Todo el mundo sabe que Manuel Filiberto de Saboya-Aosta, duque de Aosta y Apulia e hijo de Amadeo I, fue príncipe de Asturias durante dos años.Pero lo que no saben algunos es que en su matrimonio con la princesa Elena de Francia reinaba la felicidad porque uno no se metía en la vida del otro. Lo que hoy llamaríamos una "pareja abierta". Ninguno de ellos se consideraba obligado a la fidelidad conyugal siempre que las cosas se "hiciesen" con discreción y estilo.Cierta noche en un lujoso hotel de Livorno el ex príncipe de Asturias, que se encontraba en una habitación con excelente compañía, escuchó a través de la pared de la estancia contigua unos quejiditos femeninos harto familiares. Picado por la curiosidad llamó por teléfono al portero preguntando quién se hospedaba en la estancia de al lado. El empleado, pensando que se trataba de una pregunta de mero trámite, respondió que su ocupante era la duquesa de Aosta.A la mañana siguiente Manolo (así le llamaban en casa) muy galante, envió a su mujer un ramo de rosas con el siguiente billete: "Espero que hayas pasado una buena noche, cariño".
domingo, febrero 22, 2009
lunes, febrero 16, 2009
Después
En mis manos se ha agitado un personaje desnudo y lo he procurado vestir de alma. ¿Mi alma propia o la que he creado para este personaje? No, no soy yo. Me puse mis máscaras ideales para engañar al público, para cautivarlo, conmoverlo. Me he desprendido de mi mismo para ser otro. He intentado que la palabra fuese la voz del amor, de los huesos y de la sangre. Palabra que teje la vida: Pasión, soledad, dulzura, muerte... Aunque, al final, cuando haya descendido el telón, todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia.
Vuelvo a ser yo. Un hombre, simplemente.
Vuelvo a ser yo. Un hombre, simplemente.
lunes, febrero 09, 2009
Antes
Tengo miedo. Tengo miedo a la lluvia, y a esos pájaros de nubes que avanzan lentamente grises. Y al silencio que viene conmigo a todas partes. Tengo miedo a la palabra olvido.
Me asomo a ese océano inevitable para dejar mis palabras desnudas, sin velos, en el aire, sintiéndome como un viajero que llega a una estación donde no le espera nadie.
Tengo miedo a pensar que una palabra, un gesto, la efímera existencia de una mirada no correspondida pueda romper la figura azul del mar.
Pero sube el telón y dejo de ser yo.
jueves, enero 29, 2009
Horas extras
El actor austriaco Franz Johan llegó a España en 1942 formando parte de la compañía de teatro Los Vieneses, que había fundado y dirigía Artur Kaps. La compañía estaba especializada en revistas y operetas, y contaba también con la marionetista Hertha Frankel, que se hizo muy famosa en la televisión española de los años 50 y 60 con su "perrita" Marilyn.
Dada la permanencia de éxitos de Los Vieneses en Barcelona, Franz Johan compró un hotelito cerca del Tibidabo.
Por exigencias de la profesión estuvo durante bastante tiempo fuera de Barcelona y fuera de España, y cuando volvió se creyó en el caso de hacer algunas obras de reparación y de embellecimiento en el hotelito, para lo cual mandó llamar a unos albañiles. Eran dos auténticos especialistas en eso de dejar hechos unos brazos de mar los hoteles ("torres", que dicen en Barcelona).
Tan bien hacían el trabajo y tanto mejoraba de día en día, que Franz Johan se creyó en la obligación de felicitarlos.
-Muy bien. Admirable. Lo hacen extraordinariamente bien.
Y se creyó también obligado a agradecerles de alguna manera su rapidez y su eficiencia, por lo que añadió:
-Ahí van estas entradas para que vayan esta noche a ver nuestro espectáculo. Estoy seguro de que pasarán un buen rato.
Los dos obreros se fueron tan contentos a ver a Los Vieneses, y salieron encantados.
Al día siguiente terminaron su trabajo en el hotelito de Franz Johan, y éste les pidió la factura. ¡Por poco cae al suelo desmayado! No era que hubieran cargado la mano al escribir los números y aquello fuese demasiado caro. Para lo bien y rápidamente que lo terminaron, le parecía hasta barato. Pero su estupefacción se debía a una causa bien distinta: Los dos obreros, después de consignar el gasto de materiales y la mano de obra... ¡Le habían puesto dos horas y media extraordinarias -y con el consiguiente recargo del trabajo nocturno- por el tiempo que ambos invirtieron en asistir a la representación de Los Vieneses a la que habían sido invitados por Franz Johan! Y eso que no había crisis...
Ilustración: Representación de Campanas de Viena en el Teatro Cómico de Barcelona.
Autor: Alcayna.
Dada la permanencia de éxitos de Los Vieneses en Barcelona, Franz Johan compró un hotelito cerca del Tibidabo.
Por exigencias de la profesión estuvo durante bastante tiempo fuera de Barcelona y fuera de España, y cuando volvió se creyó en el caso de hacer algunas obras de reparación y de embellecimiento en el hotelito, para lo cual mandó llamar a unos albañiles. Eran dos auténticos especialistas en eso de dejar hechos unos brazos de mar los hoteles ("torres", que dicen en Barcelona).
Tan bien hacían el trabajo y tanto mejoraba de día en día, que Franz Johan se creyó en la obligación de felicitarlos.
-Muy bien. Admirable. Lo hacen extraordinariamente bien.
Y se creyó también obligado a agradecerles de alguna manera su rapidez y su eficiencia, por lo que añadió:
-Ahí van estas entradas para que vayan esta noche a ver nuestro espectáculo. Estoy seguro de que pasarán un buen rato.
Los dos obreros se fueron tan contentos a ver a Los Vieneses, y salieron encantados.
Al día siguiente terminaron su trabajo en el hotelito de Franz Johan, y éste les pidió la factura. ¡Por poco cae al suelo desmayado! No era que hubieran cargado la mano al escribir los números y aquello fuese demasiado caro. Para lo bien y rápidamente que lo terminaron, le parecía hasta barato. Pero su estupefacción se debía a una causa bien distinta: Los dos obreros, después de consignar el gasto de materiales y la mano de obra... ¡Le habían puesto dos horas y media extraordinarias -y con el consiguiente recargo del trabajo nocturno- por el tiempo que ambos invirtieron en asistir a la representación de Los Vieneses a la que habían sido invitados por Franz Johan! Y eso que no había crisis...
Ilustración: Representación de Campanas de Viena en el Teatro Cómico de Barcelona.
Autor: Alcayna.
lunes, enero 19, 2009
Piel conquistada
Jugaba a poner el pie en el círculo blanco del destino, como si pretendiera exorcizar todas las magias.
-Me he vestido desnuda con tu piel, mi amigo.
La tormenta parpadeaba en la noche brillante de sus ojos.
Nada ni nadie pudo destruir el silencio. Desapareció en un sorbo de sus labios.
-Me he vestido desnuda con tu piel, mi amigo.
Le había conquistado.
Nada ni nadie pudo destruir el silencio. Desapareció en un sorbo de sus labios.
-Me he vestido desnuda con tu piel, mi amigo.
Le había conquistado.
domingo, enero 11, 2009
Recuerdos de niebla
Casi siempre lo que tendemos a atribuir de manera confiada a la memoria -ese hecho, esa escena prendida con alfileres que hemos rescatado del olvido- no es más que una narración que se desarrolla en nuestra mente y que, con mucha frecuencia, se transforma al ser contada. Hay un eterno conflicto de intereses emocionales que se orquestan para que la vida llegue a ser alguna vez plenamente aceptable, y suele ser misión del narrador que las cosas se ajusten a este fin. La niebla del recuerdo es densa y el narrador se aviene a disiparla con sus palabras. El pasado y la memoria están envueltos en la niebla. El narrador distorsiona lo que fue real. Cuando hablamos del pasado mentimos.
Aunque las cicatrices nos recuerdan que aquello que vivimos fue real.
Aunque las cicatrices nos recuerdan que aquello que vivimos fue real.
martes, diciembre 16, 2008
Aplausos a una mano
Se estrena un drama en el Teatro Español de Madrid. Ha terminado el segundo acto entre frenéticos aplausos y el público, en pasillos y vestíbulo, comenta el éxito de la obra. Alguien dice:
-A Valle-Inclán, que no es fácil de convencer, le encanta la obra. Pocas veces he oído de sus labios elogios tan sinceros y calurosos.
-Pues yo -replica otro individuo del grupo- tengo mi butaca al pie de su palco y no le he visto aplaudir ni una sola vez.
En esto, el propio don Ramón, que se acercaba y había escuchado el breve diálogo, preguntó al que había hablado últimamente:
-¿Quería usted que me pusiera a darme palmadas en la frente con la mano que me queda?
(Para Mer, que tiene una mano averiada y no aplaude, pero nos regala su sonrisa luminosa)
jueves, diciembre 11, 2008
Palabras Desnudas
Han venido a verme las palabras, muchas, quizá todas. Las he desnudado y descubrí un lento perfume de luz en su piel, un contacto líquido de tinta y de papel.
Las he desnudado porque quería su voz, pero estaban mudas. He querido recordar en ellas los pasos que tantas veces hemos caminado juntos sobre el papel, pero quedaron quietas, mirando el recuerdo de una luz, un perfume, una tinta, una piel. Caminamos sobre el papel hacia nosotros mismos pero envueltos en otra piel.
Las palabras están desnudas.
"En las palabras vive lo que vivió ayer,
pero nunca lo mismo tiene segunda vez".
Las he desnudado porque quería su voz, pero estaban mudas. He querido recordar en ellas los pasos que tantas veces hemos caminado juntos sobre el papel, pero quedaron quietas, mirando el recuerdo de una luz, un perfume, una tinta, una piel. Caminamos sobre el papel hacia nosotros mismos pero envueltos en otra piel.
Las palabras están desnudas.
"En las palabras vive lo que vivió ayer,
pero nunca lo mismo tiene segunda vez".
lunes, diciembre 08, 2008
Duelo de miradas
Los ojos se posan en otros ojos, un fragmento de tiempo que puede resultar fugaz y perdurable. Es un juego. Los adversarios se miran con mayor o menor intensidad sabiendo que la próxima vez el momento sea más extenso quizá. Timidez, audacia, seguridad o desdén según el ánimo, o la intención. Sigue siendo un juego.
Miramos tantas veces y no vemos y vemos tantas veces sin mirarnos, que el juego de mirarse a los ojos está a punto de perderse en miradas vacías. Sin rozar lo interior el ojo sueña, roza, palpa, desvaría impreciso hasta congregarse entre sombras como si de una luz inmadura se tratase.
Pero el juego vuelve. Se mantienen firmes las miradas, no es posible el parpadeo, y un latido hondo y dulce golpea suavemente, como llamando a una puerta invisible. Los ojos fijos. Es un juego.
Y como en todo juego que se precie, siempre son los niños —cuanto más pequeños, más diestros— los que resultan invencibles en un duelo de miradas. ¿Será por su inocencia, por su seriedad?
Miramos tantas veces y no vemos y vemos tantas veces sin mirarnos, que el juego de mirarse a los ojos está a punto de perderse en miradas vacías. Sin rozar lo interior el ojo sueña, roza, palpa, desvaría impreciso hasta congregarse entre sombras como si de una luz inmadura se tratase.
Pero el juego vuelve. Se mantienen firmes las miradas, no es posible el parpadeo, y un latido hondo y dulce golpea suavemente, como llamando a una puerta invisible. Los ojos fijos. Es un juego.
Y como en todo juego que se precie, siempre son los niños —cuanto más pequeños, más diestros— los que resultan invencibles en un duelo de miradas. ¿Será por su inocencia, por su seriedad?
viernes, noviembre 28, 2008
Muñoz Seca, humor hasta el final
Pedro Muñoz Seca no daba paz a su pluma. No bien había echado el telón a una comedia empezaba con otra, acuciado por la continua demanda de títulos que le hacían todas las empresas teatrales de Madrid, y por mantener a sus nueve hijos.
Un día le preguntó un señor:
―Oiga, don Pedro, ¿no cree que usted podría haber llegado a ser universalmente famoso de haberse dedicado a otro género teatral distinto del que cultiva?
Muñoz Seca adivinó lo que podría haber detrás de la pregunta y le contestó sin inmutarse:
―Acaso no le falte razón. Yo también lo he pensado muchas veces desde que llevo escribiendo teatro. Pero si cultivo este género es por una razón muy poderosa: Yo siempre he dicho y pensado que prefiero que el día de mañana mis nueve hijos se paseen en coche alrededor de todas las plazas del mundo, que no tengan que pasearse a pie y sin dinero alrededor de mi estatua.
El autor de La venganza de don Mendo, era propietario, fruto de los esfuerzos y fertilidad de su pluma, de una casa en Madrid que tenía arrendada. Tenía varias plantas y los vecinos le solicitaron que instalara un ascensor para comodidad de todos. Él se puso a estudiar el asunto e inició el proyecto. Comoquiera que en ese lapso de tiempo tuvo lugar el advenimiento de la República, uno de los vecinos colocó un cartelito en el portal del edificio dirigido al dueño, de conocida tendencia monárquica que rezaba: “Una, dos, tres, ¡Fuera el Rey!”. Al día siguiente podía leerse bajo la esquela lo siguiente: “Una, dos, tres y cuatro, ¡Hay ascensor para rato!”.
Fue Muñoz Seca autor de fertilísimo ingenio, de copiosa inventiva, de personalidad inconfundible hasta ser creador de una manera y un estilo que abriría la puerta posteriormente a los más jóvenes autores del teatro del absurdo como Jardiel Poncela y Mihura.
Al estallar la Guerra civil, fue detenido en Barcelona, donde se estrenaba La tonta del rizo, acusado de tener ideas monárquicas y trasladado a Madrid, a la recién creada Cárcel para hombres, número 2 ―establecida en el colegio de los Escolapios de san Antón. Un día les dijo a sus carceleros: “Me podéis quitar todo, la familia, la libertad, mis bienes. Pero, ¿sabéis lo que no podréis quitarme jamás? El miedo, este miedo horrible que tengo”.
El 28 de noviembre de 1936 fue sacado de la cárcel, como otros miles de prisioneros, y fusilado sin juicio alguno. Antes de ser ejecutado se dirigió a sus verdugos diciéndoles: “Me temo que ustedes no tienen intención de incluirme en su círculo de amistades”.
A Pedro Muñoz Seca le asesinó la barbarie. Porque la barbarie no sabe reírse. Ni entiende de cultura. Ni lee un solo libro. "Y odia tanto, que no tiene tiempo para pensar".
jueves, noviembre 27, 2008
Cuerpo de mujer
—¿Hay acaso algo más absorbente en este mundo que un cuerpo femenino? Algunos hombres prefieren aventurarse en regiones remotas e ignoradas de la Tierra para explorar desiertos pedregosos e inhóspitos, o florestas silentes, o cavernas abruptas. Para otros, el mayor misterio es un cuerpo de mujer. Cada centímetro, cada lunar, cada pliegue, cada brizna de piel.
—Eso podría interpretarse como un ejercicio de culto al cuerpo. ¿La mujer pensará de igual manera respecto al hombre? ¿Creen hombre y mujer del mismo modo?
—Eso podría interpretarse como un ejercicio de culto al cuerpo. ¿La mujer pensará de igual manera respecto al hombre? ¿Creen hombre y mujer del mismo modo?
—Claro. Toda relación sexual es un ejercicio de culto al cuerpo.
—¿No es como una ceremonia religiosa con su ritual propio y cuya culminación es un acto donde cada uno absorbe la sustancia del otro?
domingo, noviembre 16, 2008
Poéticas mentiras
Desoye tu corazón, actor, y prepárate. Vas a mentir. Tus mentiras guardan secretos sutiles de color y de forma, están manipuladas, metódicamente estudiadas. Lo has estado ensayando, recuerda, la práctica debe siempre preceder a la perfección. Las mentiras que de ti emanen vienen de otras mentiras creadas. ¿Qué interés tiene hablar de la dependienta de la panadería si no es para crear una mentira a su alrededor? ¿O del administrativo de la oficina si no es para inventarle una nueva vida absolutamente falsa?
La realidad de la vida nada tiene de mentira, sólo el artista, el creador, puede mentir de una manera irresponsablemente hermosa. La realidad es vulgar, la mentira es arte y placer. Como dijo Platón: "la poesía y la mentira son artes que no dejan de tener relaciones mutuas".
Recrea las mentiras, actor, que la Vida querrá entrar después en este círculo encantado.
La realidad de la vida nada tiene de mentira, sólo el artista, el creador, puede mentir de una manera irresponsablemente hermosa. La realidad es vulgar, la mentira es arte y placer. Como dijo Platón: "la poesía y la mentira son artes que no dejan de tener relaciones mutuas".
Recrea las mentiras, actor, que la Vida querrá entrar después en este círculo encantado.
viernes, noviembre 07, 2008
Supersticiones y trolas
Es bien sabido que el color amarillo está considerado de muy mal agüero en el ambiente teatral. Y abundan entre la gente del teatro las supersticiones: No se pueden dar vuelta
a las sillas, ni sentarse a la mesa del apuntador, ni silbar, ni siquiera hacer calceta durante los ensayos.
Pero la más extendida es la de evitar el color amarillo en los decorados, en los vestidos, en los carteles, en los programas...
Esta superstición tiene su origen en que era amarilla la bata que vestía Molière el 17 de febrero de 1673, durante la cuarta representación de El enfermo imaginario, en la que el glorioso autor-actor halló la muerte.
Pero como hay tenaces y agudos investigadores que lo investigan todo y descubren muchas cosas, han descubierto hace años que la bata que vestía Molière el día de su muerte no era de color amarillo.
Pero la más extendida es la de evitar el color amarillo en los decorados, en los vestidos, en los carteles, en los programas...
Esta superstición tiene su origen en que era amarilla la bata que vestía Molière el 17 de febrero de 1673, durante la cuarta representación de El enfermo imaginario, en la que el glorioso autor-actor halló la muerte.
Pero como hay tenaces y agudos investigadores que lo investigan todo y descubren muchas cosas, han descubierto hace años que la bata que vestía Molière el día de su muerte no era de color amarillo.
Jean Baptiste Poquelin, nombre real de Molière, se había caracterizado siempre por escribir sátiras contra los convencionalismos sociales y terminó siendo víctima de ellos pues, pese a que solicitó auxilio religioso antes de morir, le fue negado; dos sacerdotes rechazaron darle asistencia espiritual. El Ritual de París, promulgado en 1654, prohibía dar auxilio religioso a rameras, cómicos, usureros y brujos (Como si todos ellos tuvieran algo en común, ¿no?). A estas "gentes" les fue prohibido "recibir la comunión durante sus vidas y sepultura cristiana después de sus muertes".
Molière se quedó sin santos óleos y casi se queda sin tumba a no ser por la intervención del rey Luis XIV, mecenas y padrino de uno de los hijos del cómico, que consiguió que éste fuera enterrado en el cementerio parisino de San José, aunque de noche y sin pompa alguna. El argumento que el rey expuso al arzobispo de París para que el actor descansase en sagrado no tenía desperdicio: Le dijo que si los entierros cristianos se hacían a metro y medio de profundidad, autorizase a inhumar a Moliére un poco más abajo, porque allí la tierra sería menos sagrada.
Moliére fue trasladado en el siglo XIX al recién inaugurado cementerio de Père Lachaise, una de las necrópolis más bellas y selectas del mundo. Y si el visitante poco avisado cree que va a encontrar el famosísimo epitafio que todos quienes no han pisado el cementerio afirman con rotundidad que figura en su panteón, dará más vueltas que una peonza. La célebre frase "Aquí yace Molière, el rey de los actores. En estos momentos hace de muerto y de verdad que lo hace muy bien", no existe.
Molière se quedó sin santos óleos y casi se queda sin tumba a no ser por la intervención del rey Luis XIV, mecenas y padrino de uno de los hijos del cómico, que consiguió que éste fuera enterrado en el cementerio parisino de San José, aunque de noche y sin pompa alguna. El argumento que el rey expuso al arzobispo de París para que el actor descansase en sagrado no tenía desperdicio: Le dijo que si los entierros cristianos se hacían a metro y medio de profundidad, autorizase a inhumar a Moliére un poco más abajo, porque allí la tierra sería menos sagrada.
Moliére fue trasladado en el siglo XIX al recién inaugurado cementerio de Père Lachaise, una de las necrópolis más bellas y selectas del mundo. Y si el visitante poco avisado cree que va a encontrar el famosísimo epitafio que todos quienes no han pisado el cementerio afirman con rotundidad que figura en su panteón, dará más vueltas que una peonza. La célebre frase "Aquí yace Molière, el rey de los actores. En estos momentos hace de muerto y de verdad que lo hace muy bien", no existe.
Y de una trola con superstición a otra trola sin ella, pues ya que hablamos de epitafios y cementerios, me viene a las mientes el curioso epitafio que dicen que hay escrito en la lápida de la tumba de Groucho Marx: "Perdone que no me levante". ¡Falso como la promesa de un concejal! 
Las cenizas de Julius Henry Marx, Groucho, están depositadas en un columbario del cementerio Eden Memorial Park de Los Ángeles, donde sólo están grabados su nombre artístico, las fechas de nacimiento y defunción, y la estrella de David por su origen judío.
Las cenizas de Julius Henry Marx, Groucho, están depositadas en un columbario del cementerio Eden Memorial Park de Los Ángeles, donde sólo están grabados su nombre artístico, las fechas de nacimiento y defunción, y la estrella de David por su origen judío.
Si no existieran supersticiones en el teatro, ¿quién les quita ahora a todos los cómicos -y cómicas- que han pisado los escenarios durante estos trescientos treinta y cinco años que todas las desgracias que les han ocurrido no se han debido a pura casualidad, a malquerencias de los enemigos, a propia torpeza o escasez de méritos, sino al color amarillo?
lunes, noviembre 03, 2008
viernes, octubre 17, 2008
Reescribiendo
A cualquier actor se le ha pasado por las mientes en algún momento reescribir el texto que le ha tocado en suerte. Y algunos lo hacen con cierta naturalidad. "Que el autor se ha muerto y no va a venir a quejarse", solía replicar un buen compañero (y, sin embargo, amigo) cuando le apuntábamos que había alterado alguna parte de su texto.
Los hay que, incluso, añaden "morcillas", esas frases de la propia cosecha e inventiva que ni están, ni han estado nunca en la mente del autor, pero que cómicos con cierto prestigio y muchas tablas las cuelan en sus textos para mayor lucimiento o comicidad.
En ocasiones se plantea el dilema de la fidelidad a los textos originales y casi nunca se llega a un acuerdo; todavía menos en un país como el nuestro en el que el individualismo está tan enraizado y el desconocimiento tan extendido. Todos nos creemos capaces de reescribir textos ajenos para adaptarlos a nuestro antojo o nuestro acento. Si reescribimos nuestra propia Historia en función de intereses personales (disfrazados de intereses políticos o sociales, de tal modo que la Memoria Histórica, ni tiene memoria, ni es histórica...), ¿cómo que no vamos a poder reescribir las palabras de un andoba que las puso en papel en el siglo XVII? Faltaría más.
Ya que los anteriores artículos hablaban del Don Juan Tenorio de Zorrilla, terminemos aquí la "trilogía", con una anécdota sobre la curiosa alteración de los textos.
En el acto del convento, la Abadesa de las calatravas de Sevilla pregunta al iracundo Comendador:
Mas hete aquí que un actor importantísimo le dio por ser fiel al texto de la obra, se obstinó en no traicionar al glorioso Zorrilla y a la pregunta de la Abadesa, respondió:
Pero en la segunda representación de la obra se llevó una desagradable sorpresa. La actriz Abadesa que, como todos los cómicos de la época, algo entendía de métrica poética, le preguntó:
Los hay que, incluso, añaden "morcillas", esas frases de la propia cosecha e inventiva que ni están, ni han estado nunca en la mente del autor, pero que cómicos con cierto prestigio y muchas tablas las cuelan en sus textos para mayor lucimiento o comicidad.
En ocasiones se plantea el dilema de la fidelidad a los textos originales y casi nunca se llega a un acuerdo; todavía menos en un país como el nuestro en el que el individualismo está tan enraizado y el desconocimiento tan extendido. Todos nos creemos capaces de reescribir textos ajenos para adaptarlos a nuestro antojo o nuestro acento. Si reescribimos nuestra propia Historia en función de intereses personales (disfrazados de intereses políticos o sociales, de tal modo que la Memoria Histórica, ni tiene memoria, ni es histórica...), ¿cómo que no vamos a poder reescribir las palabras de un andoba que las puso en papel en el siglo XVII? Faltaría más.
Ya que los anteriores artículos hablaban del Don Juan Tenorio de Zorrilla, terminemos aquí la "trilogía", con una anécdota sobre la curiosa alteración de los textos.
En el acto del convento, la Abadesa de las calatravas de Sevilla pregunta al iracundo Comendador:
ABADESA.- ¿Dónde vais, Comendador?responde el Comendador. Pero... a algunas actrices encargadas de interpretar el personaje de la Abadesa, no les hacía ninguna gracia que las llamaran "imbéciles", así de balde. Y, caramba, no parecía correcto tal epíteto en boca de un comendador y, además, dirigido a una monja. Se establecía el debate sobre si los comendadores podrían utilizar sin sonrojo un lenguaje tabernario o si la palabreja era uno de tantos ripios que tiene la obra. Ganó lo políticamente correcto y se hizo costumbre sustituir "imbécil" por "señora". Se respetaba la métrica del verso, la actriz Abadesa no era insultada y el Comendador quedaba como persona fina y educada.
DON GONZALO.- ¡Imbécil, tras de mi honor
que os roban a vos de aquí!
Mas hete aquí que un actor importantísimo le dio por ser fiel al texto de la obra, se obstinó en no traicionar al glorioso Zorrilla y a la pregunta de la Abadesa, respondió:
DON GONZALO.- ¡Imbécil, tras de mi honor
que os roban a vos de aquí!
Pero en la segunda representación de la obra se llevó una desagradable sorpresa. La actriz Abadesa que, como todos los cómicos de la época, algo entendía de métrica poética, le preguntó:
ABADESA.-¿Dónde vais, Comendador
imbécil?
Y el Comendador se vio obligado a responder:DON GONZALO.-¡Tras de mi honor
que os roban a vos de aquí!
sábado, septiembre 27, 2008
Más sordera
Pero, hablando de sorderas, dice el saber popular que no hay peor sordo que el que no quiere oír. Y en teatro no querer oír puede resultar muy malo, pero no querer hablar puede ser ya pavoroso. Porque, siguiendo con la primera escena del Tenorio, algo muy grave debió sucederle al actor que interpretaba el papel de Butarelli (posiblemente una diferencia económica con el empresario) que le indignó. Y urdió con paciencia su fría venganza.
Se levantó el telón y empezó la acción...
DON DIEGO.- ¿La hostería del Laurel?
BUTARELLI.- ¡En la acera de enfrente!
El "hostelero" cerró bruscamente la puerta y dio con ella en las narices a todo quisque, pues hubo de suspenderse la función en medio de un barullo escandaloso y colosal.
Sorderas, enmudecimientos y mala uva...
Se levantó el telón y empezó la acción...
DON DIEGO.- ¿La hostería del Laurel?
BUTARELLI.- ¡En la acera de enfrente!
El "hostelero" cerró bruscamente la puerta y dio con ella en las narices a todo quisque, pues hubo de suspenderse la función en medio de un barullo escandaloso y colosal.
Sorderas, enmudecimientos y mala uva...
viernes, septiembre 05, 2008
Sordera
Muchas veces creo que estoy en un país de sordos. Demasiadas personas hablan sin escuchar lo que les dicen los demás, aferradas a sus palabras, inmersas en un inacabable soliloquio. No atienden las palabras de su interlocutor pensando en lo que van a decir ellas mismas. Realmente no es que no escuchen, sino que ni siquiera oyen otras palabras que no sean las propias.
Compruebo con desánimo que bastantes actores se suman a esta práctica voluntariamente sorderil. No escuchan la otra parte del diálogo porque están preocupados, exclusivamente, por su papel. En algún caso puede atribuirse a la inexperiencia e incluso al temor de interrumpir el texto del interlocutor (pisarle una frase a un actor vanidoso puede suponer que en el primer mutis el petulante se lance a masticarle la nuez al bisoño por privarle de un brillante final de frase con su impericia). Pero en demasiadas ocasiones se advierte una pobre arrogancia, como si el actor considerase que el único papel importante es el suyo. Aunque esto, sospecho que no se da sólo en el teatro.
Lo realmente divertido sobreviene cuando al actor no se le da el "pie" adecuado, entonces -para no quedarse como un pasmado- hay que echar mano del oficio.
Don Juan Tenorio comienza en la hostería del Laurel, en la que, durante las primeras siete breves escenas, don Juan escribe una carta, el hostelero y el criado Ciutti hablan de sus cosas, llega un embozado y después otro. Este segundo embozado que se llama don Diego, al entrar pregunta:
DON DIEGO: ¿La hostería del Laurel?
BUTARELLI: En ella estáis, caballero.
DON DIEGO: ¿Está en casa el hostelero?
BUTARELLI: Estáis hablando con él.
El embozado se acomoda, llegan después dos señoritos sevillanos. Y se desencadena la acción de la trama.
Pues bien. Sin que se sepa por qué, el actor que interpreta al hostelero Butarelli, cuando concluye su diálogo con el primer embozado, don Gonzalo, en vez de quedarse en escena limpiando y trajinando, como indica la acotación de la obra, hace mutis, se marcha. En ese momento entra en escena el segundo embozado, y pregunta:
DON DIEGO: ¿La hostería del Laurel?
Perplejo, advierte que en la hostería sólo se encuentra un embozado sentado a una mesa. No sabe qué hacer. Es imposible que el actor encargado del papel de Butarelli le responda por la sencilla razón de que no está. Breve y angustioso silencio. Pero surge la genial improvisación del primer embozado:
DON GONZALO: En ella estáis, caballero.
Ni está en casa el hostelero
ni estáis hablando con él.
A veces, en el teatro y en la vida nos toca improvisar frente a la sordera.
Compruebo con desánimo que bastantes actores se suman a esta práctica voluntariamente sorderil. No escuchan la otra parte del diálogo porque están preocupados, exclusivamente, por su papel. En algún caso puede atribuirse a la inexperiencia e incluso al temor de interrumpir el texto del interlocutor (pisarle una frase a un actor vanidoso puede suponer que en el primer mutis el petulante se lance a masticarle la nuez al bisoño por privarle de un brillante final de frase con su impericia). Pero en demasiadas ocasiones se advierte una pobre arrogancia, como si el actor considerase que el único papel importante es el suyo. Aunque esto, sospecho que no se da sólo en el teatro.
Lo realmente divertido sobreviene cuando al actor no se le da el "pie" adecuado, entonces -para no quedarse como un pasmado- hay que echar mano del oficio.
Don Juan Tenorio comienza en la hostería del Laurel, en la que, durante las primeras siete breves escenas, don Juan escribe una carta, el hostelero y el criado Ciutti hablan de sus cosas, llega un embozado y después otro. Este segundo embozado que se llama don Diego, al entrar pregunta:
DON DIEGO: ¿La hostería del Laurel?
BUTARELLI: En ella estáis, caballero.
DON DIEGO: ¿Está en casa el hostelero?
BUTARELLI: Estáis hablando con él.
El embozado se acomoda, llegan después dos señoritos sevillanos. Y se desencadena la acción de la trama.
Pues bien. Sin que se sepa por qué, el actor que interpreta al hostelero Butarelli, cuando concluye su diálogo con el primer embozado, don Gonzalo, en vez de quedarse en escena limpiando y trajinando, como indica la acotación de la obra, hace mutis, se marcha. En ese momento entra en escena el segundo embozado, y pregunta:
DON DIEGO: ¿La hostería del Laurel?
Perplejo, advierte que en la hostería sólo se encuentra un embozado sentado a una mesa. No sabe qué hacer. Es imposible que el actor encargado del papel de Butarelli le responda por la sencilla razón de que no está. Breve y angustioso silencio. Pero surge la genial improvisación del primer embozado:
DON GONZALO: En ella estáis, caballero.
Ni está en casa el hostelero
ni estáis hablando con él.
A veces, en el teatro y en la vida nos toca improvisar frente a la sordera.
miércoles, julio 30, 2008
Siempre se puede tener razón
Dos amigos, actores de profesión, salen de presenciar el fracasado estreno de una obra teatral en Madrid. Uno de los cómicos defiende al denostado autor y dice:
-El público se ha ensañado sin razón. Es un autor de talento.
-No digas tonterías -replica el compañero-. ¡Ni siquiera sabe escribir en castellano!
-¿Y eso qué importa? -arguye el defensor- ¡Tampoco Shakespeare escribía en castellano y era un gran autor!
miércoles, julio 23, 2008
Tus ojos *
Tus ojos nacieron del mar profundo,
como Venus, envueltos
en la espuma de la belleza intacta.
Tus ojos refulgieron al cruzarse
con los míos y me cegaron
en un destello de sentidos.
Hablan con lágrimas cada vez
que han de volverse
para perder los míos,
y aprietan los párpados
al sentir la caricia de mi cuerpo en el tuyo.
Investigan ávidos el momento
de mi llegada, y sonríen con la timidez
de quien ama por vez primera.
Tus ojos son la llama que aviva mi mirada,
la musa sonriente que mueve
mi mano sobre el papel en blanco.
Ellos ríen y sienten,
sienten y aman,
aman y viven,
viven en mi para que yo viva.
* Para Bárbara con amor
como Venus, envueltos
en la espuma de la belleza intacta.
Tus ojos refulgieron al cruzarse
con los míos y me cegaron
en un destello de sentidos.
Hablan con lágrimas cada vez
que han de volverse
para perder los míos,
y aprietan los párpados
al sentir la caricia de mi cuerpo en el tuyo.
Investigan ávidos el momento
de mi llegada, y sonríen con la timidez
de quien ama por vez primera.
Tus ojos son la llama que aviva mi mirada,
la musa sonriente que mueve
mi mano sobre el papel en blanco.
Ellos ríen y sienten,
sienten y aman,
aman y viven,
viven en mi para que yo viva.
* Para Bárbara con amor
sábado, julio 19, 2008
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