martes, abril 19, 2011

El perdón y el olvido

Perdono pero no olvido. Habremos escuchado -y seguramente dicho- en bastantes ocasiones esta frase. Y, casi a continuación, nos hemos preguntado si el perdón debe llevar aparejado el olvido para ser completo, o si el olvido lleva implícito el perdón. Cada quien habrá llegado a su propia conclusión, y decidido qué hacer con su perdón o su olvido. Cuentan del rey Ciro, hombre magnánimo y alma grande, que tras ser vencido por los atenienses, se le olvidaba que debía vengar aquella derrota. Hasta el punto que un esclavo le debía decir todos los días: "Recuerda a los atenienses".
Ciertamente el perdón supone la fractura definitiva del cristianismo con las leyes mosaicas. Del bíblico "ojo por ojo y diente por diente", pasamos al "ama a tus enemigos" de Jesucristo. Ya no sólo se trata de perdonar a tu hermano setenta veces siete, sino de amar a tu enemigo, a devolver bien por mal recibido.
Es francamente difícil amar a quien te ha agraviado. Pero los cristianos decimos varias veces al día "perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden". Pedimos perdón al Dios misericordioso por nuestros agravios, sabiendo que nos perdonará si nosotros hemos perdonado también al enemigo que nos ultrajó. Jesucristo nos pide casi un imposible.
La condición humana es, por naturaleza, agresiva y violenta ante la afrenta física o moral. Y no sólo hay que perdonar esa afrenta, poner la otra mejilla y, de ribete, amar a quien la hizo. Casi un imposible. Claro que si hay una sola persona que es capaz de hacerlo, la Humanidad habrá contemplado un ejemplo de que puede hacerse.
Bien. ¿Y el olvido? ¿Se puede olvidar una afrenta gravísima aunque haya sido perdonada? ¿Pueden olvidar los millones de víctimas del holocausto judío o del genocidio camboyano las atrocidades recibidas? Sinceramente, si no se quiere que hechos semejantes vuelvan a repetirse, no.
No olvidar tras haber perdonado, puede ser algo parecido a una coraza que nos proteja de agresiones similares en el futuro.
Me viene a la memoria el poema de José Martí:
"Cultivo una rosa blanca
en junio como en enero
para el amigo sincero
que me da su mano franca.
Y para el cruel que me arranca
el corazón con que vivo,
cardo ni ortiga cultivo;
cultivo la rosa blanca".
Recordar lo pasado sin odio, ni rencor. Transformar la amargura y el dolor en amor. Es difícil, muy difícil.

martes, marzo 29, 2011

Los expertos

Aluden a ellos con frecuencia en los medios de comunicación, en las más variadas tertulias y en las conversaciones de andar por casa. Ahora -con las calamidades que nos rodean- se han vuelto imprescindibles en el lenguaje cotidiano. Son los expertos. Da igual el asunto que se trate, aparece el socorrido "dicen los expertos", " los expertos aseguran", "estiman los expertos"... Pero, ¿quiénes son los expertos? Reconozco que no me ofrecen garantía alguna el criterio y el parecer de alguien etéreo de quien desconozco su instrucción y su competencia sobre el tema que me quieren explicar. Me resultan abstractos estos personajes.
Quisiera saber quién es el experto, cómo se llama, qué hace, a qué dedica el tiempo libre y en qué lugar se enamoró de su ilustración. Y, sobre todo, qué experiencia tiene sobre la materia para merecer la condición de tal.
Hay latiguillos similares en las expresiones "como dijo el poeta", ¿qué poeta? Porque poetas hay a manta. "Como dijo el otro", ¿quién es el otro? Quevedo en Los Sueños nos lo aclara transparente:
"Yo soy -dijo- un hombre muy viejo, a quien levantan mil testimonios y achacan mil mentiras. Yo soy el Otro; y me conocerás, pues no hay cosa que no la diga el Otro. Y luego, en no sabiendo cómo dar razón de sí, dicen: Cómo dijo el Otro... Yo no he dicho nada, ni despego la boca. Y quiero, por amor de Dios, que vayas al otro mundo y digas cómo has visto al Otro en blanco, y que no tiene nada escrito y que no dice nada, ni lo ha de decir ni lo ha dicho, y que desmiente desde aquí a cuantos le citan y achacan lo que no saben, pues soy el autor de los idiotas y el texto de los ignorantes".
Los incorpóreos y abstractos expertos vienen a ser similia similibus del personaje quevedesco, alguien a quien se alude cuando no se tiene idea de lo que se argumenta. Y los medios de comunicación en lugar de investigar con el tipo que sabe del negocio, se dejan acariciar por la vagancia y endosan a los "expertos" la responsabilidad de sus opiniones.

lunes, enero 24, 2011

El duelista en calzoncillos

Que la gente de la farándula suele ser "rara" lo sabe todo el mundo. Y que se anima con demasiada vehemencia a levantar tormentas en vasos de agua, también. A finales del siglo XIX en Bilbao un estreno teatral no gustó al público, lo que incomodó sobremanera al autor. Éste, para disimular su fracaso o desahogar su iracundia, designó como culpable al responsable de la partitura. Y hacia él que se fue imprecándole de manera grosera e insolente.
El episodio se tradujo en concertación de hora, lugar y envío recíproco de padrinos. Pero, una vez en su casa y buscando la indumentaria apropiada para una ocasión tan solemne como suele ser lavar el honor a tiros, el arrebatado literato reparó en que su armario no contenía calzoncillos o camisetas que no estuvieran descosidos o cien veces remendados por mor de sus penurias económicas. Ya sabemos que tan importante -si no más- es el atuendo interior como el exterior.
Aterrado ante la posibilidad de ser visto en semejante tesitura, mandó recado a todos sus allegados para que le hiciesen llegar alguna muda en condiciones. Tal fue la diligencia de sus amigos que a media tarde la casa del duelista parecía una mercería.
Al alba, en un pinar de las Arenas se encontraron los contendientes pero, casi antes de que los padrinos hicieran las advertencias de rigor, apareció la Guardia Civil que puso fin al lance antes de que se iniciara.
Hubo algunos que opinaron que fue el propio autor quien dio chivatazo a la Benemérita, aunque con el barullo de la petición de calzoncillos bien podría haberse enterado todo Bilbao de lo que iba a acontecer.
Se ignora qué fue de aquella ingente remesa de ropa interior, aunque conociendo a la gente del teatro, lo más probable fuera que el autor la empeñase. Eso sí, con el honor a salvo.

martes, diciembre 28, 2010

Regalo de Navidad

Mabana nos regala un delicioso artículo que les recomiendo encarecidamente leer. ¡Qué fuerza puede llegar a tener una sonrisa! Capaz de abatir el más resistente muro y doblegar la aspereza más obstinada. Les gustará. Es un lindo regalo de Navidad.

jueves, diciembre 23, 2010

Feliz Navidad



PAZ AMOR ESPERANZA




jueves, septiembre 23, 2010

Sueños en la luna


Este año tampoco me has llevado a ver las Lágrimas de san Lorenzo -las Perseidas. Bueno. Parece que si quiero ver las estrellas tendré que arrearme un martillazo en la taba.
Pero el otro día vi la luna llena. Blanca y redonda esperaba el otoño sin premura, luminosa en una noche que animaba profecías.
Imaginé que en unas horas, tu la verías igualmente, y quise soñar para que la luna te contara mis sueños.
Voy por tu cuerpo como si caminara las calles que caminamos juntos; tu vientre es una plaza soleada, tus pechos dos iglesias donde se ofician cantos, tus ojos una fuente de agua clara.
Rodeo tu talle como la brisa que nos besa, camino en tu cabello como entre flores. Me acurruco en tus manos de sombra protectora.
La noche cierra su abanico y el instante translúcido se cierra. La noche durmió verano y se despierta otoño.
Y, tú, guardas ya mis sueños bajo tu almohada.

Felicidades MaB

domingo, julio 18, 2010

El convento de san Plácido (y II)


Como ya se han desvanecido los ecos de loor y victoria futbolísticos, vamos allá con el prometido segundo episodio del convento de san Plácido, en el que tomará parte su serenísima majestad Felipe IV, monarca cuya lujuria sólo era comparable a su devoción. La réplica vendrá de una monja llamada Margarita de la Cruz. Huelga encarecer sus virtudes físicas y tampoco es cuestión de indagar las otras. Se inicia la trama en una conversación que don Jerónimo de Villanueva -protonotario de Aragón y patrono del cenobio- mantiene con el rey y en la que informa de la galanura de la novicia. Hay quien pretende (malvados maledicentes, sin duda) que no hubo casualidad en tal diálogo sino confabulación para distraer al monarca de las calamidades que asolaban al país y las colonias bajo el mandato del Conde-Duque de Olivares. Sea como fuere, Felipe mordió el anzuelo y se distrajo; vaya que si se distrajo.
La escena nos muestra al de Austria entrando de tapadillo en el convento, aproximándose al locutorio donde ve a la novicia y, ¡Zaca!, flechazo incontinente. Y Felipe se debate. ¿Tirará más la teta de Margarita o la carreta de Dios? Y deambula convulso por los pasillos de palacio, se retuerce las manos, suda, no duerme... Decidido: Tira más la teta. Don Jerónimo habrá de hacerle de rufián y lo hace de una vez pues, ya que vive muro con muro con san Plácido, no titubea en abrir un boquete que a su vez da al trastero de las monjas.
Pero... ¡Lo descubre la abadesa! Y la buena señora se dispone a vender cara la ingle de su pupila. Aunque no de cualquier forma, no, que lo hace con un ardid tan macabro digno de figurar en un museo de los horrores. Viste a la novicia de blanco, convierte su celda en capilla ardiente y la instala en un túmulo con las manos juntas, los ojos prietos y un crucifijo entre los dedos, perinde ad cadaver.
Virginidad, satiriasis, muerte, religión y monarquía, ¡qué espectáculo tan cabalmente español!
No parece necesario añadir que don Felipe y don Jerónimo salieron de naja escopeteados sin esperar a más. Tampoco hace falta mucha imaginación para intuir que a los pocos días todo se supo y otra vez el soberano dio en desear a Margarita. Y como el que la sigue la consigue -principalmente si ostenta cetro y corona- podemos presentir el desenlace. Llegaron las presiones, llegaron los amagos, llegaron las dádivas y, a la postre, pudo el rey fornicar como un jenízaro con la moza quien, a los diez minutos, ya había perdido su condición de tal (aunque las malas lenguas aseguran que con taimería de mujer y de monja no dejó de aparentarla hasta el día de su muerte).
Y hay un colofón a esta historia (ya comentamos que el penúltimo de los Austrias brilló siempre por su piedad). Dos sobornos envió Felipe al convento de san Plácido para expiar las infamias urdidas y cometidas a su sombra. El primero fue un reloj de carillón y música que de quince en quince minutos tocaba a muerto. El segundo ese Cristo de Velázquez que al subyugarnos los Borbones terminó donde hoy está.

miércoles, junio 30, 2010

Las Vuvuzelas de Jericó


Es raro que yo escriba de temas de actualidad, como mis dos o tres lectores han comprobado, sino que acostumbro a remontarme a tiempos pretéritos. Pero no me resisto a comentar algún aspecto de la Copa del Mundo de fútbol que se está disputando en Sudáfrica, quizá porque he sido aficionado al fútbol, cuando era fútbol y no el circo en que se ha convertido. Veía todos los partidos que retransmitía la, por entonces, mejor (y única) televisión española. Vi cómo lesionaban al portugués Eusebio y cómo los bobbies se llevaban a empellones al argentino Rattin tras ser expulsado en el Mundial de Inglaterra del 66. Disfruté de la magia de Pelé en México del 70, y de Cruyff y "Torpedo" Müller en Alemania del 74. Vaya, que era afición la mía. Y era el Pleistoceno.
En este mundial de Sudáfrica me estoy aburriendo soberanamente porque no veo más que alguna jugada aislada que merezca la pena. Y me abruma la expectación que el evento despierta, hasta el punto de anestesiar dolores sociales y económicos importantes. El evento y sus daños colaterales, pues no sé si me divierte o me horroriza que sean portadas de periódicos del mundo que la novia de Casillas (muy mona ella) distraiga al cancerbero, que el presidente francés Sarkozy haga cuestión de Estado la eliminación de su equipo o que el diputado mexicano Eric Rubio proponga citar a Javier Aguirre en la Cámara de Diputados para que explique sus cambios en la alineación.
Pero lo que me ha llamado la atención ha sido la alegría de miles de sudafricanos -ignoro si real o fingida- animando a todos los equipos participantes. Bailes, sonrisas y vuvuzelas. Sí, esas trompetas que con irritante insistencia chiflan durante todo el partido. Queda demostrado que los sudafricanos son inasequibles al desaliento y tienen unos pulmones de campeonato.
Me pregunto si con esa porfía musical lo que pretenden es derribar cual las murallas de Jericó las paredes de esa vieja puta que es Europa y que durante siglos ha exprimido, explotado y asolado hasta el último rincón del continente africano.
Me dan igual los regates de Messi o los goles del Niño Torres. Me quedo con ese llanto incesante de las vuvuzelas.

jueves, marzo 18, 2010

Porras molestas

Cuentan que el último rey de Portugal Manuel II (1889-1932) tuvo que recibir al embajador de un país hispanoamericano apellidado Porras y Porras. Porra significa en portugués el miembro viril. El monarca luso no pudo por menos que mascullar:
-¡Lo que molesta es la insistencia!

lunes, febrero 22, 2010

Diálogo (cruel) entre actores jóvenes

-Hola, cuánto tiempo sin verte.

-Ya lo creo, ¿cómo estás?

-Bien, muy bien.

-¿Si? ¿Estás haciendo algo?

-Acabo de rodar un capítulo de una nueva serie de televisión.

-¡Guay! ¿De qué va?

-De esas de forenses y policías que están de moda.

-Genial, tío. ¿Qué personaje?

-Hago de yonki muerto, tío, genial.

-¡Guay, guay!

-Un personaje lleno de matices, tío. Fantástico.

-¿Tienes mucha frase?

-No, tío, que estoy muerto, pero ¡no veas cómo me he entregado en el personaje!

-Lo creo, eras muy bueno ya en la academia de arte dramático.

-¿Y tu?

-Estoy ensayando una obra en el teatro de la Alcantarilla, genial, tío.

-¡Qué guay! Cuánto me alegro.

-Estrenamos en un mes.

-¿Tienes mucho texto?

-Hago de camarero y digo: “La cena está servida”.

-¡Genial, tío!

-Y lo digo dabuti, oye, con una prestancia, un estilo...

-Es que tú eres hombre de teatro, es genético lo tuyo.

-¿Quién nos iba a decir en la academia que a estas alturas ya tendríamos unos papeles tan guays, ¿eh?

-Desde luego, tenemos una suerte loca, tío...

miércoles, febrero 17, 2010

El convento de san Plácido

Todo el mundo sabe que el convento de san Plácido está en la calle de san Roque, en Madrid. Pero quizá no todos sepan que a los cinco años de su fundación, en 1623, en este cenobio de las monjas de la Encarnación Benita sonaron campanadas escandalosas de extrañas novedades tan del gusto de nuestra historia eclesiástica.

Se dijo que casi todas las monjas (veinticinco de las treinta que había) estaban endemoniadas. Y entre ellas la priora y fundadora, Doña Teresa de Silva, moza de veintiocho años y noble linaje.

Fue éste, negocio de la mística alumbrada, tan proclive a perdonar los pecadillos de alcoba entre expertos confesores solicitantes y doñas debidamente solicitadas. Pedir -discurrirían aquellos clérigos- poco cuesta, pues el no lo llevas gratis y cualquier revolcón, por decepcionante que resulte, merece el riesgo de recibir un cachete de manos blancas.

Voy a dejar que la galantería me obnubile el juicio al relatar maremágnum tan galante: La culpa no fue de las cándidas religiosas, sino del lujurioso confesor Fr. Francisco García Calderón natural de Barcial de la Loma, en Tierra de Campos, y con cincuenta y seis tacos de almanaque a la espalda, que por aquel entonces mandaba intramuros del convento, quien aprovechando su autoridad se pasó por la piedra a las pupilas, empezando por la priora y siguiendo en orden alfabético o cronológico -quién sabe- hasta calzarse a casi toda la comunidad. Quizá las cinco que se libraron fueron más dengues o inoportunas como para resistirse.

Imaginen cómo de felices y retozonas iban las inocentes de san Plácido de pastoforio en transepto, hasta que el Santo Oficio juzgó necesario tomar cartas en el asunto, pues en su “intento” de exorcizarlas, llevaba el antedicho García Calderón tres años (de 1628 a 1631) entre visajes y conjuros. Tal música de somieres llevó a las cárceles secretas de Toledo al confesor, la priora y las monjas.

Tras varios incidentes de recusación, fue sentenciada la causa en 1633, declarando al padre Calderón “sospechoso de haber seguido a varios herejes, antiguos y modernos, especialmente gnósticos, agapetos, y nuevos alumbrados, y los errores de los pseudo Apóstoles, los de Almarico, Serando y Pedro Joan”.

Por más que Fr. Francisco negó lo de ser alumbrado ni hereje y dijo que en los actos libidinosos había procedido “como flaco y miserable”, sin pensar ni dogmatizar que fuesen buenos. Se le condenó a abjuración de vehementi, a sufrir ciertos disciplinazos y a reclusión perpetua en la celda de su convento. Las monjas abjuraron de levi y se las repartió por varios conventos con diversas penitencias.

Diez años después, el Tribunal aceptó la apelación de la priora, quien hizo constar que todo fue una maraña urdida por Fr. Alonso de León, enemigo acérrimo del confesor, y por el comisionado de la Inquisición, Diego Serrano, que aturdió a las monjas y las hizo firmar cuanto él quiso. La priora probó hasta la evidencia que jamás había penetrado en el convento la herejía de los alumbrados, ni otra alguna. Que el confesor las exorcizaba de “buena fe”, pero que quizá todo fuera debido a causas naturales (fenómenos nerviosos, que diríamos hoy).

La Inquisición mandó revisar los autos, hizo calificar de nuevo las proposiciones por los más famosos teólogos de varias órdenes y por sentencia de 5 de octubre de 1638 restituyó a las monjas en su buen nombre, crédito y opinión, dándoles testimonio público de esta absolución. Del confesor nada se dijo, lo cual da a entender que no le alcanzó el desagravio.

Saque cada cual sus conclusiones sobre qué tenía peor prensa: la herejía o la líbídine (cachondez, en román paladino).

Si les ha gustado este episodio sobre el convento de san Plácido, me lo dicen. Pues queda un segundo igualmente jugoso.

martes, enero 26, 2010

Dicotomía

Los españoles somos dicotómicos; y maniqueos. Ignoro si se debe a un atavismo genético o a una cualidad adquirida con el paso del tiempo. Tendemos a establecer dos bandos de lo que sea, política, deporte, literatura, tauromaquia... Dos bandos beligerantes entre sí que se niegan mutuamente el pan y la sal, se descalifican de manera fratricida y solemnizan con vehemencia y arrebato los deméritos ajenos antes que las propias virtudes.
En España se es del Barcelona o del Madrid, de Cánovas o de Sagasta, de Lagartijo o de Frascuelo, de Quevedo o de Góngora. Y una inmensa minoría que tiene el atrevimiento de ser del Numancia, del Paloma (de Santoña) o de la Balompédica Linense, puede considerarse desclasada y marginal. Apliquemos el símil futbolero a cualquier otro ámbito y el resultado será parecido.
Con qué pasmosa frivolidad el español de un bando denigra algo que hace el bando enemigo (que no adversario) y aplaude que ese mismo algo se haga en el propio.
Sabrán ustedes que allá por la segunda década del pasado siglo XX, existió una famosa rivalidad entre José Gómez "Joselito" y Juan Belmonte, dos toreros de tronío. Y tal pugnacidad no la tenían sólo los matadores, sino sus incondicionales seguidores. Pura dicotomía, nuevamente. Pues bien, un día que habiendo toreado el Gallo Chico (Joselito) en una plaza de un lugar de España y cuajado una faena antológica, el entusiasmo de sus seguidores llevó a éstos a pasearlo en hombros hasta la iglesia parroquial con objeto de solicitar del cura las andas que se utilizaban para la procesión de la Virgen, a fin de subir en ellas al torero y pasearlo por la localidad exhibiendo mayor gloria y exaltación de sus habilidades taurómacas. El cura párroco se espantó ante tal demanda y llegó a reprochar a aquellos fanáticos taurinos aquella osadía.
-Pero... pero... ¿Os habéis vuelto locos? ¿Utilizar la peana de la Santísima Virgen, nuestra Patrona, para pasear a Joselito?
Los apasionados aficionados admitieron de inmediato que tal petición -casi rayana en el sacrilegio católico- era una barbaridad y se dieron media vuelta avergonzados de su exacerbado entusiasmo. Apenas alcanzaron a escuchar lo que murmuró el cura por lo bajo:
-Si al menos hubiera sido para Belmonte...

lunes, enero 04, 2010

Propósitos de Año Nuevo

Una amiga mía considera que el año comienza con la retransmisión televisiva del Concierto de Año Nuevo desde Viena. Y se calza ante el televisor palmoteando alegremente la marcha Radetzky junto a los vieneses de la Musikverein. Imagino que es un acto de rebeldía para decidir que el año empieza cuando a ella le da la gana y no cuando lo marca el reloj de la Puerta del Sol. El tiempo es relativo, faltaría más. Y cada día primero de enero recibo un mensaje suyo en el teléfono móvil a las 13:30 horas, más o menos: "Ahora, sí. ¡Feliz Año Nuevo!".
En ese momento recuerdo al padre M. que era mi profesor de Filosofía en Sexto de Bachiller (y un hombre bueno) preguntándonos en clase qué era el tiempo. Y los listos de la clase -obviamente no me encontraba entre ellos- respondiendo: "El tiempo es la magnitud física que permite medir la duración o separación de las cosas sujetas a cambio". El padre M. negaba con la cabeza y hacía un gesto para que contestara el siguiente: "El tiempo es el orden de las cosas que no son simultáneas". Y el jesuita volvía a negar y señalar al siguiente: "El tiempo es una realidad absoluta, homogénea, inmutable, autodeterminada e infinita que fluye y se mueve de forma unidimensional en una sola dirección". El padre M. negó una vez más con la cabeza ante la exasperación de los listos de la clase que habían respondido correctamente lo que ponía en el libro de texto.
-El tiempo es una línea recta -dijo, al fin.
Y, cada 1 de enero, cuando mi amiga me felicita el año nuevo a las dos del mediodía yo recuerdo esa línea recta que tan atinadamente nos señaló el bueno del padre M. en la que se van sucediendo los episodios de la vida. También los que no. Porque mi amiga aprovecha el concierto televisado para hacer sus propósitos de Año Nuevo, que suelen ser dejar de fumar, aprender inglés, ir al gimnasio, perder unos kilos de peso... Y sistemáticamente, desde hace años, los incumple sin el menor atisbo de remordimiento. Sigue fumando, el inglés es un idioma muy raro, los gimnasios están llenos de gente con demasiados buenos propósitos, y, ¿cómo va a perder ni un gramo mientras sigan existiendo los bombones y el chocolate?
Hay muchas personas que hacen propósitos de Año Nuevo. Pero yo no los he hecho en mi vida. Y me siento doblemente marginal, uno, por no hacerlos. Y, dos, por no poder incumplirlos.
¿Qué se siente al hacer un propósito? ¿Qué se siente al incumplirlo? ¿Alguien podría ilustrarme?
Ah, por cierto, ¡¡Feliz Año Nuevo!! (aunque estemos a 4 de enero).

jueves, diciembre 24, 2009

miércoles, diciembre 02, 2009

El tranvía


Hace unos días Silvia escribió uno de sus magníficos artículos titulado "El autobús" en el que relataba un desagradable sucedido que le tocó padecer. Brava como es, supo apartarse de la manada y actuó como debía.
Sin parecerse lo más mínimo, me vino a la memoria un sucedido que viví en mi época de estudiante de Bachillerato cuando utilizaba el tranvía como medio de locomoción para acudir al colegio. El vehículo era idéntico al de la fotografía (si no era el mismo) y el día, de otoño.
Volvíamos del colegio a mediodía para comer, con el tranvía a tres cuartos de ocupación. Aquellos tranvías tenían dos plataformas, una delantera y otra trasera. En la trasera, por donde subían los pasajeros, tenía un escueto habitáculo el cobrador, casi siempre un hombre huraño y malhumorado, que sacaba los billetes de una máquina pulsando unos botones y tenía las monedas para la vuelta ordenadas en una caja. En la plataforma delantera, por donde bajaban los pasajeros, iba el conductor, que solía ser siempre un hombre delgado y capaz de mantener entre los labios un cigarrillo de liar medio apagado, protegido por una barra semicircular y gobernando unos manubrios, cataclac-clac-clac-cataclac, que a los críos nos parecían chulísimos. A lo largo del vehículo había dos filas laterales de asientos y barras en el techo para agarrarse. Como los asientos eran pocos, casi todo el mundo iba de pie, obvio.
Pues bien, el tranvía a medio llenar en hora punta, llega a una parada en la que se produce un aluvión de pasajeros que suben, mientras que pocos bajan. La irrupción de aquella turbamulta empezó a originar toda suerte de apreturas e incomodidades. Y, en aquel momento, un señor de pueblo que hasta entonces había estado sujeto a la barra sin mayor problema fue arrastrado por la avalancha. Y en medio del fragor exclamó a voz en grito en idioma aragonés:
-¡No empentís, ni arrempujís! ¡Si no cabís, ¿pa qué coño sus metís?!*
Se hizo un silencio sepulcral en el tranvía. La manada quedó muda como por ensalmo ante la exclamación de aquel señor. Parecía como si un sentimiento de vergüenza colectiva se hubiese apoderado de todos los ocupantes. Aquel hombre había derrotado a la masa utilizando un arma infalible: La lógica.

*"No atropelléis, ni empujéis. Si no cabéis, para que diantres os metéis". Nota del traductor.

jueves, noviembre 12, 2009

Cosas de chicas (y 3)

Parece que quedó claro que cuando una chica elige un vestido o decide visitar al cirujano estético es porque quiere estar guapa, o más guapa aún de lo que ya es. ¿Y para "quién" quiere ponerse guapa? He escuchado muchas opiniones al respecto, pero voy a quedarme sólo con tres: Para ella misma, para los hombres, para las otras mujeres.
Posiblemente sea un conjunto, una mezcla de las tres posibilidades. Y, aunque mi amiga la Fatica me prevenga de que no me adentre en arriesgados jardines y Turu vaticine con rigor que me las darán todas en el mismo lado, no me resisto a la tentación de crear una pequeña polémica con este asunto. Por enredar, solamente.
Obvio será que la apreciación masculina limitará en buena medida mi opinión. Como también es obvio que las chicas tienden a volverse un poco herméticas en estos negocios, pues no acostumbran a dar mucha explicación sobre el por qué o por quién se ponen guapas. Propenden a dejarnos adivinar la causa, sobre todo si somos nosotros esa causa; y más vale que seamos capaces de dar con la solución correcta o el misterio sugerido.
-¿No me ves nada distinto?
-Te cambiaste el peinado.
Salvados.
-No, mastuerzo, llevo una blusa nueva.
Condenados.
Pero las chicas siempre perdonan nuestras torpezas y nuestros despistes y siguen poniéndose guapas para nosotros. Y sabemos que es para nosotros porque les sonríen los ojos al mirarnos cuando se han vestido su blusa nueva, esperando que nos guste tanto como a ellas.
Dicen (yo lo escuché en el tranvía, o en el autobús) que las mujeres no se ponen guapas para los hombres, sino para "su" hombre. Bajo el vestido o traje elegante y vistoso, se cubren con una ropa interior más primorosa todavía.
¿Sólo para su hombre? ¿Para si misma? ¿Para otras mujeres? ¿Por qué las mujeres eligen una ropa interior y no otra?
Los hombres, que somos sencillos y planos como el encefalograma de la momia de Tutmosis, tenemos pocas alternativas con respecto a la ropa interior. Las chicas tienen un universo y saben aprovecharlo. Si aplicamos un silogismo hipotético a este asunto de la ropa interior femenina, resultará que ellas son las complicadas y no nosotros.
Cuán importante es en una mujer su ropa interior.
Los chicos nunca llegaremos a las chicas a la suela del zapato. Pero yo este invierno pienso comprarme unos "marianos" monísimos por si hace mucho frío. ¿O no me los compro?

jueves, noviembre 05, 2009

Cosas de chicas (2)

Cuando dos amigas coinciden por azar en la consulta del dentista, se animan mutuamente diciéndose que la anestesia no duele como antes, y que el torno no da tanto miedo. Hablan relajadamente, dentro del nerviosismo que siempre entraña una sala de espera, y hasta podrían ser capaces de contarse un chiste. Pero si ese encuentro se produce en la consulta del cirujano estético, la cosa pinta peor. No pueden disimular la sorpresa ni el desagrado. Se miran de soslayo con una sonrisa dibujada por el enemigo, hablan lo imprescindible y lo imprescindible tiene relación con la meteorología, el tráfico y las obras. El resto de temas es intocable.
El primer pensamiento que les asaltó al encontrarse en la misma sala de espera fue: "¿Por qué ha tenido que venir aquí y ahora, precisamente, esta estúpida?". Aunque es posible que el término estúpida sea sustituido por otro más acerado. Y aquella amiga que antes -o en otro lugar- era un encanto, se ha convertido en el ser más aborrecible, antipático y detestable de la Creación.
Cuando a la que estaba citada en primer lugar le llega su turno, hace una mueca y entra en la consulta. Allí, además de tratar con el médico "lo suyo," intentará indagar "a qué ha venido su amiga Fulanita". Y, hará lo posible por reconvenir a médico y enfermera de que no le digan ni por asomo a la otra el motivo de la consulta. Médico y enfermera se mostrarán incluso molestos de que se ponga en entredicho su profesionalidad. Con la otra sucederá exactamente igual, está claro.
Si el médico o la enfermera tienen algún lazo de amistad o confianza con alguna de ellas, cantarán la Traviata, y una sabrá que "plastia" (como diría mi amigo Turu) le van a hacer a la otra. Y cuando se vuelvan a encontrar en cualquier circunstancia, la que sonría de oreja a oreja será la que sepa lo que le hicieron a la otra.
¡Qué curiosa habilidad tienen las chicas para localizar cualquier trabajo estético, caramba! Basta que uno diga:
-Jo, qué pechugamen tiene Menganita.
Para que contesten despectivamente:
-Bah, operadas.
O que veas a Zutanita y digas:
-Está guapa hoy Zutanita.
-Cómo no va estar, si pasa más tiempo en el quirófano que en su casa.
Ni que tuvieran un nonius en la cabeza para medir mentalmente todo tipo de superficies susceptibles de ser retocadas por un cirujano, y que a los hombres suelen pasarles desapercibidas.
El caso es que a los hombres no suele molestarnos que algunas mujeres sean estéticamente fraudulentas, nos da directamente igual. Pero entre ellas se lo ocultan, lo denostan. ¿Por qué lo harán?

miércoles, octubre 28, 2009

Cosas de chicas (1)

Una de las cosas que más puede descomponer a una mujer es que otra mujer lleve su mismo modelo de vestido. Los hombres no solemos fijarnos en éso, y, si lo hacemos, lo tomamos a chufla. Pero ellas, se pueden enfurecer hasta límites insospechados.
En una boda muy distinguida asistí a un espectáculo "delicioso". La esposa de un amigo iba puestísima y monísima con su vestido de color "no me acuerdo ahora". Transcurrió la ceremonia, nos reunimos los asistentes en el atrio para intercambiar saludos refinados y gentiles y la antedicha cumplimentó ostensiblemente a otra amiga. Ya en el vehículo que nos llevaba al restaurante donde se celebraba el banquete, mi amigo, entre extrañado e incrédulo le dijo a su esposa:
-Ya he visto que has estado muy efusiva con Fulanita (Fulanita era esa otra amiga que había sido exnovia de mi amigo y a la que su mujer no conocía personalmente).
-¿Yooo? ¿Es que estaba en la iglesia?
-Claro -tercié yo, haciendo mal tercio- la morena del vestido negro que has besuqueado con tanto entusiasmo.
-¡Por favor! ¡Qué vergüenza! -exclamó ella irritada.
Se acabaron los tercios porque la cara de la esposa de mi amigo empezó a adquirir unas tonalidades peligrosas para los cercanos, y seguimos el trayecto hablando del tiempo, de lo guapo que estaba nuestro amigo el novio, y del último partido de liga de fútbol. Ella estaba realmente enojada.
Una vez en el bar del hotel, tomando el aperitivo y cuando parecía que había escampado, sobrevino la catástrofe. Un matrimonio amigo que no pudo acudir a la iglesia se reunió con nuestro grupo. Y quiso el destino funesto que la esposa vistiera un modelito idéntico, pero idéntico, a la antecitada mujer de mi amigo. Los hombres, ante esas circunstancias bromeamos con la casualidad, quizá porque todos vamos muy parejos, con traje oscuro preferentemente azul marino. Pero ellas, nooooo. Ambas quedaron boquiabiertas como si aquello no pudiera estar sucediendo, como si fuera un mal sueño del que van a despertar enseguida. Claro que cuando tienes que sentarte a la mesa con otra mujer vestida exactamente igual que tu, el espíritu femenino no puede por menos que rebelarse. Y en una boda tan finolis no se puede increpar a voces a la otra por su elección del vestuario, ni liarse a mamporros, sino que hay que guardar una sutil y discreta compostura, forzar la sonrisa y rezar para que pase pronto de ellas este cáliz de sufrimiento.
La rechifla se palpaba en el ambiente, y algún destarifado la atizaba con comentarios tales como: "Caramba, sois del mismo colegio", ó "habéis venido de uniforme". Yo cerraba los ojos pensando que de un momento a otro volarían tenedores y cuchillos y nos encontraríamos sin comerlo ni beberlo en La matanza de Texas, pero en el Gran Hotel.
Afortunadamente todos salimos airosos e indemnes, y me consta que ambas mujeres siguen siendo amigas, aunque creo que si van invitadas a una boda, se telefonean antes para saber el atuendo de cada cual.

domingo, octubre 18, 2009

Lenguaje evolutivo

Hasta hace relativamente poco tiempo, decirle a alguien en castellano que era un "niño gótico", equivalía a tacharle de jovencito presuntuoso e insustancial, amén de cursi (según acepciones recogidas por el DRAE).
Pero si ahora llamamos a una persona "gótica", una importante mayoría de la población creerá que nos estamos refiriendo a un individuo perteneciente a una subcultura en la que prima una estética negra, con ornamentos oscuros, siniestros, tétricos y lúgubres.
Ahora les toca elegir a ustedes que acepción les gusta más.

martes, octubre 13, 2009

Fiestas de pueblo

En mi ciudad estamos en fiestas. Y, aunque la población roce los 700.000 habitantes, las fiestas son de pueblo. No voy a entrar en detalles porque no me apetece, pero me ha venido a la memoria una historia que me contaron y que sucedió no hace demasiado tiempo.
En el Ayuntamiento de un pueblo cuyo nombre recuerdo perfectamente, pero no voy a decir, alcalde y concejales preparaban el programa de fiestas patronales. Andaban algo mosqueados porque en el pueblo de al lado, con el que les unía una cariñosa enemistad, habían recuperado una vieja tradición para sus fiestas, consistente en una especie de comparsa de cabezudos. Y éstos no querían ser menos, de modo que se habían puesto a buscar alguna tradición que llevarse a las fiestas. Una encontraron. Parecía ser que hubo una procesión en la que acompañaban al santo por todo el pueblo unos alabarderos con vistosos uniformes y alabardas de más de dos metros. Pusiéronse manos a la obra, desempolvaron los trajes, los restauraron y remozaron las alabardas con todo lujo y esplendor.
Con todo preparado, se produjo el conflicto. En la calle de acceso a la plaza había un arco bajo el cual pasaba la procesión. Y los soldados no podían atravesarlo con las alabardas enhiestas.
-Pues habrá que cortar las lanzas -propuso uno.
-¿Cómo se van a cortar las lanzas si tienen tanta antigüedad?
-Pero mira que sois burros... Se desmonta el arco.
-¡Si desmontamos el arco se viene abajo la casa del Emerenciano!
El secretario del ayuntamiento, que era de ciudad, los miraba atónito y despavorido ante las tropelías que aquellos munícipes eran capaces de cometer. Casi en un susurro, se dirigió a ellos:
-Disculpen, señor Alcalde, señores concejales. Pero, dado el tamaño de las alabardas y la altura del arco, en vez de tocar unas u otro, ¿no sería más prudente que los soldados se agachasen con la lanza al pasar bajo el arco? Así no habría que modificar nada...
Los concejales, tras unos momentos de reflexión, prorrumpieron en aplausos y vivas a aquel pobre secretario de ayuntamiento que acababa de solucionarles el grandísimo problema. Y el alcalde, se dirigió a sus ediles:
-Si es que, no hay como tener estudios.