que a los hombres suelen pasarles desapercibidas.
El caso es que a los hombres no suele molestarnos que algunas mujeres sean estéticamente fraudulentas, nos da directamente igual. Pero entre ellas se lo ocultan, lo denostan. ¿Por qué lo harán?

domingo, octubre 18, 2009

Lenguaje evolutivo

Hasta hace relativamente poco tiempo, decirle a alguien en castellano que era un "niño gótico", equivalía a tacharle de jovencito presuntuoso e insustancial, amén de cursi (según acepciones recogidas por el DRAE).
Pero si ahora llamamos a una persona "gótica", una importante mayoría de la población creerá que nos estamos refiriendo a un individuo perteneciente a una subcultura en la que prima una estética negra, con ornamentos oscuros, siniestros, tétricos y lúgubres.
Ahora les toca elegir a ustedes que acepción les gusta más.

martes, octubre 13, 2009

Fiestas de pueblo

En mi ciudad estamos en fiestas. Y, aunque la población roce los 700.000 habitantes, las fiestas son de pueblo. No voy a entrar en detalles porque no me apetece, pero me ha venido a la memoria una historia que me contaron y que sucedió no hace demasiado tiempo.
En el Ayuntamiento de un pueblo cuyo nombre recuerdo perfectamente, pero no voy a decir, alcalde y concejales preparaban el programa de fiestas patronales. Andaban algo mosqueados porque en el pueblo de al lado, con el que les unía una cariñosa enemistad, habían recuperado una vieja tradición para sus fiestas, consistente en una especie de comparsa de cabezudos. Y éstos no querían ser menos, de modo que se habían puesto a buscar alguna tradición que llevarse a las fiestas. Una encontraron. Parecía ser que hubo una procesión en la que acompañaban al santo por todo el pueblo unos alabarderos con vistosos uniformes y alabardas de más de dos metros. Pusiéronse manos a la obra, desempolvaron los trajes, los restauraron y remozaron las alabardas con todo lujo y esplendor.
Con todo preparado, se produjo el conflicto. En la calle de acceso a la plaza había un arco bajo el cual pasaba la procesión. Y los soldados no podían atravesarlo con las alabardas enhiestas.
-Pues habrá que cortar las lanzas -propuso uno.
-¿Cómo se van a cortar las lanzas si tienen tanta antigüedad?
-Pero mira que sois burros... Se desmonta el arco.
-¡Si desmontamos el arco se viene abajo la casa del Emerenciano!
El secretario del ayuntamiento, que era de ciudad, los miraba atónito y despavorido ante las tropelías que aquellos munícipes eran capaces de cometer. Casi en un susurro, se dirigió a ellos:
-Disculpen, señor Alcalde, señores concejales. Pero, dado el tamaño de las alabardas y la altura del arco, en vez de tocar unas u otro, ¿no sería más prudente que los soldados se agachasen con la lanza al pasar bajo el arco? Así no habría que modificar nada...
Los concejales, tras unos momentos de reflexión, prorrumpieron en aplausos y vivas a aquel pobre secretario de ayuntamiento que acababa de solucionarles el grandísimo problema. Y el alcalde, se dirigió a sus ediles:
-Si es que, no hay como tener estudios.

lunes, abril 27, 2009

Cencerrada en la calle de los Viejos

Hubo en pueblos y ciudades de España una costumbre —hoy desterrada— que consistía en aporrear desapaciblemente cencerros y otros artilugios similares para burlarse en la noche de bodas de aquel que se había casado con una viuda. Era lo que se denominaba dar cencerrada. Imagino que el origen de tal actividad nacería de los atavismos de la prepotencia de la mayoría de los varones respecto a las mujeres al considerar que éstas debían llegar incólumes al matrimonio. Si uno se casaba con una viuda tal doncellez se suponía que brillaba por su ausencia. Y había que mofarse del tipo. Con el paso del tiempo el varón fue adquiriendo cordura y talento (o eso se supone) y fue extinguiéndose tal usanza. Si hoy en día se mantuviera la costumbre de dar cencerrada a los que se casaban con una dama en segundas nupcias la barahúnda sería diaria e insoportable.
Hace unos años topé en la hemeroteca con una referencia (que no tenía nada que ver con lo que yo estaba trabajando, porque el abajo firmante está mal de la cabeza pero no hasta el extremo de buscar referencias de cencerradas) que considero una joyita de la información periodística. Se publicó el día 30 de septiembre de 1917 en el diario Heraldo de Aragón y la transcribo íntegra:
"Un vecino de la calle de los Viejos requirió ayer el auxilio de la Policía con muchísima razón. Desde hace dos noches el denunciante y otros vecinos de la misma casa son víctimas de unas cencerradas insoportables que les dan unos mozos so pretexto de que uno de los vecinos se ha casado con una viuda.
Además resulta que se han adelantado a los acontecimientos porque la viuda no se ha casado aún. La crueldad de los murguistas llega al extremo de que no se conforman con dar la cencerrada en la calle sino que, además, suben a la casa y aporrean las puertas como si cada uno no tuviera su alma en su armario y no pudiera casarse con quien le conviniera.
Para evitar la lata y el atropello el Jefe de Policía ordenó a dos de sus agentes que se sitúen en el lugar del escándalo para evitarlo en lo sucesivo".
No pude averiguar quién era el autor del artículo, pero no me negarán que la redacción es deliciosa. Al día siguiente no se hablaba de otra cosa en la ciudad y más de un curioso se daría un garbeo por la calle de los Viejos —que debe su nombre a que en tiempo inmemorial vivieron en dicha calle tres caballeros exageradamente provectos y existe aún en el casco histórico— para cotillear quién era el de los desposorios. O para entender en qué consistía éso de "tener el alma en el armario", que yo les confieso que no he podido comprenderlo.

sábado, marzo 21, 2009

Cuestión de centímetros


Es mediodía del sábado ante la puerta de la iglesia del Carmen. Hay una boda y los invitados se agolpan alrededor de la pareja de novios recién casados. La novia es guapa, porque todas las novias siempre están guapas, y el novio tiene cara de pájaro embobado aunque resulta aceptablemente apuesto.
Un poquito más lejos del grupo de invitados, sentados en las escaleras de la iglesia, se desparraman al sol unos cuantos menesterosos que esperan la hora de acceder al comedor que los carmelitas tienen en los bajos de la parroquia, donde sirven casi trescientas comidas calientes diarias a transeúntes, pobres y necesitados.
Los invitados a la boda visten ad hoc, de boda. Trajes oscuros ellos y vestidos largos y vaporosos ellas. A bastantes se les nota incómodos por la falta de costumbre de vestir traje y corbata. Evitan mirar a los indigentes y casi conforman un círculo defensivo como solían hacer los vaqueros en las películas del oeste cuando les iban a atacar los comanches.
Los menesterosos parecen sentirse a gusto en la ropa usada que les han dado en la misma parroquia o en algún ropero. Miran a los invitados de forma distraída, como si contemplasen un espectáculo callejero que pasa diariamente. Casi todos tienen la derrota pintada en la cara, sin importar las diferencias de edad y de origen geográfico que hay entre ellos.
Invitados e indigentes pertenecen a dos mundos lejanos, pero en ese momento están muy cerca. Apenas unos centímetros separan el oropel de la miseria.