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lunes, marzo 10, 2014

El rey absoluto

Todo el mundo sabe que Fernando VII era un cenutrio esférico (por todos los lados), pero lo que quizá algunos ignoren es que cuando contrajo matrimonio con doña María Cristina de Borbón, en el programa de Festejos Reales que se celebraron con motivo del enlace regio, se decidió que en el madrileño teatro del Príncipe se cantara una ópera con el fin de halagar a la joven esposa, que era italiana y en Italia son muy amantes del bel canto.
 Pero a Fernando VII, de espíritu poco cultivado al parecer, no le gustaba nada la ópera y sí -entre otras muchas cosas que no vienen al caso- los sainetes de don Ramón de la Cruz. El primer acto de la ópera pudo soportarlo a durísimas penas; pero el aburrimiento y el fastidio eran tan grandes que, en las primeras escenas del acto segundo, ordenó que se suspendiera la ópera y que, en su lugar, se representaran los célebres sainetes La casa de Tócame Roque y El sutil tramposo.
Era la voluntad real y así se hizo, improvisándolo todo deprisa y corriendo. La joven italiana empezó a hacerse una idea de con quién se había casado.

domingo, febrero 23, 2014

¡Qué país, Miquelarena!

Todo el mundo sabe que la expresión "¡Qué país, Miquelarena!" se hizo muy popular en la España de la posguerra e, incluso, ha pervivido hasta nuestros días. Lo que quizá muchos no sepan son el origen y el autor de dicha frase. 
Jacinto Miquelarena fue un periodista y escritor nacido en Bilbao en 1891 que fundó el primer diario deportivo del que se tiene noticia en España, el Excelsior. También contribuyó a componer el Cara el sol juntó a otros literatos falangistas en el café Lyon, de la madrileña calle de Alcalá. Fue colaborador de  El Pueblo Vasco, el Sol y, desde 1930, del diario ABC. Primer director de Radio Nacional de España en 1937, fue corresponsal de la agencia EFE y de los diarios Clarín, de Argentina, y ABC en París hasta su fallecimiento en la capital de Francia en 1962, donde se arrojó al paso del metro angustiado por la aparición de un cáncer y el acoso del director de ABC, Luis Calvo, que le sumieron en el abatimiento. En el bolsillo de su chaqueta se encontró una carta en la que responsabilizaba directamente a Luis Calvo de su suicidio.
Pero volviendo a la frase en cuestión que da origen a este artículo, se ha atribuido a multitud de personas, pero quien arroja luz sobre el asunto es la doctora Leticia Zaldívar Miquelarena, nieta del escritor y su biógrafa, que narra la anécdota situándola en un andén de la Estación del Norte de Bilbao. Pedro Mourlane Michelena, escritor también bilbaíno, partícipe igualmente en la creación del Cara al sol, despedía a su amigo Jacinto Miquelarena que se iba a uno de sus viajes, cuando se asomó un coronel a la ventanilla del tren y le dijo a uno de sus soldados: "Tú, corre a la cantina y que te den una guindilla picante". Cuando el soldado se encaminaba a la cantina se escuchó la voz del coronel que vociferaba: "¡Y que pique mucho! ¡Que si no te la voy a meter por el culo!". El imperativo diálogo sorprendió a los presentes y Pedro Mourlane se volvió hacia su amigo y le dijo: "¡Qué país, Miquelarena, qué país!".
Charlando un día con su amigo Rafael Sánchez Mazas, Miquelarena le comentó entre risas: "Voy a pasar a la posteridad por la frase de Mourlane en lugar de por mi trabajo". Que cada quien saque sus conclusiones.

jueves, enero 31, 2013

Popular y desconocida

Cualquier aficionado a la pinturas de Francisco de Goya la habrá visto multitud de veces en el retrato de la familia de Carlos IV. Y, quizá, haya averiguado que su nombre era María Josefa Carmela de Borbón, aunque para la mayoría no sea más que el espantajo goyesco que aparece en un rincón del cuadro.
Felipe V de España murió sin conocer nieto varón. El monarca, que había cambiado nuestras antiguas leyes sucesorias -que admitía que las princesas accediesen al trono- por la ley Sálica de importación francesa (y norma sacrosanta de los Borbones) que excluía a las hembras de la sucesión a la Corona. Y casi fue mejor para él pues un año después de su muerte nació en Nápoles el primero de sus nietos varones, que resultó imbécil.
Luis I y Fernando VI, vástagos del primer matrimonio del fundador de la casa de Borbón en España, no tuvieron hijos, así pues la sucesión recaería un día en el tercer hijo varón superviviente, el infante don Carlos, primogénito de la Farnesio.
Carlos se casó con María Amalia de Sajonia, que verdaderamente parecía una porcelana a punto de romperse, y empezaron a engendrar a destajo. Pero sólo nacían niñas que fallecían con asombrosa celeridad. De las siete que nacieron solamente dos llegaron a la mayoría de edad, María Luisa y María Josefa Carmela. Luego llegaría don Felipe (excluido de la sucesión por su condición de deficiente mental), y el que sería futuro Carlos IV, que sólo era medio tonto, y cuatro chicos más.
Volviendo a quien nos ocupa, María Josefa Carmela -Pepa a secas para los íntimos- no tuvo belleza, ni simpatía, ni inteligencia, ni sentido del humor, ni ambición. Fue un cero a la izquierda difícil de imaginar. El padre Coloma nos deja de ella un retrato físico rayano en la crueldad:
"A los veintinueve años, su ridícula figura, pequeña, fea y contrahecha, había hecho imposible encontrarla un marido que la igualase en rango. Escudada tras su fealdad, la infanta Josefa vivió y murió soltera, sin que amigos ni enemigos turbaran la paz de su insignificancia".
Y su cuñada la reina Maria Luisa, esposa de Carlos IV escribía a su favorito Manuel Godoy:
"La tía Pepa no es suave ni temporizadora, sino un agraz".
Motivos no tenía la infanta para ser unas castañuelas.
Carlos III, sentado ya en el trono de Madrid, había tenido el valor de intentar casarla nada menos que con Luis XV, viudo de la polaca María Leczinska, que no quiso ni oír hablar del asunto. Poco después se pensó unirla con su tío el infante don Luis (hermano menor del propio CarlosIII), pero tampoco llegó a producirse el enlace, pues si bien el infante ya se había resignado, doña Pepa mudó de opinión temerosa de que una comentada enfermedad venérea que había padecido don Luis pudiera perjudicarla. Muy escrupulosa, se negó en redondo a compartir el tálamo del afamado crápula.
Hasta su muerte, en 1801, vivió Pepa en el palacio real con su hermano el rey Carlos IV. Y Goya la incluyó en el retrato de familia. Y ahí la hemos visto, asomando su faz de bruja (más afeada si cabe por un enorme lunar postizo, que cubriría una mancha facial, según la moda de la época) por detrás del hombro de su sobrino, el futuro Fernando VII, velada la deformidad de su figura por las sombras. El personaje más esperpéntico de una pintura sublime.

miércoles, febrero 01, 2012

El gafe

Todo el mundo sabe que Cayetano de Borbón Dos Sicilias, conde de Girgenti, casó con la infanta Isabel (alias la Chata), primogénita de Isabel II de España.

Pero lo que quizá no sepa todo el mundo es que el desventurado Cayetano pasaba por ser uno de los mayores gafes de Europa.

Cuando nació en Caserta, el 12 de enero de 1846, se desprendió una cornisa de aquel soberbio palacio real napolitano. El día de su bautizo, un cirio de la capilla estuvo a punto de provocar un incendio pavoroso. En su primera comunión se atragantó el niño con el Pan de los Ángeles. Ya en el exilio, al ser filiado en el ejército austríaco, su caballo se rompió una pata. Como remate, Isabel II dispuso que su hija mayor se casase con el gafe un día 13. No resulta extraño que unos meses después perdiese el trono.

Me permito hacer aquí un breve inciso sobre la Chata, la considerada infanta castiza por excelencia. Circuló —y aun hay quien así lo cree— la leyenda que la presentaba como una mujer asequible y bonachona, amiga de las gentes del pueblo, pero su propia hermana menor Eulalia la acusaba de rigorista, ordenancista y simuladora. Decían testigos imparciales que en sus incursiones a los lugares donde los madrileños celebraban verbenas y romerías, y a las plazas de toros, doña Isabel de Borbón iba provista de fuertes perfumes "para mitigar los hedores de la plebe" —decía. De regreso a sus habitaciones reclamaba urgentemente el baño. El "¡uf!" de la infanta tras una de sus incursiones de propaganda dinástica llegó a convertirse en proverbial entre sus allegados.

Pero volvamos al gafe, aunque el abajo firmante (reconocido supersticioso) tema que se le descuajeringue la computadora en cualquier momento por mor de mencionar a uno de estos seres tan cenizos, funestos y malasombras.

Isabel II, obligada poco antes por el gobierno liberal, había tenido que estampar su firma en un decreto que reconocía la causa de la unidad italiana liderada por los Saboya, y que suponía el destronamiento de los Borbones de las Dos Sicilias. Seguramente por mala conciencia auspició la boda de su hija de diecisiete años con un príncipe de la recién exiliada familia, sin más fortuna que su honra, al que la novia ni conocía. De más está decir que los Borbones de Nápoles se apresuraron a facturarle al gafe. El 13 de mayo de 1868, a las diez de la noche, Isabel y Cayetano se casaron en la capilla del palacio real.

La verdad era que Cayetano era tan apuesto, tan bondadoso y decente que parecía una bendición de Dios. Bueno, sí que era huraño; y susceptible. Pero en su caso, ¿cómo no iba a serlo?

Cuatro días antes de la boda, la reina creó a su yerno infante de España y, el mismo día del casamiento, coronel de húsares. Aunque a Cayetano no le dio tiempo apenas de participar en la vida de la corte; todavía estaba de viaje de novios con Isabel cuando estalló la revolución de septiembre e Isabel II salió zumbando hacia Francia.

Cayetano tuvo el honroso detalle de penetrar en España y, enfundado en su flamante uniforme militar, se batió como un jabato en la batalla de Alcolea, donde le oyeron gritar, sin asomo de pitorreo: "¡Viva mi suegra!".

Tras el fracaso de la acción partió hacia el exilio y se instaló con su mujer en un hotel de la ciudad suiza de Lucerna. Su aspecto se había tornado demacrado y descubrió que se encontraba muy enfermo, víctima de frecuentes ataques epilépticos. Desesperado y convencido de su mal fario, se descerrajó un balazo en la sien, dejando a Isabel viuda a los diecinueve años.

En julio de 1871, cuatro meses antes de suicidarse, el infante había formalizado ante notario un testamento en una de cuyas cláusulas expresaba: "Ruego a Su Majestad la Reina Isabel acepte conservar, en recuerdo de mi adhesión, el sable que empuñé en la batalla de Alcolea".

Cuando Isabel II recibió el legado, quedó espantada. "¡Apartadlo de mi vista, no vaya a sucederme una desgracia!", ordenó. Escondieron el sable en lo más profundo de un armario y, tras la Restauración, lo enviaron a la real armería del Palacio de Oriente.

Al día siguiente el museo ardió.