jueves, enero 02, 2014
Uva esquiva
domingo, marzo 31, 2013
Diplomáticos y damas
Cuando dice "quizá" quiere decir "no".
Cuando dice "no", no es un diplomático.
Cuando una dama dice "no" quiere decir "quizá".
Cuando dice "quizá" quiere decir "sí".
Cuando dice "sí", no es una dama.
viernes, marzo 01, 2013
Fábula
- Ya que vas a comerme, déjame serpiente que te haga tres preguntas.
- Me parece bien.
- ¿Estoy en tu cadena alimenticia?
- No.
- ¿Te he hecho algún mal?
- No.
- Entonces, ¿Por qué quieres devorarme?
- Porque no soporto que brilles.
martes, febrero 19, 2013
Esa pierna es mía
No sé si a los mitómanos enamorados platónicamente de Anne Bancroft les habrá sentado a cuerno quemado la revelación, que los mitómanos son proclives a enojarse por cualquier nadería. La pantorrilla es bonita, torneada, y resulta sugerente, ¿qué más da que no sea propiedad de la protagonista de la película? Además, todo es producto de la ficción, desde la película hasta la pierna.
Cuando vamos al cine o al teatro pagamos una entrada para que nos mientan, queremos que nos cuenten trolas porque nos distraen de las verdades que nos rodean en la realidad. Queremos que nos engañen.
Siendo muy joven, junto con otros compañeros actores, gustaba de ponerme en la primera fila de butacas para tener más cerca a los protagonistas y estudiarlos. Un amigo y maestro se colocaba siempre en la fila seis o la siete. "¿No vienes con nosotros?" -le preguntamos. "Me gusta que me engañen" -respondió con una sonrisa y se fue a su butaca de la fila seis. Fue una estupenda lección.
La mentira, el relato de cosas bellas y falsas, es el fin mismo de la creación artística. Da igual de quién sea la pierna, aunque sea mía.
martes, febrero 05, 2013
Nervios de estreno
¿Te has fijado? Esa mocosa
por pensar en otra cosa
se ha equivocado de carta.
Y es que los nervios en un estreno pueden jugarte muy malas pasadas.
jueves, enero 31, 2013
Popular y desconocida
miércoles, julio 25, 2012
¿Pintar la desesperación?
miércoles, julio 11, 2012
Gesto silencioso
jueves, junio 28, 2012
El Lenguaje del Abanico
lunes, junio 18, 2012
Teorema de Pitágoras
jueves, abril 12, 2012
El sustanciero
Y es que a buen hambre no hay pan duro. Contaba la maravillosa actriz Aurora Redondo que durante la guerra civil, pasando muchísima gazuza, llegó un paquete a su casa enviado por unos parientes desde Argentina. Poca cosa, dos o tres fruslerías y una lata. Se llenaron de alegría porque en tal lata había unos polvos como de cacao (¡menudo lujo en aquellos momentos!) y se prepararon un chocolate estupendo. Al cabo de unos días llegó una carta de los parientes argentinos en la que les preguntaban si habían llegado bien las cenizas del tío Florentino, fallecido e incinerado recientemente. Las cenizas -obvio- descansaban en la lata que se habían zampado con enorme regocijo.
Los alimentos con sustancia son exquisitos, dónde va a parar.
miércoles, febrero 01, 2012
El gafe
Todo el mundo sabe que Cayetano de Borbón Dos Sicilias, conde de Girgenti, casó con la infanta Isabel (alias la Chata), primogénita de Isabel II de España.
Pero lo que quizá no sepa todo el mundo es que el desventurado Cayetano pasaba por ser uno de los mayores gafes de Europa.
Cuando nació en Caserta, el 12 de enero de 1846, se desprendió una cornisa de aquel soberbio palacio real napolitano. El día de su bautizo, un cirio de la capilla estuvo a punto de provocar un incendio pavoroso. En su primera comunión se atragantó el niño con el Pan de los Ángeles. Ya en el exilio, al ser filiado en el ejército austríaco, su caballo se rompió una pata. Como remate, Isabel II dispuso que su hija mayor se casase con el gafe un día 13. No resulta extraño que unos meses después perdiese el trono.
Me permito hacer aquí un breve inciso sobre la Chata, la considerada infanta castiza por excelencia. Circuló —y aun hay quien así lo cree— la leyenda que la presentaba como una mujer asequible y bonachona, amiga de las gentes del pueblo, pero su propia hermana menor Eulalia la acusaba de rigorista, ordenancista y simuladora. Decían testigos imparciales que en sus incursiones a los lugares donde los madrileños celebraban verbenas y romerías, y a las plazas de toros, doña Isabel de Borbón iba provista de fuertes perfumes "para mitigar los hedores de la plebe" —decía. De regreso a sus habitaciones reclamaba urgentemente el baño. El "¡uf!" de la infanta tras una de sus incursiones de propaganda dinástica llegó a convertirse en proverbial entre sus allegados.
Pero volvamos al gafe, aunque el abajo firmante (reconocido supersticioso) tema que se le descuajeringue la computadora en cualquier momento por mor de mencionar a uno de estos seres tan cenizos, funestos y malasombras.
Isabel II, obligada poco antes por el gobierno liberal, había tenido que estampar su firma en un decreto que reconocía la causa de la unidad italiana liderada por los Saboya, y que suponía el destronamiento de los Borbones de las Dos Sicilias. Seguramente por mala conciencia auspició la boda de su hija de diecisiete años con un príncipe de la recién exiliada familia, sin más fortuna que su honra, al que la novia ni conocía. De más está decir que los Borbones de Nápoles se apresuraron a facturarle al gafe. El 13 de mayo de 1868, a las diez de la noche, Isabel y Cayetano se casaron en la capilla del palacio real.
La verdad era que Cayetano era tan apuesto, tan bondadoso y decente que parecía una bendición de Dios. Bueno, sí que era huraño; y susceptible. Pero en su caso, ¿cómo no iba a serlo?
Cuatro días antes de la boda, la reina creó a su yerno infante de España y, el mismo día del casamiento, coronel de húsares. Aunque a Cayetano no le dio tiempo apenas de participar en la vida de la corte; todavía estaba de viaje de novios con Isabel cuando estalló la revolución de septiembre e Isabel II salió zumbando hacia Francia.
Cayetano tuvo el honroso detalle de penetrar en España y, enfundado en su flamante uniforme militar, se batió como un jabato en la batalla de Alcolea, donde le oyeron gritar, sin asomo de pitorreo: "¡Viva mi suegra!".
Tras el fracaso de la acción partió hacia el exilio y se instaló con su mujer en un hotel de la ciudad suiza de Lucerna. Su aspecto se había tornado demacrado y descubrió que se encontraba muy enfermo, víctima de frecuentes ataques epilépticos. Desesperado y convencido de su mal fario, se descerrajó un balazo en la sien, dejando a Isabel viuda a los diecinueve años.
En julio de 1871, cuatro meses antes de suicidarse, el infante había formalizado ante notario un testamento en una de cuyas cláusulas expresaba: "Ruego a Su Majestad la Reina Isabel acepte conservar, en recuerdo de mi adhesión, el sable que empuñé en la batalla de Alcolea".
Cuando Isabel II recibió el legado, quedó espantada. "¡Apartadlo de mi vista, no vaya a sucederme una desgracia!", ordenó. Escondieron el sable en lo más profundo de un armario y, tras la Restauración, lo enviaron a la real armería del Palacio de Oriente.
Al día siguiente el museo ardió.
jueves, enero 26, 2012
Siempre nos quedará París (y IV)
Aquí estoy, como me indicaste, bajo el reloj de la Concergerie, el más antiguo de París según dicen. Y funciona. El reloj, digo. ¿Hay alguna leyenda de este reloj? Me fascinan las leyendas sobre relojes, tu sabes, como la que cuentan del de Güigüe en Venezuela, que afirma que quien repare su maquinaria fenecerá al momento. Confío que éste bajo el que me hallo no me caiga en la cabeza o me lance un rayo aniquilador al marcar una hora concreta.
Mala suerte para el reloj porque tu llegas como por ensalmo, me tomas de la mano y me encaminas hacia la Sainte Chapelle. Estás risueña, con el sol de París acariciando tu cabello que oscurece con su brillo el resplandor del Sena. Seguro que las cuartillas que me traes escritas vuelven a ser maravillosas.
Entramos despacio en la capilla baja mientras unos pocos turistas recorren la nave vacía deteniéndose en cada pilastra para fotografiar la imagen del apóstol de turno. La suave música que se escucha de fondo queda amortiguada por los rumores y bisbiseos de los visitantes dando un aire levemente misterioso al espacio. Me guías entre los Apóstoles para señalarme con mirada cómplice los cestillos grabados en honor de la reina doña Blanca.
Tiras con suavidad de mi mano mientras subimos la escalera de caracol hasta la capilla alta como un niño al que le llena la impaciencia de ver algo que desea. El resplandor del sol de la mañana filtrándose por las magníficas vidrieras me deslumbra; tal parece que se guiara por la curiosidad en distinguir cada uno de los rincones escrutados ahora por el grupo de extraños que intentan imaginar a reyes y cortesanos moviéndose en el recinto sagrado de antaño. El sol es el mismo hace tres siglos. ¿O también ha cambiado? Tu mirada responde, sin querer, mi pregunta: Es el mismo, pero mira de otra manera. La existencia continúa su camino lento, colmada de gente aplastada por la vida cotidiana, siempre idéntica a sí misma. Solo la piedra permanece inmutable, hasta que se desmorona.
Me miras con perversa ingenuidad y volvemos al mundo real, el que transita gris por las aceras de las calles, que se vuelve extrañado al escuchar una risa, o un murmullo alegre.
Nos sentamos en la terraza de un pequeño café cercano a St. Germain des Près y leo las cuartillas que -sin que yo lo advirtiera- has ido escribiendo durante el camino. Me sonríes porque sabes que la obra está conclusa. Me sonríes porque sabes que te necesito porque te quiero. Y tu sonrisa es una larga caricia que me recorre poco a poco, demorándose, viviendo.
En la estación de Austerlitz se mueven los viajeros, se despiden unos, se dilatan los besos. El invierno ha empezado a recoger las hojas muertas de las calles mientras tu me has llenado de calidez con el abrazo entregado, generoso y fecundo.
Mi tren está a punto de partir y cierro los ojos para retenerte. Tus letras palpitan en las cuartillas que me llevo apretadas junto al pecho, latidos de letras y corazón. Volveremos a encontrarnos en cualquier lugar y en cualquier momento, porque somos uno y somos dos, cuando mi pobre imaginación vuelva a marchitarse y te busque.
El tren arranca y ambos sabemos que siempre nos quedará París para reencontrarnos.
miércoles, octubre 19, 2011
Siempre nos quedará París (III)
Ocupé prácticamente toda la noche rondando por los alrededores del Museo del Louvre. Y no lo hice animado por desvaríos nacidos en la lectura del Código da Vinci, -¡Santa Genoveva (que es patrona de París) me proteja de semejante literatura!- sino con la aviesa intención de descubrir a Belphegor, mi fantasma favorito que tanto desasosiego me causó en la infancia a través de la tele. Sólo conseguí que individuos de torva catadura me ofreciesen una gama variada de alucinógenos -y se alejaran deprisa cuando yo les ponía al corriente de mis propósitos- y que los gendarmes me detuvieran dos veces por resultarles sospechoso. Natural. Yo mismo me consideraba un sospechoso excepcional.
No es de extrañar, pues, que me encontraras dormido en un banco del Jardín de las Tullerías, entre el estanque y el Jeu de Paume. Y tengo que decirte que mi aspecto no era tan cochambroso como para que desecharas categóricamente mi invitación a desayunar en el Crillon, pues individuos mucho más sospechosos, advenedizos y tunantes que yo se alojan allí a diario.
De camino a los Campos Elíseos, aproveché para besarte furtivamente al atravesar la plaza de la Concordia, frente al Obelisco de Luxor. Entramos cogidos de la mano a un café tranquilo y con nombre de novela, "Le Madrigal", donde -además de dos cafés con leche y tres croasanes (que allí llaman croissants, porque son franceses)- devoré con ansiedad tus cuartillas recién escritas. Cada vez advertía con mayor claridad cómo aquellas frases escritas a pluma sobre el papel eran sangre circulando por las venas de la creatividad. Tus dedos habían latido en cada letra, tus manos habían palpitado con cada punto y con cada coma. Aquellas cuartillas habían nacido, eran vida entre tus manos.
Cuando levanté la vista para decirte cuánto me seducía y enamoraba tu escrito, ya habías desaparecido. Pero me habías dejado en una servilleta, frente a mi, el carmín de tus labios dibujando un beso perfecto. Al besarlo te volví a sentir muy dentro de mi.
lunes, octubre 10, 2011
Siempre nos quedará París (II)
A primera hora de la tarde el boulevard de Rochechouart hervía de actividad, con una abigarrada mezcla de olores, colores y movimientos que se desparramaba como agitada por un viento invisible.
Me senté en las escaleras del Sagrado Corazón a esperarte, como me habías pedido. Invité a tabaco y puse cara de malas pulgas para ahuyentarles a un par de retratistas obstinados en dibujar mis anodinos rasgos. Y lo conseguí. Claro que, al llegar tu con la hermosura brotando por cada poro y tu cabello al viento primaveral, advertí que los retrateros abrían ojos como platos ante la nueva y mucho más apetecible presa. De ahí que, casi sin saludarte, te tomara suavemente por el brazo y urgiese a visitar la capilla de san Ignacio de Loyola, acompañándolo del relato de la fundación de la Compañía de Jesús en aquel mismo lugar de Montmartre. Salvado el peligro, nos sentamos en la hierba bajo la inquietante presencia de una gárgola de mirada pétrea y aviesa.
Leí tus cuartillas con mezcla de devoción y delectación, seducido por aquellos personajes que sentía cómo se movían libremente a mi alrededor.
Me llevaste de la mano, yo sin dejar de leer, hasta la Place du Tertre, llena de turistas como siempre, embobados ante la exposición pública de tantísima pintura de insignes desconocidos. Te atrajo una música proveniente de una esquina de la plaza más que cualquier cromatismo esparcido en los lienzos. Era un joven ruso o ucraniano -exbolchevique en cualquier caso- muy rubio que tocaba con delicadeza la balalaika mientras su acompañante, igualmente muy rubia, le acompañaba casi imperceptiblemente al violín. Me parecieron personajes dignos de tus escritos y los bauticé inmediatamente como Yuriy y Alina. Éramos los únicos en aquel momento que les escuchábamos y nos sonrieron, así que les invitamos a un café en La Cremallera, que hablan español, y charlamos sobre Tolstoi y Chejov (eran rusos de Tversk) en una especie de dialecto esperantista tejido con varios idiomas. Cuando caminábamos por rue Pigalle y yo te decía que la música de aquellos simpáticos jóvenes bien podría ser la banda sonora de tus escritos, me dijiste que te ibas y que mañana nos veíamos. Pero... mira que me dejas tirado en pleno Pigalle, rodeado de cabaretes y señoritas de pestaña ligera dispuestas a hacerme todo tipo de proposiciones...
Atardecía por el boulevard de Clichy cuando imaginé a Toulouse-Lautrec invitándome a entrar al Moulin Rouge. Pero no hubo proposiciones ni invitaciones; solamente me paró un barrendero para pedirme lumbre.
jueves, octubre 06, 2011
Siempre nos quedará París (I)
Brilla el sol matutino frente a la casa de Victor Hugo en la Place des Vosges y, mientras espero tu llegada en los jardines, me parece ver pasear frente a mi a Alejandro Dumas del brazo de Lamartine. Seguramente acuden a desayunar con su anfitrión, pues los fantasmas de los escritores, como en vida trasnocharon tanto, madrugan y se reúnen para llenarse del sol que les falta en sus sepulcros. Fotografío la escena y, no sólo no aparecen, sino que he conseguido crear el efecto de que parte del edificio se desplace peligrosamente inclinado hacia abajo. La casa, más que un paisaje es un estado de ánimo. Tu como escritora lo sabes y por eso me has pedido que acuda allí, para sentir el roce los personajes al cruzarse con nosotros, percibir el aroma de sus sueños, la fiereza de sus pensamientos. Y ellos caminan por entre los jardines, se sientan en los viejos sillones del museo y ríen escandalosamente los comentarios de los visitantes que no son capaces de verlos. En ese instante siento las yemas de tus dedos acariciando suavemente las mías y un suspiro de alivio me recorre las venas. Los espectros se desvanecen con tu llegada porque traes en el bolso las cuartillas que has ido corrigiendo en el metro, todavía un par de líneas aparecen tachadas y vueltas a escribir.
- Esto es el cinismo, -te digo muy serio- volver a escribir lo que ya habíamos tachado.
Ríes sonoramente y te pones de puntillas para darme un beso. ¿Cómo? ¿Que ya te vas? Bueno. Te esperaré en Montmartre a que me traigas más escritos.
martes, agosto 02, 2011
Mis lapiceros
Ellos son diferentes a mis amigas las elegantes plumas, mis colaboradores bolígrafos o mis lánguidos rotuladores. Plumas, bolígrafos y rotuladores tienen la ventura de gozar de una vida más longeva, pues sus entrañas consumidas pueden sustituirse por otras nuevas. Mis lapiceros son dueños de una vida finita, van encogiéndose poco a poco con el trabajo y el tiempo. Yo mismo contribuyo con su empequeñecimiento al introducirlos en esa cámara de tortura que es el sacapuntas; me parece escuchar sus resignados lamentos cuando los afilo para que sigan dándome alegrías. Por eso utilizo muchos, pues me duele verlos menguar, a ellos, que me regalan su vida para que yo disfrute, que solamente saben darme regocijo y felicidad, aunque algunas veces se hayan humedecido con mis lágrimas.
Son mis lapiceros. Parte de mi vida.
domingo, julio 03, 2011
Creación
Cuando nos enfrentamos al desafío de una creación, para buscar la belleza debemos abandonar el refugio de las formas antiguas por la incertidumbre del presente.
Y, entonces, luchamos para que una nueva forma nazca de la materia, de la imaginación, de los sueños, para que sea revelada, aunque la materia sea tan impenetrable que no sepamos cómo ni con qué instrumentos atacarla.
jueves, mayo 05, 2011
Poetas y Filósofos
En Argentina, entre los años 1978 a 1986, se generó uno de los debates deportivos más apasionados y apasionantes que ha conocido el fútbol: Menotti ó Bilardo. Dos entrenadores que ganaron para la selección albiceleste sendos Campeonatos del Mundo. César Luis Menotti (el Flaco) ganó en Argentina 78 y Carlos Salvador Bilardo (el Narigón) lo hizo en México 86.
Tenían dos conceptos distintos y antagónicos del juego y la estrategia. En realidad tenían dos teorías y dos maneras de entender el fútbol. Mientras Menotti apostaba por la habilidad, el toque, el juego preciosista, Bilardo lo hacía por la estrategia, el cálculo, el estudio. Menotti quería ganar jugando bien. Bilardo quería ganar a cualquier precio.
Menotti es un hombre serio, incluso soso, que no genera polémicas ni anécdotas. Bilardo es un tipo divertido y locuaz que siembra anécdotas por donde pasa. Menotti habla de "la mística del sacrificio y del cosquilleo emocionante de una gambeta". De Bilardo cuentan ya que como jugador de Estudiantes de la Plata, ante un enfrentamiento con Racing de Avellaneda -que en ese momento contaba con Perfumo, un jugador extraordinariamente brillante al que nadie conseguía parar- se le ocurrió algo insólito: Consiguió el número de teléfono de Perfumo y le llamaba todos los días. Cuando era su mujer quien atendía la llamada, Bilardo colgaba. Pero cuando era Perfumo quien atendía, la conversación siempre era:
-Hola, ¿está Mary?
-No, ¿quién habla?
-Aníbal. La llamo después.
Así lo tuvo hasta el día del partido. A Bilardo le tocaba marcar a Perfumo en todos los balones parados. Y en el primer córner se le acerca y le dice:
-¿Te das cuenta? Vos acá jugando y tu esposa encamada con Aníbal.
Y Perfumo no volvió a tocar el balón en todo el partido.
Dos maneras de entender el deporte del fútbol (quién sabe si de entender algo más), ganar creando espectáculo y haciéndolo bonito, o ganar por cualquier procedimiento y utilizando cualquier estratagema (por surrealista que sea) para conseguirlo.
Al Flaco Menotti y sus seguidores les apodaron los Poetas. Al Narigón Bilardo y los suyos, los Filósofos.
Esta rivalidad por sus diferentes conceptos futbolísticos los ubicó en veredas distintas. Técnica frente a táctica. Y los indispuso personalmente en una enemistad que dura ya más de veinte años. La última vez que se vieron de cerca -ya estaban enfrentados- fue en el Mundial de fútbol de Alemania en 2006. Ambos habían acudido como comentaristas de sendas cadenas de televisión y coincidieron en el aseo de caballeros durante el descanso de un partido. Mientras se lavaba las manos a poca distancia de su colega, Menotti murmuró por lo bajo: "Con lo grande que es el mundo justo acá me vengo a encontrar con este hijop...". Algo intuyó Bilardo que gritando "¿Qué dijo éste? ¿qué dijo éste?", se le encaró y a punto estuvieron de agarrarse a las trompadas si no llegan a intervenir para separarlos lo demás usuarios del mingitorio.
Poetas y Filósofos, personas que encaran su trabajo (o su pasión, su cariño, su faena, quizá su vida) de manera diferente y opuesta para conseguir el objetivo.
martes, abril 19, 2011
El perdón y el olvido
Ciertamente el perdón supone la fractura definitiva del cristianismo con las leyes mosaicas. Del bíblico "ojo por ojo y diente por diente", pasamos al "ama a tus enemigos" de Jesucristo. Ya no sólo se trata de perdonar a tu hermano setenta veces siete, sino de amar a tu enemigo, a devolver bien por mal recibido.
Es francamente difícil amar a quien te ha agraviado. Pero los cristianos decimos varias veces al día "perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden". Pedimos perdón al Dios misericordioso por nuestros agravios, sabiendo que nos perdonará si nosotros hemos perdonado también al enemigo que nos ultrajó. Jesucristo nos pide casi un imposible.
La condición humana es, por naturaleza, agresiva y violenta ante la afrenta física o moral. Y no sólo hay que perdonar esa afrenta, poner la otra mejilla y, de ribete, amar a quien la hizo. Casi un imposible. Claro que si hay una sola persona que es capaz de hacerlo, la Humanidad habrá contemplado un ejemplo de que puede hacerse.
Bien. ¿Y el olvido? ¿Se puede olvidar una afrenta gravísima aunque haya sido perdonada? ¿Pueden olvidar los millones de víctimas del holocausto judío o del genocidio camboyano las atrocidades recibidas? Sinceramente, si no se quiere que hechos semejantes vuelvan a repetirse, no.
No olvidar tras haber perdonado, puede ser algo parecido a una coraza que nos proteja de agresiones similares en el futuro.
Me viene a la memoria el poema de José Martí:
"Cultivo una rosa blanca
en junio como en enero
para el amigo sincero
que me da su mano franca.
Y para el cruel que me arranca
el corazón con que vivo,
cardo ni ortiga cultivo;
cultivo la rosa blanca".
Recordar lo pasado sin odio, ni rencor. Transformar la amargura y el dolor en amor. Es difícil, muy difícil.


