
Ahora los dos vestimos Dios sabe cómo. Vivimos en un laberinto de soledades, extraviados entre siluetas marchitas del mundo abstracto. Envejecimos en rollos de celuloide para encender sentimientos en los demás, con sutilezas y medias sonrisas. Las películas también envejecen, pues los ojos del niño que las vio las recuerda después con ojos de viejo. ¿Y cómo está París? Muy bonito en primavera, como siempre nos habían dicho.
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