martes, febrero 19, 2013

Esa pierna es mía

Hace muy poco me enteré de que la pierna que aparece en el cartel de la película El graduado no es de la protagonista, Anne Bancroft, sino de una modelo llamada Linda Gray. Lo ha relatado la propia Gray, quien es actriz muy conocida a raíz de interpretar en televisión a Sue Ellen, la esposa del pérfido y malvado J. R. de la serie Dallas. La Bancroft tenía problemas de agenda el día de la sesión fotográfica y se recurrió a una joven modelo que andaba por el estudio, la antedicha Linda Gray, quien prestó su pantorrilla para la posteridad del séptimo arte suplantando la de la inefable señora Robinson.
Cuando leí la noticia recordé inmediatamente la pierna enfundándose una media de seda negra y a un Dustin Hoffman con aire de soplagaitas que la miraba de lejos. Y recordé la banda sonora de Simon y Garfunkel. Y, más o menos, la trama general de la película, pero poco más.
No sé si a los mitómanos enamorados platónicamente de Anne Bancroft les habrá sentado a cuerno quemado la revelación, que los mitómanos son proclives a enojarse por cualquier nadería. La pantorrilla es bonita, torneada, y resulta sugerente, ¿qué más da que no sea propiedad de la protagonista de la película? Además, todo es producto de la ficción, desde la película hasta la pierna.
Cuando vamos al cine o al teatro pagamos una entrada para que nos mientan, queremos que nos cuenten trolas porque nos distraen de las verdades que nos rodean en la realidad. Queremos que nos engañen.
Siendo muy joven, junto con otros compañeros actores, gustaba de ponerme en la primera fila de butacas para tener más cerca a los protagonistas y estudiarlos. Un amigo y maestro se colocaba siempre en la fila seis o la siete. "¿No vienes con nosotros?" -le preguntamos. "Me gusta que me engañen" -respondió con una sonrisa y se fue a su butaca de la fila seis. Fue una estupenda lección.
La mentira, el relato de cosas bellas y falsas, es el fin mismo de la creación artística. Da igual de quién sea la pierna, aunque sea mía.

martes, febrero 05, 2013

Nervios de estreno

  Se estrenaba en Valladolid el drama El bufón del rey, de Diego San José y Enrique Reoyo. La entrada en escena de Francisco I, el rey al que se refiere el título de la obra, tenía lugar en el salón del trono, reunida toda la corte con gran solemnidad.
  La llegada de su majestad era anunciada por una joven actriz que representaba el papel de un paje. Estaba en los comienzos de su carrera y por esa razón estudió y ensayó cuidadosamente su texto, que consistía en dos únicas palabras con las que remataba una quintilla, pues la obra era en verso. Las palabras eran "el rey".
Nerviosa, durante los días que duraron los ensayos, la bella muchacha repetía constantemente: el rey, el rey, el rey... Si decía bien aquellas dos palabras, quizás en otra obra le dieran un papel más largo.
  Llegó la noche del estreno, los autores presenciaban la representación entre bastidores. La joven actriz, disfrazada de paje, entró desde el foro gritando con solemnidad, con entusiasmo, a plena voz: "¡¡EL SEIS!!".
  Reoyo le dijo al oído al pasmado San José:
            Mala centella le parta.
            ¿Te has fijado? Esa mocosa
            por pensar en otra cosa
           se ha equivocado de carta.
  Y es que los nervios en un estreno pueden jugarte muy malas pasadas.

jueves, enero 31, 2013

Popular y desconocida

Cualquier aficionado a la pinturas de Francisco de Goya la habrá visto multitud de veces en el retrato de la familia de Carlos IV. Y, quizá, haya averiguado que su nombre era María Josefa Carmela de Borbón, aunque para la mayoría no sea más que el espantajo goyesco que aparece en un rincón del cuadro.
Felipe V de España murió sin conocer nieto varón. El monarca, que había cambiado nuestras antiguas leyes sucesorias -que admitía que las princesas accediesen al trono- por la ley Sálica de importación francesa (y norma sacrosanta de los Borbones) que excluía a las hembras de la sucesión a la Corona. Y casi fue mejor para él pues un año después de su muerte nació en Nápoles el primero de sus nietos varones, que resultó imbécil.
Luis I y Fernando VI, vástagos del primer matrimonio del fundador de la casa de Borbón en España, no tuvieron hijos, así pues la sucesión recaería un día en el tercer hijo varón superviviente, el infante don Carlos, primogénito de la Farnesio.
Carlos se casó con María Amalia de Sajonia, que verdaderamente parecía una porcelana a punto de romperse, y empezaron a engendrar a destajo. Pero sólo nacían niñas que fallecían con asombrosa celeridad. De las siete que nacieron solamente dos llegaron a la mayoría de edad, María Luisa y María Josefa Carmela. Luego llegaría don Felipe (excluido de la sucesión por su condición de deficiente mental), y el que sería futuro Carlos IV, que sólo era medio tonto, y cuatro chicos más.
Volviendo a quien nos ocupa, María Josefa Carmela -Pepa a secas para los íntimos- no tuvo belleza, ni simpatía, ni inteligencia, ni sentido del humor, ni ambición. Fue un cero a la izquierda difícil de imaginar. El padre Coloma nos deja de ella un retrato físico rayano en la crueldad:
"A los veintinueve años, su ridícula figura, pequeña, fea y contrahecha, había hecho imposible encontrarla un marido que la igualase en rango. Escudada tras su fealdad, la infanta Josefa vivió y murió soltera, sin que amigos ni enemigos turbaran la paz de su insignificancia".
Y su cuñada la reina Maria Luisa, esposa de Carlos IV escribía a su favorito Manuel Godoy:
"La tía Pepa no es suave ni temporizadora, sino un agraz".
Motivos no tenía la infanta para ser unas castañuelas.
Carlos III, sentado ya en el trono de Madrid, había tenido el valor de intentar casarla nada menos que con Luis XV, viudo de la polaca María Leczinska, que no quiso ni oír hablar del asunto. Poco después se pensó unirla con su tío el infante don Luis (hermano menor del propio CarlosIII), pero tampoco llegó a producirse el enlace, pues si bien el infante ya se había resignado, doña Pepa mudó de opinión temerosa de que una comentada enfermedad venérea que había padecido don Luis pudiera perjudicarla. Muy escrupulosa, se negó en redondo a compartir el tálamo del afamado crápula.
Hasta su muerte, en 1801, vivió Pepa en el palacio real con su hermano el rey Carlos IV. Y Goya la incluyó en el retrato de familia. Y ahí la hemos visto, asomando su faz de bruja (más afeada si cabe por un enorme lunar postizo, que cubriría una mancha facial, según la moda de la época) por detrás del hombro de su sobrino, el futuro Fernando VII, velada la deformidad de su figura por las sombras. El personaje más esperpéntico de una pintura sublime.

miércoles, julio 25, 2012

¿Pintar la desesperación?

No ha mucho tiempo que platicaba con Turulato sobre algo que nos preocupaba a ambos. "¿Cómo se pinta en un cuadro la desesperación?" -me decía a propósito de la actitud de un personaje que vive enfrente de su casa. El hombre en cuestión acostumbra a ser presa de comportamientos que podrían ser tildados de estrafalarios  si no fuera porque llevan a cuestas una grandísima carga de amargura. ¿Cómo describir la amargura? Ninguno de los dos sabíamos cómo hacerlo. Angustias, desesperanzas, aflicciones nos rodean y, aunque sepamos adivinarlas, observarlas o percibirlas no somos capaces de escribirlas, y describirlas.
Seguramente sólo puede hacerlo quien alcance un grado de indiferencia que permita observar sin la distracción de los sentimientos. Pero, ¿cómo no sentir?

miércoles, julio 11, 2012

Gesto silencioso

Ella le tendió la mano, bella y suave. El la tomó entre las suyas; y sus dedos volvieron a encontrarse, se interrogaron, y acabaron por unirse, entrecruzados, en ese gesto con que el amor se ofrece con más seguridad que con un beso, como si las manos de dos seres se juntaran para una misma plegaria. En silencio.

jueves, junio 28, 2012

El Lenguaje del Abanico

  Los abanicos se han vuelto a poner de moda. Aunque quizá esté demodèe su lenguaje o, simplemente, se desconozca al tener más utilizable el teléfono celular con su Guasap, su Feisbuq y demás aplicaciones para el artilugio en cuestión. No obstante, el lenguaje del abanico me parece deliciosamente decadente y lo transcribo a continuación.

1. Abanicarse rápidamente. Te amo con intensidad.
2. Abanicarse lentamente. Abanicarse de forma pausada, significa soy una señora casada y me eres indiferente. También si se abre y cierra muy despacio significa esto.
3. Cerrar despacio. Este cierre significa un "Sí". Si se abre y cierra rápidamente significa, "Cuidado, estoy comprometida".
4. Cerrar rápido. Cerrarlo de forma rápida y airada significa un "No".
5. Caer el abanico. Dejar caer el abanico significa: te pertenezco.
6. Levantar los cabellos. Si levanta los cabellos o se mueve el flequillo con el abanico significa que piensa en ti, que no te olvida.
7. Contar varillas. Si cuenta las varillas del abanico o pasa los dedos por ellas quiere decir que quiere hablar con nosotros.
8. Cubrirse del sol. Significa que eres feo, que no le gustas.
9. Apoyarlo sobre la mejilla. Si es sobre la mejilla derecha significa "Si". Sobre la mejilla izquierda es "No".
10. Prestar el abanico. Si presta el abanico a su acompañante, malos presagios. Si se lo da a su madre, quiere decir "Te despido, se acabó".
11. Dar un golpe. Un golpe con el abanico sobre un objeto, significa impaciencia.
12. Sujetar con las dos manos. Si sujeta el abanico abierto con las dos manos, significa "es mejor que me olvides".
14. Cubrirse los ojos. Con el abanico abierto, significa "Te quiero". Si se cubre el rostro puede significar "Cuidado, nos vigilan.
15. Pasarlo por los ojos. Si se pasa el abanico por los ojos significa, "Lo siento". Si cierra el abanico tocándose los ojos quiere decir, "Cuando te puedo ver".
16. Abrir el abanico y mostrarlo. Significa, "Puedes esperarme".
17. Cubrirse la cara. Cubrirse la cara con el abanico abierto, significa: "Sígueme cuando me vaya".
18. A medio abrir. Apoyar el abanico a medio abrir sobre los labios quiere decir "Puede besarme".
19. Apoyar los labios. Si apoya los labios sobre el abanico o sus padrones, significa desconfianza, "No me fío".
20. Pasarlo por la mejilla. Significa, "Soy casada".
21. Deslizarlo sobre los ojos. Significa: "Vete, por favor".
22. Mano izquierda. Llevarlo en la mano izquierda quiere decir: "Deseo conocerte". Moverlo con la mano izquierda significa: "Nos observan".
23. Mano derecha. Llevarlo o moverlo con la mano derecha, significa: "Amo a otro".
24. Pasarlo de una mano a otra. Significa, "Estás flirteando con otra" o "Eres un atrevido".
25. Girarlo con la mano derecha. Significa: "No me gustas".
26. Tocar la palma de la mano. Quiere decir: "Estoy pensando si te quiero".
27. Sobre el corazón. Apoyar el abanico abierto sobre el corazón o el pecho, quiere decir: "Te amo" o "Sufro por tu amor".
28. Darse en la mano izquierda. Darse un golpe con el abanico cerrado en la mano izquierda significa "Ámame".
29. Mirar dibujos. Mirar los dibujos del abanico, quiere decir: "Me gustas mucho".
30. Bajarlo a la altura del pecho. Significa: "Podemos ser amigos". También dejarlo colgado, quiere decir "Seremos amigos".
31. Cerrarlo sobre la mano izquierda. Quiere decir: "Me casaré contigo".
32. "Saldré". Ponerse en el balcón con el abanico abierto o salir al balcón abanicándose. También entrar en el salón abanicándose.
33. "No saldré". Dejarse el abanico cerrado en el balcón, salir al balcón con el abanico cerrado, o entrar en el salón con el abanico cerrado.
34. Arrojar el abanico. Quiere decir: "Te odio". o "Adiós, se acabó".
35. Presentarlo cerrado. Significa: "¿Me quieres?".
36. Sobre la oreja. La izquierda, "Déjame en paz no quiero saber nada de ti". La derecha, "No reveles nuestro secreto".
37. Contar o abrir cierto número de varillas. La hora para quedar en una cita, en función del número de varillas abiertas o "tocadas".

lunes, junio 18, 2012

Teorema de Pitágoras

Ella escribía poemas en clase de matemáticas, quizá porque no le encontraba la magia al teorema de Pitágoras. Me preguntaba si ansiaba recorrer los lugares incompletos del alma, jugar y creer en lo cierto y en lo exacto. ¿Qué decían aquellas palabras? No lo sé. Nunca me permitió leer sus poemas.

jueves, abril 12, 2012

El sustanciero

Quizás la historia se repita a si misma, ya que en tiempos de penuria y necesidades los hechos tienen la guasa de volver desde aquellas épocas pasadas y olvidadas. Tal como están las cosas no sería extraordinario que volviera a aparecer en nuestras calles la figura del "sustanciero". Era éste un personaje que provisto de un hueso de jamón iba por las casas introduciéndolo en los pucheros para darles sabor. El precio solía ser de peseta por cuarto de hora. Claro que si el susodicho hueso estaba ya gastado y chuchurrido, el importe del servicio sería menor.
Y es que a buen hambre no hay pan duro. Contaba la maravillosa actriz Aurora Redondo que durante la guerra civil, pasando muchísima gazuza, llegó un paquete a su casa enviado por unos parientes desde Argentina. Poca cosa, dos o tres fruslerías y una lata. Se llenaron de alegría porque en tal lata había unos polvos como de cacao (¡menudo lujo en aquellos momentos!) y se prepararon un chocolate estupendo. Al cabo de unos días llegó una carta de los parientes argentinos en la que les preguntaban si habían llegado bien las cenizas del tío Florentino, fallecido e incinerado recientemente. Las cenizas -obvio- descansaban en la lata que se habían zampado con enorme regocijo.
Los alimentos con sustancia son exquisitos, dónde va a parar.

miércoles, febrero 01, 2012

El gafe

Todo el mundo sabe que Cayetano de Borbón Dos Sicilias, conde de Girgenti, casó con la infanta Isabel (alias la Chata), primogénita de Isabel II de España.

Pero lo que quizá no sepa todo el mundo es que el desventurado Cayetano pasaba por ser uno de los mayores gafes de Europa.

Cuando nació en Caserta, el 12 de enero de 1846, se desprendió una cornisa de aquel soberbio palacio real napolitano. El día de su bautizo, un cirio de la capilla estuvo a punto de provocar un incendio pavoroso. En su primera comunión se atragantó el niño con el Pan de los Ángeles. Ya en el exilio, al ser filiado en el ejército austríaco, su caballo se rompió una pata. Como remate, Isabel II dispuso que su hija mayor se casase con el gafe un día 13. No resulta extraño que unos meses después perdiese el trono.

Me permito hacer aquí un breve inciso sobre la Chata, la considerada infanta castiza por excelencia. Circuló y aun hay quien así lo cree la leyenda que la presentaba como una mujer asequible y bonachona, amiga de las gentes del pueblo, pero su propia hermana menor Eulalia la acusaba de rigorista, ordenancista y simuladora. Decían testigos imparciales que en sus incursiones a los lugares donde los madrileños celebraban verbenas y romerías, y a las plazas de toros, doña Isabel de Borbón iba provista de fuertes perfumes "para mitigar los hedores de la plebe" decía. De regreso a sus habitaciones reclamaba urgentemente el baño. El "¡uf!" de la infanta tras una de sus incursiones de propaganda dinástica llegó a convertirse en proverbial entre sus allegados.

Pero volvamos al gafe, aunque el abajo firmante (reconocido supersticioso) tema que se le descuajeringue la computadora en cualquier momento por mor de mencionar a uno de estos seres tan cenizos, funestos y malasombras.

Isabel II, obligada poco antes por el gobierno liberal, había tenido que estampar su firma en un decreto que reconocía la causa de la unidad italiana liderada por los Saboya, y que suponía el destronamiento de los Borbones de las Dos Sicilias. Seguramente por mala conciencia auspició la boda de su hija de diecisiete años con un príncipe de la recién exiliada familia, sin más fortuna que su honra, al que la novia ni conocía. De más está decir que los Borbones de Nápoles se apresuraron a facturarle al gafe. El 13 de mayo de 1868, a las diez de la noche, Isabel y Cayetano se casaron en la capilla del palacio real.

La verdad era que Cayetano era tan apuesto, tan bondadoso y decente que parecía una bendición de Dios. Bueno, sí que era huraño; y susceptible. Pero en su caso, ¿cómo no iba a serlo?

Cuatro días antes de la boda, la reina creó a su yerno infante de España y, el mismo día del casamiento, coronel de húsares. Aunque a Cayetano no le dio tiempo apenas de participar en la vida de la corte; todavía estaba de viaje de novios con Isabel cuando estalló la revolución de septiembre e Isabel II salió zumbando hacia Francia.

Cayetano tuvo el honroso detalle de penetrar en España y, enfundado en su flamante uniforme militar, se batió como un jabato en la batalla de Alcolea, donde le oyeron gritar, sin asomo de pitorreo: "¡Viva mi suegra!".

Tras el fracaso de la acción partió hacia el exilio y se instaló con su mujer en un hotel de la ciudad suiza de Lucerna. Su aspecto se había tornado demacrado y descubrió que se encontraba muy enfermo, víctima de frecuentes ataques epilépticos. Desesperado y convencido de su mal fario, se descerrajó un balazo en la sien, dejando a Isabel viuda a los diecinueve años.

En julio de 1871, cuatro meses antes de suicidarse, el infante había formalizado ante notario un testamento en una de cuyas cláusulas expresaba: "Ruego a Su Majestad la Reina Isabel acepte conservar, en recuerdo de mi adhesión, el sable que empuñé en la batalla de Alcolea".

Cuando Isabel II recibió el legado, quedó espantada. "¡Apartadlo de mi vista, no vaya a sucederme una desgracia!", ordenó. Escondieron el sable en lo más profundo de un armario y, tras la Restauración, lo enviaron a la real armería del Palacio de Oriente.

Al día siguiente el museo ardió.

jueves, enero 26, 2012

Siempre nos quedará París (y IV)

Aquí estoy, como me indicaste, bajo el reloj de la Concergerie, el más antiguo de París según dicen. Y funciona. El reloj, digo. ¿Hay alguna leyenda de este reloj? Me fascinan las leyendas sobre relojes, tu sabes, como la que cuentan del de Güigüe en Venezuela, que afirma que quien repare su maquinaria fenecerá al momento. Confío que éste bajo el que me hallo no me caiga en la cabeza o me lance un rayo aniquilador al marcar una hora concreta.

Mala suerte para el reloj porque tu llegas como por ensalmo, me tomas de la mano y me encaminas hacia la Sainte Chapelle. Estás risueña, con el sol de París acariciando tu cabello que oscurece con su brillo el resplandor del Sena. Seguro que las cuartillas que me traes escritas vuelven a ser maravillosas.

Entramos despacio en la capilla baja mientras unos pocos turistas recorren la nave vacía deteniéndose en cada pilastra para fotografiar la imagen del apóstol de turno. La suave música que se escucha de fondo queda amortiguada por los rumores y bisbiseos de los visitantes dando un aire levemente misterioso al espacio. Me guías entre los Apóstoles para señalarme con mirada cómplice los cestillos grabados en honor de la reina doña Blanca.

Tiras con suavidad de mi mano mientras subimos la escalera de caracol hasta la capilla alta como un niño al que le llena la impaciencia de ver algo que desea. El resplandor del sol de la mañana filtrándose por las magníficas vidrieras me deslumbra; tal parece que se guiara por la curiosidad en distinguir cada uno de los rincones escrutados ahora por el grupo de extraños que intentan imaginar a reyes y cortesanos moviéndose en el recinto sagrado de antaño. El sol es el mismo hace tres siglos. ¿O también ha cambiado? Tu mirada responde, sin querer, mi pregunta: Es el mismo, pero mira de otra manera. La existencia continúa su camino lento, colmada de gente aplastada por la vida cotidiana, siempre idéntica a sí misma. Solo la piedra permanece inmutable, hasta que se desmorona.

Me miras con perversa ingenuidad y volvemos al mundo real, el que transita gris por las aceras de las calles, que se vuelve extrañado al escuchar una risa, o un murmullo alegre.

Nos sentamos en la terraza de un pequeño café cercano a St. Germain des Près y leo las cuartillas que -sin que yo lo advirtiera- has ido escribiendo durante el camino. Me sonríes porque sabes que la obra está conclusa. Me sonríes porque sabes que te necesito porque te quiero. Y tu sonrisa es una larga caricia que me recorre poco a poco, demorándose, viviendo.

En la estación de Austerlitz se mueven los viajeros, se despiden unos, se dilatan los besos. El invierno ha empezado a recoger las hojas muertas de las calles mientras tu me has llenado de calidez con el abrazo entregado, generoso y fecundo.

Mi tren está a punto de partir y cierro los ojos para retenerte. Tus letras palpitan en las cuartillas que me llevo apretadas junto al pecho, latidos de letras y corazón. Volveremos a encontrarnos en cualquier lugar y en cualquier momento, porque somos uno y somos dos, cuando mi pobre imaginación vuelva a marchitarse y te busque.

El tren arranca y ambos sabemos que siempre nos quedará París para reencontrarnos.

miércoles, octubre 19, 2011

Siempre nos quedará París (III)




Ocupé prácticamente toda la noche rondando por los alrededores del Museo del Louvre. Y no lo hice animado por desvaríos nacidos en la lectura del Código da Vinci, -¡Santa Genoveva (que es patrona de París) me proteja de semejante literatura!- sino con la aviesa intención de descubrir a Belphegor, mi fantasma favorito que tanto desasosiego me causó en la infancia a través de la tele. Sólo conseguí que individuos de torva catadura me ofreciesen una gama variada de alucinógenos -y se alejaran deprisa cuando yo les ponía al corriente de mis propósitos- y que los gendarmes me detuvieran dos veces por resultarles sospechoso. Natural. Yo mismo me consideraba un sospechoso excepcional.
No es de extrañar, pues, que me encontraras dormido en un banco del Jardín de las Tullerías, entre el estanque y el Jeu de Paume. Y tengo que decirte que mi aspecto no era tan cochambroso como para que desecharas categóricamente mi invitación a desayunar en el Crillon, pues individuos mucho más sospechosos, advenedizos y tunantes que yo se alojan allí a diario.

De camino a los Campos Elíseos, aproveché para besarte furtivamente al atravesar la plaza de la Concordia, frente al Obelisco de Luxor. Entramos cogidos de la mano a un café tranquilo y con nombre de novela, "Le Madrigal", donde -además de dos cafés con leche y tres croasanes (que allí llaman croissants, porque son franceses)- devoré con ansiedad tus cuartillas recién escritas. Cada vez advertía con mayor claridad cómo aquellas frases escritas a pluma sobre el papel eran sangre circulando por las venas de la creatividad. Tus dedos habían latido en cada letra, tus manos habían palpitado con cada punto y con cada coma. Aquellas cuartillas habían nacido, eran vida entre tus manos.
Cuando levanté la vista para decirte cuánto me seducía y enamoraba tu escrito, ya habías desaparecido. Pero me habías dejado en una servilleta, frente a mi, el carmín de tus labios dibujando un beso perfecto. Al besarlo te volví a sentir muy dentro de mi.

lunes, octubre 10, 2011

Siempre nos quedará París (II)



A primera hora de la tarde el boulevard de Rochechouart hervía de actividad, con una abigarrada mezcla de olores, colores y movimientos que se desparramaba como agitada por un viento invisible.
Me senté en las escaleras del Sagrado Corazón a esperarte, como me habías pedido. Invité a tabaco y puse cara de malas pulgas para ahuyentarles a un par de retratistas obstinados en dibujar mis anodinos rasgos. Y lo conseguí. Claro que, al llegar tu con la hermosura brotando por cada poro y tu cabello al viento primaveral, advertí que los retrateros abrían ojos como platos ante la nueva y mucho más apetecible presa. De ahí que, casi sin saludarte, te tomara suavemente por el brazo y urgiese a visitar la capilla de san Ignacio de Loyola, acompañándolo del relato de la fundación de la Compañía de Jesús en aquel mismo lugar de Montmartre. Salvado el peligro, nos sentamos en la hierba bajo la inquietante presencia de una gárgola de mirada pétrea y aviesa.
Leí tus cuartillas con mezcla de devoción y delectación, seducido por aquellos personajes que sentía cómo se movían libremente a mi alrededor.

Me llevaste de la mano, yo sin dejar de leer, hasta la Place du Tertre, llena de turistas como siempre, embobados ante la exposición pública de tantísima pintura de insignes desconocidos. Te atrajo una música proveniente de una esquina de la plaza más que cualquier cromatismo esparcido en los lienzos. Era un joven ruso o ucraniano -exbolchevique en cualquier caso- muy rubio que tocaba con delicadeza la balalaika mientras su acompañante, igualmente muy rubia, le acompañaba casi imperceptiblemente al violín. Me parecieron personajes dignos de tus escritos y los bauticé inmediatamente como Yuriy y Alina. Éramos los únicos en aquel momento que les escuchábamos y nos sonrieron, así que les invitamos a un café en La Cremallera, que hablan español, y charlamos sobre Tolstoi y Chejov (eran rusos de Tversk) en una especie de dialecto esperantista tejido con varios idiomas. Cuando caminábamos por rue Pigalle y yo te decía que la música de aquellos simpáticos jóvenes bien podría ser la banda sonora de tus escritos, me dijiste que te ibas y que mañana nos veíamos. Pero... mira que me dejas tirado en pleno Pigalle, rodeado de cabaretes y señoritas de pestaña ligera dispuestas a hacerme todo tipo de proposiciones...
Atardecía por el boulevard de Clichy cuando imaginé a Toulouse-Lautrec invitándome a entrar al Moulin Rouge. Pero no hubo proposiciones ni invitaciones; solamente me paró un barrendero para pedirme lumbre.

jueves, octubre 06, 2011

Siempre nos quedará París (I)


Brilla el sol matutino frente a la casa de Victor Hugo en la Place des Vosges y, mientras espero tu llegada en los jardines, me parece ver pasear frente a mi a Alejandro Dumas del brazo de Lamartine. Seguramente acuden a desayunar con su anfitrión, pues los fantasmas de los escritores, como en vida trasnocharon tanto, madrugan y se reúnen para llenarse del sol que les falta en sus sepulcros. Fotografío la escena y, no sólo no aparecen, sino que he conseguido crear el efecto de que parte del edificio se desplace peligrosamente inclinado hacia abajo. La casa, más que un paisaje es un estado de ánimo. Tu como escritora lo sabes y por eso me has pedido que acuda allí, para sentir el roce los personajes al cruzarse con nosotros, percibir el aroma de sus sueños, la fiereza de sus pensamientos. Y ellos caminan por entre los jardines, se sientan en los viejos sillones del museo y ríen escandalosamente los comentarios de los visitantes que no son capaces de verlos. En ese instante siento las yemas de tus dedos acariciando suavemente las mías y un suspiro de alivio me recorre las venas. Los espectros se desvanecen con tu llegada porque traes en el bolso las cuartillas que has ido corrigiendo en el metro, todavía un par de líneas aparecen tachadas y vueltas a escribir.

- Esto es el cinismo, -te digo muy serio- volver a escribir lo que ya habíamos tachado.
Ríes sonoramente y te pones de puntillas para darme un beso. ¿Cómo? ¿Que ya te vas? Bueno. Te esperaré en Montmartre a que me traigas más escritos.

martes, agosto 02, 2011

Mis lapiceros

Mis lapiceros y yo formamos una gran y entusiasta familia. Siempre estamos dispuestos a compartir unas letras, unas frases y hasta unos capítulos si hace falta. Ellos me esperan con interés y anhelo para colocarse entre mis dedos cuando hasta éstos llega la inspiración de mi destartalada cabeza. Entonces se afanan presurosos en deslizarse por el papel, acariciando letras y palabras. Son pacientes cuando me demoro en requerirlos, y ligeros cuando les apremio con la urgencia siempre exagerada -y aun innecesaria- de mis escritos.
Ellos son diferentes a mis amigas las elegantes plumas, mis colaboradores bolígrafos o mis lánguidos rotuladores. Plumas, bolígrafos y rotuladores tienen la ventura de gozar de una vida más longeva, pues sus entrañas consumidas pueden sustituirse por otras nuevas. Mis lapiceros son dueños de una vida finita, van encogiéndose poco a poco con el trabajo y el tiempo. Yo mismo contribuyo con su empequeñecimiento al introducirlos en esa cámara de tortura que es el sacapuntas; me parece escuchar sus resignados lamentos cuando los afilo para que sigan dándome alegrías. Por eso utilizo muchos, pues me duele verlos menguar, a ellos, que me regalan su vida para que yo disfrute, que solamente saben darme regocijo y felicidad, aunque algunas veces se hayan humedecido con mis lágrimas.
Son mis lapiceros. Parte de mi vida.

domingo, julio 03, 2011

Creación

Cuando nos enfrentamos al desafío de una creación, para buscar la belleza debemos abandonar el refugio de las formas antiguas por la incertidumbre del presente.

Y, entonces, luchamos para que una nueva forma nazca de la materia, de la imaginación, de los sueños, para que sea revelada, aunque la materia sea tan impenetrable que no sepamos cómo ni con qué instrumentos atacarla.

jueves, mayo 05, 2011

Poetas y Filósofos

El título de este artículo llama a engaño, pues no voy a escribir sobre lírica ni filosofía. Me apetece escribir de fútbol. Y de fútbol argentino, además.
En Argentina, entre los años 1978 a 1986, se generó uno de los debates deportivos más apasionados y apasionantes que ha conocido el fútbol: Menotti ó Bilardo. Dos entrenadores que ganaron para la selección albiceleste sendos Campeonatos del Mundo. César Luis Menotti (el Flaco) ganó en Argentina 78 y Carlos Salvador Bilardo (el Narigón) lo hizo en México 86.
Tenían dos conceptos distintos y antagónicos del juego y la estrategia. En realidad tenían dos teorías y dos maneras de entender el fútbol. Mientras Menotti apostaba por la habilidad, el toque, el juego preciosista, Bilardo lo hacía por la estrategia, el cálculo, el estudio. Menotti quería ganar jugando bien. Bilardo quería ganar a cualquier precio.
Menotti es un hombre serio, incluso soso, que no genera polémicas ni anécdotas. Bilardo es un tipo divertido y locuaz que siembra anécdotas por donde pasa. Menotti habla de "la mística del sacrificio y del cosquilleo emocionante de una gambeta". De Bilardo cuentan ya que como jugador de Estudiantes de la Plata, ante un enfrentamiento con Racing de Avellaneda -que en ese momento contaba con Perfumo, un jugador extraordinariamente brillante al que nadie conseguía parar- se le ocurrió algo insólito: Consiguió el número de teléfono de Perfumo y le llamaba todos los días. Cuando era su mujer quien atendía la llamada, Bilardo colgaba. Pero cuando era Perfumo quien atendía, la conversación siempre era:
-Hola, ¿está Mary?
-No, ¿quién habla?
-Aníbal. La llamo después.
Así lo tuvo hasta el día del partido. A Bilardo le tocaba marcar a Perfumo en todos los balones parados. Y en el primer córner se le acerca y le dice:
-¿Te das cuenta? Vos acá jugando y tu esposa encamada con Aníbal.
Y Perfumo no volvió a tocar el balón en todo el partido.
Dos maneras de entender el deporte del fútbol (quién sabe si de entender algo más), ganar creando espectáculo y haciéndolo bonito, o ganar por cualquier procedimiento y utilizando cualquier estratagema (por surrealista que sea) para conseguirlo.
Al Flaco Menotti y sus seguidores les apodaron los Poetas. Al Narigón Bilardo y los suyos, los Filósofos.
Esta rivalidad por sus diferentes conceptos futbolísticos los ubicó en veredas distintas. Técnica frente a táctica. Y los indispuso personalmente en una enemistad que dura ya más de veinte años. La última vez que se vieron de cerca -ya estaban enfrentados- fue en el Mundial de fútbol de Alemania en 2006. Ambos habían acudido como comentaristas de sendas cadenas de televisión y coincidieron en el aseo de caballeros durante el descanso de un partido. Mientras se lavaba las manos a poca distancia de su colega, Menotti murmuró por lo bajo: "Con lo grande que es el mundo justo acá me vengo a encontrar con este hijop...". Algo intuyó Bilardo que gritando "¿Qué dijo éste? ¿qué dijo éste?", se le encaró y a punto estuvieron de agarrarse a las trompadas si no llegan a intervenir para separarlos lo demás usuarios del mingitorio.
Poetas y Filósofos, personas que encaran su trabajo (o su pasión, su cariño, su faena, quizá su vida) de manera diferente y opuesta para conseguir el objetivo.

martes, abril 19, 2011

El perdón y el olvido

Perdono pero no olvido. Habremos escuchado -y seguramente dicho- en bastantes ocasiones esta frase. Y, casi a continuación, nos hemos preguntado si el perdón debe llevar aparejado el olvido para ser completo, o si el olvido lleva implícito el perdón. Cada quien habrá llegado a su propia conclusión, y decidido qué hacer con su perdón o su olvido. Cuentan del rey Ciro, hombre magnánimo y alma grande, que tras ser vencido por los atenienses, se le olvidaba que debía vengar aquella derrota. Hasta el punto que un esclavo le debía decir todos los días: "Recuerda a los atenienses".
Ciertamente el perdón supone la fractura definitiva del cristianismo con las leyes mosaicas. Del bíblico "ojo por ojo y diente por diente", pasamos al "ama a tus enemigos" de Jesucristo. Ya no sólo se trata de perdonar a tu hermano setenta veces siete, sino de amar a tu enemigo, a devolver bien por mal recibido.
Es francamente difícil amar a quien te ha agraviado. Pero los cristianos decimos varias veces al día "perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden". Pedimos perdón al Dios misericordioso por nuestros agravios, sabiendo que nos perdonará si nosotros hemos perdonado también al enemigo que nos ultrajó. Jesucristo nos pide casi un imposible.
La condición humana es, por naturaleza, agresiva y violenta ante la afrenta física o moral. Y no sólo hay que perdonar esa afrenta, poner la otra mejilla y, de ribete, amar a quien la hizo. Casi un imposible. Claro que si hay una sola persona que es capaz de hacerlo, la Humanidad habrá contemplado un ejemplo de que puede hacerse.
Bien. ¿Y el olvido? ¿Se puede olvidar una afrenta gravísima aunque haya sido perdonada? ¿Pueden olvidar los millones de víctimas del holocausto judío o del genocidio camboyano las atrocidades recibidas? Sinceramente, si no se quiere que hechos semejantes vuelvan a repetirse, no.
No olvidar tras haber perdonado, puede ser algo parecido a una coraza que nos proteja de agresiones similares en el futuro.
Me viene a la memoria el poema de José Martí:
"Cultivo una rosa blanca
en junio como en enero
para el amigo sincero
que me da su mano franca.
Y para el cruel que me arranca
el corazón con que vivo,
cardo ni ortiga cultivo;
cultivo la rosa blanca".
Recordar lo pasado sin odio, ni rencor. Transformar la amargura y el dolor en amor. Es difícil, muy difícil.

martes, marzo 29, 2011

Los expertos

Aluden a ellos con frecuencia en los medios de comunicación, en las más variadas tertulias y en las conversaciones de andar por casa. Ahora -con las calamidades que nos rodean- se han vuelto imprescindibles en el lenguaje cotidiano. Son los expertos. Da igual el asunto que se trate, aparece el socorrido "dicen los expertos", " los expertos aseguran", "estiman los expertos"... Pero, ¿quiénes son los expertos? Reconozco que no me ofrecen garantía alguna el criterio y el parecer de alguien etéreo de quien desconozco su instrucción y su competencia sobre el tema que me quieren explicar. Me resultan abstractos estos personajes.
Quisiera saber quién es el experto, cómo se llama, qué hace, a qué dedica el tiempo libre y en qué lugar se enamoró de su ilustración. Y, sobre todo, qué experiencia tiene sobre la materia para merecer la condición de tal.
Hay latiguillos similares en las expresiones "como dijo el poeta", ¿qué poeta? Porque poetas hay a manta. "Como dijo el otro", ¿quién es el otro? Quevedo en Los Sueños nos lo aclara transparente:
"Yo soy -dijo- un hombre muy viejo, a quien levantan mil testimonios y achacan mil mentiras. Yo soy el Otro; y me conocerás, pues no hay cosa que no la diga el Otro. Y luego, en no sabiendo cómo dar razón de sí, dicen: Cómo dijo el Otro... Yo no he dicho nada, ni despego la boca. Y quiero, por amor de Dios, que vayas al otro mundo y digas cómo has visto al Otro en blanco, y que no tiene nada escrito y que no dice nada, ni lo ha de decir ni lo ha dicho, y que desmiente desde aquí a cuantos le citan y achacan lo que no saben, pues soy el autor de los idiotas y el texto de los ignorantes".
Los incorpóreos y abstractos expertos vienen a ser similia similibus del personaje quevedesco, alguien a quien se alude cuando no se tiene idea de lo que se argumenta. Y los medios de comunicación en lugar de investigar con el tipo que sabe del negocio, se dejan acariciar por la vagancia y endosan a los "expertos" la responsabilidad de sus opiniones.

lunes, enero 24, 2011

El duelista en calzoncillos

Que la gente de la farándula suele ser "rara" lo sabe todo el mundo. Y que se anima con demasiada vehemencia a levantar tormentas en vasos de agua, también. A finales del siglo XIX en Bilbao un estreno teatral no gustó al público, lo que incomodó sobremanera al autor. Éste, para disimular su fracaso o desahogar su iracundia, designó como culpable al responsable de la partitura. Y hacia él que se fue imprecándole de manera grosera e insolente.
El episodio se tradujo en concertación de hora, lugar y envío recíproco de padrinos. Pero, una vez en su casa y buscando la indumentaria apropiada para una ocasión tan solemne como suele ser lavar el honor a tiros, el arrebatado literato reparó en que su armario no contenía calzoncillos o camisetas que no estuvieran descosidos o cien veces remendados por mor de sus penurias económicas. Ya sabemos que tan importante -si no más- es el atuendo interior como el exterior.
Aterrado ante la posibilidad de ser visto en semejante tesitura, mandó recado a todos sus allegados para que le hiciesen llegar alguna muda en condiciones. Tal fue la diligencia de sus amigos que a media tarde la casa del duelista parecía una mercería.
Al alba, en un pinar de las Arenas se encontraron los contendientes pero, casi antes de que los padrinos hicieran las advertencias de rigor, apareció la Guardia Civil que puso fin al lance antes de que se iniciara.
Hubo algunos que opinaron que fue el propio autor quien dio chivatazo a la Benemérita, aunque con el barullo de la petición de calzoncillos bien podría haberse enterado todo Bilbao de lo que iba a acontecer.
Se ignora qué fue de aquella ingente remesa de ropa interior, aunque conociendo a la gente del teatro, lo más probable fuera que el autor la empeñase. Eso sí, con el honor a salvo.

martes, diciembre 28, 2010

Regalo de Navidad

Mabana nos regala un delicioso artículo que les recomiendo encarecidamente leer. ¡Qué fuerza puede llegar a tener una sonrisa! Capaz de abatir el más resistente muro y doblegar la aspereza más obstinada. Les gustará. Es un lindo regalo de Navidad.