viernes, febrero 28, 2014

El reloj de arena



Jorge Luis Borges. El reloj de arena. El Hacedor. 1960

domingo, febrero 23, 2014

¡Qué país, Miquelarena!

Todo el mundo sabe que la expresión "¡Qué país, Miquelarena!" se hizo muy popular en la España de la posguerra e, incluso, ha pervivido hasta nuestros días. Lo que quizá muchos no sepan son el origen y el autor de dicha frase. 
Jacinto Miquelarena fue un periodista y escritor nacido en Bilbao en 1891 que fundó el primer diario deportivo del que se tiene noticia en España, el Excelsior. También contribuyó a componer el Cara el sol juntó a otros literatos falangistas en el café Lyon, de la madrileña calle de Alcalá. Fue colaborador de  El Pueblo Vasco, el Sol y, desde 1930, del diario ABC. Primer director de Radio Nacional de España en 1937, fue corresponsal de la agencia EFE y de los diarios Clarín, de Argentina, y ABC en París hasta su fallecimiento en la capital de Francia en 1962, donde se arrojó al paso del metro angustiado por la aparición de un cáncer y el acoso del director de ABC, Luis Calvo, que le sumieron en el abatimiento. En el bolsillo de su chaqueta se encontró una carta en la que responsabilizaba directamente a Luis Calvo de su suicidio.
Pero volviendo a la frase en cuestión que da origen a este artículo, se ha atribuido a multitud de personas, pero quien arroja luz sobre el asunto es la doctora Leticia Zaldívar Miquelarena, nieta del escritor y su biógrafa, que narra la anécdota situándola en un andén de la Estación del Norte de Bilbao. Pedro Mourlane Michelena, escritor también bilbaíno, partícipe igualmente en la creación del Cara al sol, despedía a su amigo Jacinto Miquelarena que se iba a uno de sus viajes, cuando se asomó un coronel a la ventanilla del tren y le dijo a uno de sus soldados: "Tú, corre a la cantina y que te den una guindilla picante". Cuando el soldado se encaminaba a la cantina se escuchó la voz del coronel que vociferaba: "¡Y que pique mucho! ¡Que si no te la voy a meter por el culo!". El imperativo diálogo sorprendió a los presentes y Pedro Mourlane se volvió hacia su amigo y le dijo: "¡Qué país, Miquelarena, qué país!".
Charlando un día con su amigo Rafael Sánchez Mazas, Miquelarena le comentó entre risas: "Voy a pasar a la posteridad por la frase de Mourlane en lugar de por mi trabajo". Que cada quien saque sus conclusiones.

jueves, febrero 13, 2014

De alfeñiques y hombres

Puebla de los Ángeles es una ciudad preciosa, no ya de las más lindas de México, sino de todo el mundo. Me enamoraron sus casas del centro histórico de fachadas con diferentes colores que no sólo no desentonan entre sí sino que configuran una melodía armoniosa y viva. Una de ellas, con fachada y aleros barrocos espectaculares, que más llamaron mi atención fue la "Casa del Alfeñique". Cuando me dijeron su nombre, en mi absoluta ignorancia, imaginé que debería su nombre al hecho de que su constructor, o su propietario, fuera un individuo pequeñito y enclenque, ya que esa era la acepción que yo atribuía a la palabra "alfeñique". Bárbara me miró con extrañeza cuando lo dije en voz alta. Y me aclaró que en México un alfeñique es un dulce de azúcar en forma de barra delgada y retorcida. Y que incluso en Toluca hay una feria del alfeñique muy conocida, y muy dulce, obvio. La fachada barroca de la casa semeja las formas de ese dulce. También me explicó que la casa la mandó construir don Juan Ignacio Morales en 1790 como regalo de amor para su esposa.
Los hispanohablantes no somos conscientes muchas veces de la inmensa riqueza que manejamos en nuestro vocabulario, ni de cómo habitan en un mismo vocablo significados tan distintos. No es de extrañar que México sea el vivero que mantiene tan vivo el idioma español, pues sigue utilizando palabras y expresiones perdidas ya irremediablemente en España y añadiendo al idioma vocablos del náhuatl,  zapoteco, mixteco, maya, etc. Y todo eso pese a la influencia anglosajona de sus vecinos del norte.
Volviendo a los alfeñiques, di en pensar que no dejaba de ser curiosa y divertida la polisemia de tal vocablo. Porque, ¿no resulta muy difícil de imaginar a un alfeñique (hombre escuchimizado) dulce? Según la tradición los enclenques son débiles, raquíticos y tienen muy mala uva -seguramente por ser pequeñitos y flojos-, por contra de los corpulentos que son robustos, buenazos y simpaticones. Claro que la mencionada tradición puede estar errada y no tener que ser así. ¿Hay chaparritos bonachones y grandotes pícaros? Quizá alguien me ilustre sobre el asunto.
Caminando por la avenida 4 Oriente, donde se encuentra la Casa del Alfeñique (hoy Museo del Estado de Puebla), pensaba en hombres que construyen casas que simbolizan dulces para obsequiar a sus amadas esposas. Hombres que han pagado su victoria con muchas derrotas, su riqueza con muchas pérdidas. Que han alcanzado su grandeza reconociendo su propia pequeñez. Siendo solamente hombres. Que sean alfeñiques -en cualquiera de sus acepciones- seguramente sea lo de menos.

viernes, enero 31, 2014

domingo, enero 26, 2014

Conversos

Acariciado por una iluminación espontánea, el individuo ve, de súbito, que la verdad ha aparecido ante él ofrecida y rozagante y no tiene más remedio que inventar la pólvora. Cualquier idea anterior ya carece de sentido, de vida, de realidad. Ha nacido un converso. Abraza su nueva religión con insospechado entusiasmo y se abisma en ella con la excitación propia de la novedosa verdad que ya atesora. A partir de ese momento el resto de la humanidad habrá de soportar su incansable elogio de lo recién descubierto y, lo que es peor, su irrefrenable afán de proselitismo.
Podríamos estar hablando exclusivamente en el plano teológico pero la cofradía de los conversos se extiende en cualquier dirección y en cualquier ámbito. Los que han dejado de fumar, los que han dejado de comer carne, los que acaban de descubrir los beneficios de la infusión de cualquier hierbajo con nombre estrambótico... Y vuelvo a su afán de proselitismo que no para de atosigar a sus semejantes con denuedo. Un dicho popular afirma que no hay peor beata que la que ha sido puta, y en el converso se cumple la sentencia a la perfección, pues no se conforma con su primer impulso de proselitismo sino que ataca con denuestos y venablos a los que -hasta hace bien poco- eran de su misma religión, idea o gusto. Qué furia desatada la del fumador que ha dejado de serlo contra todo aquel que se lleva nicotina a los pulmones. Qué irritación la del neófito vegetariano contra el particular que mastica con delectación un solomillo de ternera. Y así con muchas, muchas otras personas y cosas.
Lo curioso es que la mayoría inmensa de las personas nos convertimos a bastantes credos a lo largo de nuestra vida. ¿Quién no ha sido infiel a su perfume de siempre al descubrir otro que le agrada más? ¿Quién no ha descubierto el placer de saborear el chocolate negro a solas y en silencio relegando el blanco y el con leche al olvido? Personalmente me he convertido muchas veces y en muchos dogmas. Cuando estuve en Oaxaca descubrí el mezcal y cuando me dijeron que "para todo mal, mezcal; y para todo bien, también", abracé el delicioso licor como una nueva religión. Cuando descubrí el libro electrónico di la barrila a mis amigos con sus ventajas (después de haberlo denostado hasta la náusea). Aunque no llego ni de lejos a igualar a mi amigo El Empanao, una bellísima y encantadora persona,  al que podríamos calificar como converso estacional, pues le he contado una media de cuatro conversiones anuales, una por estación. Las del pasado año fueron las galletitas de arroz para el invierno, los baños de sol en un banco del parque en primavera, el áloe vera en verano y la meditación transcendental para curar los catarros en otoño. Pese a estas manías y la elocuente perorata sobre sus beneficios que me endilga, tiene de bueno que su conversión es variada y no te resulta agobiante.
Pero qué plomos somos a veces con nuestras conversiones. En lugar de dejar a la gente tranquila y a su aire la martirizamos con nuestras experiencias místicas sobre la avena, el misterio de la Santísima Trinidad o las bombillas led para el cuarto de baño. Y es que somos humanos, mutables, enamoradizos y creyentes de casi todo o de casi nada, qué le vamos a hacer.

miércoles, enero 08, 2014

No ha leído el libro

Mi querido Yorick, cómo están algunas cabezas. Figúrate que el pollo que interpreta el personaje principal de la película El Médico, adaptación de la novela homónima de Noah Gordon, ha dicho que "no he leído el libro, no tengo tiempo". No sé quién es, cómo se llama ni tengo el más mínimo interés en averiguarlo. ¿Recuerdas, mi pobre Yorick, lo que nos decía Marsillach? "La mayoría de los actores —salvo honrosas excepciones— son unos incultos que únicamente saben aprenderse su papel". Qué cierto, Yorick. Huérfanos de estudios y de lecturas se zambullen en la interpretación para la que pueden, o no, estar dotados por naturaleza, y pocos son los que se preocupan por instruirse y aprender algo más. ¿Cómo extrañarnos, entonces, de que al joven gallardo que interpreta el papel de Fernando el Católico —Sancho creó que se apellida— en la serie televisiva "Isabel" se le ocurra definir al rey de Aragón exclusivamente como tirano? Sí, Yorick, sí; públicamente en una entrevista en televisión. ¿No te estremece imaginar el calificativo que les hubiera adjudicado a Ramiro II o a doña Urraca? 
    Sí, también recuerdo nuevamente a Marsillach cuando nos comentaba que la conversación con los actores fuera de escena, plató o estudio era absolutamente plana, pues sólo hablan de tres cosas: a) de ellos mismos, b) de lo que hacen y cobran, c) de los chismorreos entre compañeros de profesión. 
      Y como ribete, llega Coronado que es apuesto, bizarro, actor pasable y buen chaval aunque tenga menos luces que un tren de mercancías, para perorar al mundo que quiera escucharle que "cuando los actores opinan sobre cualquier cosa, como son conocidos, tienen influencia en la población" (sic). Tembladeras me entran, mi pobre Yorick. 
      No leen el libro, ningún libro, ni saben más allá de interpretar "su" papel —porque no tienen tiempo de leer el resto de la obra, ni les importa un pimiento— pero opinan, substantivan, adjetivan y califican como auténticos académicos. Y alguna parte de la población les escucha y aplaude, seguramente porque tampoco tienen tiempo de leer.

jueves, enero 02, 2014

Uva esquiva

El ritual estaba minuciosamente preparado, las uvas de lata peladas y sin pepitas, la botella de vino de la Ribera del Duero que me regaló Silvia abierta para que se oxigenase (aún me caen lágrimas de la emoción al recordar lo rico que estaba). Y hasta me puse un pañuelo colorado al cuello que daba la impresión de que fuera a correr los Sanfermines, pero como no recordé recoger el smoking del tinte, la colisión estética no resultaba tan hiriente.
Y comienzan los cuartos, llegan las campanadas, me afano en trasegar cada una de las uvas, sosas como la madre que las parió, acompasado con el reloj de la Puerta del Sol que suena en la televisión... Cuando una uva, esquiva y puñetera se me desliza entre los dedos, resbala y desaparece volando. ¿Era la sexta, la séptima o la octava? Ahhhhh. Otra vez ahhhhh. La busco con la mirada por la alfombra, en el almohadón del sofá. Nada. Ahhhh. Las campanadas siguen ajenas a mi accidente, inexorables, desvaneciendo su sonido. Engullo las uvas que me quedan en el platillo sin orden ni concierto, derramo el agüilla que dejan por la alfombra, mi mente se transforma en un laberinto de supersticiones funestas. Brindo distraído y abrazo sin efusión propia del regocijo de la entrada del 2014 en nuestras vidas. Los peores augurios se acumulan en mi supersticiosa cabeza. ¿Tiene algún significado que haya sido la sexta, séptima u octava uva la que ha salido volando? ¿Debo asociarlo a alguna desventura que me sobrevendrá en alguno de esos meses que representa?
Mi ánimo se va sosegando poco a poco y decido buscar la uva esquiva hasta que la muy maldita aparece debajo del sofá. Siento sobre mi algunas miradas sorprendidas al verme a cuatro patas hurgando bajo el sofá para recuperar a la miserable que tal quebranto me ha causado, pero ajeno a cualquier otra circunstancia, la cojo con dos dedos —los mismos de los que huyó— mientras la miro con reprobación y, al momento e impulsivamente, la muerdo con rabia.   
Qué cansado resulta ser tan supersticioso, caramba.

domingo, marzo 31, 2013

Diplomáticos y damas

Cuando un diplomático dice "sí" quiere decir "quizá".
Cuando dice "quizá" quiere decir "no".
Cuando dice "no", no es un diplomático.

Cuando una dama dice "no" quiere decir "quizá".
Cuando dice "quizá" quiere decir "sí".
Cuando dice "sí", no es una dama.

viernes, marzo 01, 2013

Fábula


Una serpiente perseguía enconadamente a una luciérnaga. Día y noche iba tras ella sin descanso. Agotada, la luciérnaga se detuvo, rendida y dispuesta a ser devorada por aquel reptil.
- Ya que vas a comerme, déjame serpiente que te haga tres preguntas.
- Me parece bien.
- ¿Estoy en tu cadena alimenticia?
- No.
- ¿Te he hecho algún mal?
- No.
- Entonces, ¿Por qué quieres devorarme?
- Porque no soporto que brilles.

martes, febrero 19, 2013

Esa pierna es mía

Hace muy poco me enteré de que la pierna que aparece en el cartel de la película El graduado no es de la protagonista, Anne Bancroft, sino de una modelo llamada Linda Gray. Lo ha relatado la propia Gray, quien es actriz muy conocida a raíz de interpretar en televisión a Sue Ellen, la esposa del pérfido y malvado J. R. de la serie Dallas. La Bancroft tenía problemas de agenda el día de la sesión fotográfica y se recurrió a una joven modelo que andaba por el estudio, la antedicha Linda Gray, quien prestó su pantorrilla para la posteridad del séptimo arte suplantando la de la inefable señora Robinson.
Cuando leí la noticia recordé inmediatamente la pierna enfundándose una media de seda negra y a un Dustin Hoffman con aire de soplagaitas que la miraba de lejos. Y recordé la banda sonora de Simon y Garfunkel. Y, más o menos, la trama general de la película, pero poco más.
No sé si a los mitómanos enamorados platónicamente de Anne Bancroft les habrá sentado a cuerno quemado la revelación, que los mitómanos son proclives a enojarse por cualquier nadería. La pantorrilla es bonita, torneada, y resulta sugerente, ¿qué más da que no sea propiedad de la protagonista de la película? Además, todo es producto de la ficción, desde la película hasta la pierna.
Cuando vamos al cine o al teatro pagamos una entrada para que nos mientan, queremos que nos cuenten trolas porque nos distraen de las verdades que nos rodean en la realidad. Queremos que nos engañen.
Siendo muy joven, junto con otros compañeros actores, gustaba de ponerme en la primera fila de butacas para tener más cerca a los protagonistas y estudiarlos. Un amigo y maestro se colocaba siempre en la fila seis o la siete. "¿No vienes con nosotros?" -le preguntamos. "Me gusta que me engañen" -respondió con una sonrisa y se fue a su butaca de la fila seis. Fue una estupenda lección.
La mentira, el relato de cosas bellas y falsas, es el fin mismo de la creación artística. Da igual de quién sea la pierna, aunque sea mía.

martes, febrero 05, 2013

Nervios de estreno

  Se estrenaba en Valladolid el drama El bufón del rey, de Diego San José y Enrique Reoyo. La entrada en escena de Francisco I, el rey al que se refiere el título de la obra, tenía lugar en el salón del trono, reunida toda la corte con gran solemnidad.
  La llegada de su majestad era anunciada por una joven actriz que representaba el papel de un paje. Estaba en los comienzos de su carrera y por esa razón estudió y ensayó cuidadosamente su texto, que consistía en dos únicas palabras con las que remataba una quintilla, pues la obra era en verso. Las palabras eran "el rey".
Nerviosa, durante los días que duraron los ensayos, la bella muchacha repetía constantemente: el rey, el rey, el rey... Si decía bien aquellas dos palabras, quizás en otra obra le dieran un papel más largo.
  Llegó la noche del estreno, los autores presenciaban la representación entre bastidores. La joven actriz, disfrazada de paje, entró desde el foro gritando con solemnidad, con entusiasmo, a plena voz: "¡¡EL SEIS!!".
  Reoyo le dijo al oído al pasmado San José:
            Mala centella le parta.
            ¿Te has fijado? Esa mocosa
            por pensar en otra cosa
           se ha equivocado de carta.
  Y es que los nervios en un estreno pueden jugarte muy malas pasadas.

jueves, enero 31, 2013

Popular y desconocida

Cualquier aficionado a la pinturas de Francisco de Goya la habrá visto multitud de veces en el retrato de la familia de Carlos IV. Y, quizá, haya averiguado que su nombre era María Josefa Carmela de Borbón, aunque para la mayoría no sea más que el espantajo goyesco que aparece en un rincón del cuadro.
Felipe V de España murió sin conocer nieto varón. El monarca, que había cambiado nuestras antiguas leyes sucesorias -que admitía que las princesas accediesen al trono- por la ley Sálica de importación francesa (y norma sacrosanta de los Borbones) que excluía a las hembras de la sucesión a la Corona. Y casi fue mejor para él pues un año después de su muerte nació en Nápoles el primero de sus nietos varones, que resultó imbécil.
Luis I y Fernando VI, vástagos del primer matrimonio del fundador de la casa de Borbón en España, no tuvieron hijos, así pues la sucesión recaería un día en el tercer hijo varón superviviente, el infante don Carlos, primogénito de la Farnesio.
Carlos se casó con María Amalia de Sajonia, que verdaderamente parecía una porcelana a punto de romperse, y empezaron a engendrar a destajo. Pero sólo nacían niñas que fallecían con asombrosa celeridad. De las siete que nacieron solamente dos llegaron a la mayoría de edad, María Luisa y María Josefa Carmela. Luego llegaría don Felipe (excluido de la sucesión por su condición de deficiente mental), y el que sería futuro Carlos IV, que sólo era medio tonto, y cuatro chicos más.
Volviendo a quien nos ocupa, María Josefa Carmela -Pepa a secas para los íntimos- no tuvo belleza, ni simpatía, ni inteligencia, ni sentido del humor, ni ambición. Fue un cero a la izquierda difícil de imaginar. El padre Coloma nos deja de ella un retrato físico rayano en la crueldad:
"A los veintinueve años, su ridícula figura, pequeña, fea y contrahecha, había hecho imposible encontrarla un marido que la igualase en rango. Escudada tras su fealdad, la infanta Josefa vivió y murió soltera, sin que amigos ni enemigos turbaran la paz de su insignificancia".
Y su cuñada la reina Maria Luisa, esposa de Carlos IV escribía a su favorito Manuel Godoy:
"La tía Pepa no es suave ni temporizadora, sino un agraz".
Motivos no tenía la infanta para ser unas castañuelas.
Carlos III, sentado ya en el trono de Madrid, había tenido el valor de intentar casarla nada menos que con Luis XV, viudo de la polaca María Leczinska, que no quiso ni oír hablar del asunto. Poco después se pensó unirla con su tío el infante don Luis (hermano menor del propio CarlosIII), pero tampoco llegó a producirse el enlace, pues si bien el infante ya se había resignado, doña Pepa mudó de opinión temerosa de que una comentada enfermedad venérea que había padecido don Luis pudiera perjudicarla. Muy escrupulosa, se negó en redondo a compartir el tálamo del afamado crápula.
Hasta su muerte, en 1801, vivió Pepa en el palacio real con su hermano el rey Carlos IV. Y Goya la incluyó en el retrato de familia. Y ahí la hemos visto, asomando su faz de bruja (más afeada si cabe por un enorme lunar postizo, que cubriría una mancha facial, según la moda de la época) por detrás del hombro de su sobrino, el futuro Fernando VII, velada la deformidad de su figura por las sombras. El personaje más esperpéntico de una pintura sublime.

miércoles, julio 25, 2012

¿Pintar la desesperación?

No ha mucho tiempo que platicaba con Turulato sobre algo que nos preocupaba a ambos. "¿Cómo se pinta en un cuadro la desesperación?" -me decía a propósito de la actitud de un personaje que vive enfrente de su casa. El hombre en cuestión acostumbra a ser presa de comportamientos que podrían ser tildados de estrafalarios  si no fuera porque llevan a cuestas una grandísima carga de amargura. ¿Cómo describir la amargura? Ninguno de los dos sabíamos cómo hacerlo. Angustias, desesperanzas, aflicciones nos rodean y, aunque sepamos adivinarlas, observarlas o percibirlas no somos capaces de escribirlas, y describirlas.
Seguramente sólo puede hacerlo quien alcance un grado de indiferencia que permita observar sin la distracción de los sentimientos. Pero, ¿cómo no sentir?

miércoles, julio 11, 2012

Gesto silencioso

Ella le tendió la mano, bella y suave. El la tomó entre las suyas; y sus dedos volvieron a encontrarse, se interrogaron, y acabaron por unirse, entrecruzados, en ese gesto con que el amor se ofrece con más seguridad que con un beso, como si las manos de dos seres se juntaran para una misma plegaria. En silencio.

jueves, junio 28, 2012

El Lenguaje del Abanico

  Los abanicos se han vuelto a poner de moda. Aunque quizá esté demodèe su lenguaje o, simplemente, se desconozca al tener más utilizable el teléfono celular con su Guasap, su Feisbuq y demás aplicaciones para el artilugio en cuestión. No obstante, el lenguaje del abanico me parece deliciosamente decadente y lo transcribo a continuación.

1. Abanicarse rápidamente. Te amo con intensidad.
2. Abanicarse lentamente. Abanicarse de forma pausada, significa soy una señora casada y me eres indiferente. También si se abre y cierra muy despacio significa esto.
3. Cerrar despacio. Este cierre significa un "Sí". Si se abre y cierra rápidamente significa, "Cuidado, estoy comprometida".
4. Cerrar rápido. Cerrarlo de forma rápida y airada significa un "No".
5. Caer el abanico. Dejar caer el abanico significa: te pertenezco.
6. Levantar los cabellos. Si levanta los cabellos o se mueve el flequillo con el abanico significa que piensa en ti, que no te olvida.
7. Contar varillas. Si cuenta las varillas del abanico o pasa los dedos por ellas quiere decir que quiere hablar con nosotros.
8. Cubrirse del sol. Significa que eres feo, que no le gustas.
9. Apoyarlo sobre la mejilla. Si es sobre la mejilla derecha significa "Si". Sobre la mejilla izquierda es "No".
10. Prestar el abanico. Si presta el abanico a su acompañante, malos presagios. Si se lo da a su madre, quiere decir "Te despido, se acabó".
11. Dar un golpe. Un golpe con el abanico sobre un objeto, significa impaciencia.
12. Sujetar con las dos manos. Si sujeta el abanico abierto con las dos manos, significa "es mejor que me olvides".
14. Cubrirse los ojos. Con el abanico abierto, significa "Te quiero". Si se cubre el rostro puede significar "Cuidado, nos vigilan.
15. Pasarlo por los ojos. Si se pasa el abanico por los ojos significa, "Lo siento". Si cierra el abanico tocándose los ojos quiere decir, "Cuando te puedo ver".
16. Abrir el abanico y mostrarlo. Significa, "Puedes esperarme".
17. Cubrirse la cara. Cubrirse la cara con el abanico abierto, significa: "Sígueme cuando me vaya".
18. A medio abrir. Apoyar el abanico a medio abrir sobre los labios quiere decir "Puede besarme".
19. Apoyar los labios. Si apoya los labios sobre el abanico o sus padrones, significa desconfianza, "No me fío".
20. Pasarlo por la mejilla. Significa, "Soy casada".
21. Deslizarlo sobre los ojos. Significa: "Vete, por favor".
22. Mano izquierda. Llevarlo en la mano izquierda quiere decir: "Deseo conocerte". Moverlo con la mano izquierda significa: "Nos observan".
23. Mano derecha. Llevarlo o moverlo con la mano derecha, significa: "Amo a otro".
24. Pasarlo de una mano a otra. Significa, "Estás flirteando con otra" o "Eres un atrevido".
25. Girarlo con la mano derecha. Significa: "No me gustas".
26. Tocar la palma de la mano. Quiere decir: "Estoy pensando si te quiero".
27. Sobre el corazón. Apoyar el abanico abierto sobre el corazón o el pecho, quiere decir: "Te amo" o "Sufro por tu amor".
28. Darse en la mano izquierda. Darse un golpe con el abanico cerrado en la mano izquierda significa "Ámame".
29. Mirar dibujos. Mirar los dibujos del abanico, quiere decir: "Me gustas mucho".
30. Bajarlo a la altura del pecho. Significa: "Podemos ser amigos". También dejarlo colgado, quiere decir "Seremos amigos".
31. Cerrarlo sobre la mano izquierda. Quiere decir: "Me casaré contigo".
32. "Saldré". Ponerse en el balcón con el abanico abierto o salir al balcón abanicándose. También entrar en el salón abanicándose.
33. "No saldré". Dejarse el abanico cerrado en el balcón, salir al balcón con el abanico cerrado, o entrar en el salón con el abanico cerrado.
34. Arrojar el abanico. Quiere decir: "Te odio". o "Adiós, se acabó".
35. Presentarlo cerrado. Significa: "¿Me quieres?".
36. Sobre la oreja. La izquierda, "Déjame en paz no quiero saber nada de ti". La derecha, "No reveles nuestro secreto".
37. Contar o abrir cierto número de varillas. La hora para quedar en una cita, en función del número de varillas abiertas o "tocadas".

lunes, junio 18, 2012

Teorema de Pitágoras

Ella escribía poemas en clase de matemáticas, quizá porque no le encontraba la magia al teorema de Pitágoras. Me preguntaba si ansiaba recorrer los lugares incompletos del alma, jugar y creer en lo cierto y en lo exacto. ¿Qué decían aquellas palabras? No lo sé. Nunca me permitió leer sus poemas.

jueves, abril 12, 2012

El sustanciero

Quizás la historia se repita a si misma, ya que en tiempos de penuria y necesidades los hechos tienen la guasa de volver desde aquellas épocas pasadas y olvidadas. Tal como están las cosas no sería extraordinario que volviera a aparecer en nuestras calles la figura del "sustanciero". Era éste un personaje que provisto de un hueso de jamón iba por las casas introduciéndolo en los pucheros para darles sabor. El precio solía ser de peseta por cuarto de hora. Claro que si el susodicho hueso estaba ya gastado y chuchurrido, el importe del servicio sería menor.
Y es que a buen hambre no hay pan duro. Contaba la maravillosa actriz Aurora Redondo que durante la guerra civil, pasando muchísima gazuza, llegó un paquete a su casa enviado por unos parientes desde Argentina. Poca cosa, dos o tres fruslerías y una lata. Se llenaron de alegría porque en tal lata había unos polvos como de cacao (¡menudo lujo en aquellos momentos!) y se prepararon un chocolate estupendo. Al cabo de unos días llegó una carta de los parientes argentinos en la que les preguntaban si habían llegado bien las cenizas del tío Florentino, fallecido e incinerado recientemente. Las cenizas -obvio- descansaban en la lata que se habían zampado con enorme regocijo.
Los alimentos con sustancia son exquisitos, dónde va a parar.

miércoles, febrero 01, 2012

El gafe

Todo el mundo sabe que Cayetano de Borbón Dos Sicilias, conde de Girgenti, casó con la infanta Isabel (alias la Chata), primogénita de Isabel II de España.

Pero lo que quizá no sepa todo el mundo es que el desventurado Cayetano pasaba por ser uno de los mayores gafes de Europa.

Cuando nació en Caserta, el 12 de enero de 1846, se desprendió una cornisa de aquel soberbio palacio real napolitano. El día de su bautizo, un cirio de la capilla estuvo a punto de provocar un incendio pavoroso. En su primera comunión se atragantó el niño con el Pan de los Ángeles. Ya en el exilio, al ser filiado en el ejército austríaco, su caballo se rompió una pata. Como remate, Isabel II dispuso que su hija mayor se casase con el gafe un día 13. No resulta extraño que unos meses después perdiese el trono.

Me permito hacer aquí un breve inciso sobre la Chata, la considerada infanta castiza por excelencia. Circuló y aun hay quien así lo cree la leyenda que la presentaba como una mujer asequible y bonachona, amiga de las gentes del pueblo, pero su propia hermana menor Eulalia la acusaba de rigorista, ordenancista y simuladora. Decían testigos imparciales que en sus incursiones a los lugares donde los madrileños celebraban verbenas y romerías, y a las plazas de toros, doña Isabel de Borbón iba provista de fuertes perfumes "para mitigar los hedores de la plebe" decía. De regreso a sus habitaciones reclamaba urgentemente el baño. El "¡uf!" de la infanta tras una de sus incursiones de propaganda dinástica llegó a convertirse en proverbial entre sus allegados.

Pero volvamos al gafe, aunque el abajo firmante (reconocido supersticioso) tema que se le descuajeringue la computadora en cualquier momento por mor de mencionar a uno de estos seres tan cenizos, funestos y malasombras.

Isabel II, obligada poco antes por el gobierno liberal, había tenido que estampar su firma en un decreto que reconocía la causa de la unidad italiana liderada por los Saboya, y que suponía el destronamiento de los Borbones de las Dos Sicilias. Seguramente por mala conciencia auspició la boda de su hija de diecisiete años con un príncipe de la recién exiliada familia, sin más fortuna que su honra, al que la novia ni conocía. De más está decir que los Borbones de Nápoles se apresuraron a facturarle al gafe. El 13 de mayo de 1868, a las diez de la noche, Isabel y Cayetano se casaron en la capilla del palacio real.

La verdad era que Cayetano era tan apuesto, tan bondadoso y decente que parecía una bendición de Dios. Bueno, sí que era huraño; y susceptible. Pero en su caso, ¿cómo no iba a serlo?

Cuatro días antes de la boda, la reina creó a su yerno infante de España y, el mismo día del casamiento, coronel de húsares. Aunque a Cayetano no le dio tiempo apenas de participar en la vida de la corte; todavía estaba de viaje de novios con Isabel cuando estalló la revolución de septiembre e Isabel II salió zumbando hacia Francia.

Cayetano tuvo el honroso detalle de penetrar en España y, enfundado en su flamante uniforme militar, se batió como un jabato en la batalla de Alcolea, donde le oyeron gritar, sin asomo de pitorreo: "¡Viva mi suegra!".

Tras el fracaso de la acción partió hacia el exilio y se instaló con su mujer en un hotel de la ciudad suiza de Lucerna. Su aspecto se había tornado demacrado y descubrió que se encontraba muy enfermo, víctima de frecuentes ataques epilépticos. Desesperado y convencido de su mal fario, se descerrajó un balazo en la sien, dejando a Isabel viuda a los diecinueve años.

En julio de 1871, cuatro meses antes de suicidarse, el infante había formalizado ante notario un testamento en una de cuyas cláusulas expresaba: "Ruego a Su Majestad la Reina Isabel acepte conservar, en recuerdo de mi adhesión, el sable que empuñé en la batalla de Alcolea".

Cuando Isabel II recibió el legado, quedó espantada. "¡Apartadlo de mi vista, no vaya a sucederme una desgracia!", ordenó. Escondieron el sable en lo más profundo de un armario y, tras la Restauración, lo enviaron a la real armería del Palacio de Oriente.

Al día siguiente el museo ardió.

jueves, enero 26, 2012

Siempre nos quedará París (y IV)

Aquí estoy, como me indicaste, bajo el reloj de la Concergerie, el más antiguo de París según dicen. Y funciona. El reloj, digo. ¿Hay alguna leyenda de este reloj? Me fascinan las leyendas sobre relojes, tu sabes, como la que cuentan del de Güigüe en Venezuela, que afirma que quien repare su maquinaria fenecerá al momento. Confío que éste bajo el que me hallo no me caiga en la cabeza o me lance un rayo aniquilador al marcar una hora concreta.

Mala suerte para el reloj porque tu llegas como por ensalmo, me tomas de la mano y me encaminas hacia la Sainte Chapelle. Estás risueña, con el sol de París acariciando tu cabello que oscurece con su brillo el resplandor del Sena. Seguro que las cuartillas que me traes escritas vuelven a ser maravillosas.

Entramos despacio en la capilla baja mientras unos pocos turistas recorren la nave vacía deteniéndose en cada pilastra para fotografiar la imagen del apóstol de turno. La suave música que se escucha de fondo queda amortiguada por los rumores y bisbiseos de los visitantes dando un aire levemente misterioso al espacio. Me guías entre los Apóstoles para señalarme con mirada cómplice los cestillos grabados en honor de la reina doña Blanca.

Tiras con suavidad de mi mano mientras subimos la escalera de caracol hasta la capilla alta como un niño al que le llena la impaciencia de ver algo que desea. El resplandor del sol de la mañana filtrándose por las magníficas vidrieras me deslumbra; tal parece que se guiara por la curiosidad en distinguir cada uno de los rincones escrutados ahora por el grupo de extraños que intentan imaginar a reyes y cortesanos moviéndose en el recinto sagrado de antaño. El sol es el mismo hace tres siglos. ¿O también ha cambiado? Tu mirada responde, sin querer, mi pregunta: Es el mismo, pero mira de otra manera. La existencia continúa su camino lento, colmada de gente aplastada por la vida cotidiana, siempre idéntica a sí misma. Solo la piedra permanece inmutable, hasta que se desmorona.

Me miras con perversa ingenuidad y volvemos al mundo real, el que transita gris por las aceras de las calles, que se vuelve extrañado al escuchar una risa, o un murmullo alegre.

Nos sentamos en la terraza de un pequeño café cercano a St. Germain des Près y leo las cuartillas que -sin que yo lo advirtiera- has ido escribiendo durante el camino. Me sonríes porque sabes que la obra está conclusa. Me sonríes porque sabes que te necesito porque te quiero. Y tu sonrisa es una larga caricia que me recorre poco a poco, demorándose, viviendo.

En la estación de Austerlitz se mueven los viajeros, se despiden unos, se dilatan los besos. El invierno ha empezado a recoger las hojas muertas de las calles mientras tu me has llenado de calidez con el abrazo entregado, generoso y fecundo.

Mi tren está a punto de partir y cierro los ojos para retenerte. Tus letras palpitan en las cuartillas que me llevo apretadas junto al pecho, latidos de letras y corazón. Volveremos a encontrarnos en cualquier lugar y en cualquier momento, porque somos uno y somos dos, cuando mi pobre imaginación vuelva a marchitarse y te busque.

El tren arranca y ambos sabemos que siempre nos quedará París para reencontrarnos.

miércoles, octubre 19, 2011

Siempre nos quedará París (III)




Ocupé prácticamente toda la noche rondando por los alrededores del Museo del Louvre. Y no lo hice animado por desvaríos nacidos en la lectura del Código da Vinci, -¡Santa Genoveva (que es patrona de París) me proteja de semejante literatura!- sino con la aviesa intención de descubrir a Belphegor, mi fantasma favorito que tanto desasosiego me causó en la infancia a través de la tele. Sólo conseguí que individuos de torva catadura me ofreciesen una gama variada de alucinógenos -y se alejaran deprisa cuando yo les ponía al corriente de mis propósitos- y que los gendarmes me detuvieran dos veces por resultarles sospechoso. Natural. Yo mismo me consideraba un sospechoso excepcional.
No es de extrañar, pues, que me encontraras dormido en un banco del Jardín de las Tullerías, entre el estanque y el Jeu de Paume. Y tengo que decirte que mi aspecto no era tan cochambroso como para que desecharas categóricamente mi invitación a desayunar en el Crillon, pues individuos mucho más sospechosos, advenedizos y tunantes que yo se alojan allí a diario.

De camino a los Campos Elíseos, aproveché para besarte furtivamente al atravesar la plaza de la Concordia, frente al Obelisco de Luxor. Entramos cogidos de la mano a un café tranquilo y con nombre de novela, "Le Madrigal", donde -además de dos cafés con leche y tres croasanes (que allí llaman croissants, porque son franceses)- devoré con ansiedad tus cuartillas recién escritas. Cada vez advertía con mayor claridad cómo aquellas frases escritas a pluma sobre el papel eran sangre circulando por las venas de la creatividad. Tus dedos habían latido en cada letra, tus manos habían palpitado con cada punto y con cada coma. Aquellas cuartillas habían nacido, eran vida entre tus manos.
Cuando levanté la vista para decirte cuánto me seducía y enamoraba tu escrito, ya habías desaparecido. Pero me habías dejado en una servilleta, frente a mi, el carmín de tus labios dibujando un beso perfecto. Al besarlo te volví a sentir muy dentro de mi.