lunes, diciembre 08, 2008

Duelo de miradas

Los ojos se posan en otros ojos, un fragmento de tiempo que puede resultar fugaz y perdurable. Es un juego. Los adversarios se miran con mayor o menor intensidad sabiendo que la próxima vez el momento sea más extenso quizá. Timidez, audacia, seguridad o desdén según el ánimo, o la intención. Sigue siendo un juego.

Miramos tantas veces y no vemos y vemos tantas veces sin mirarnos, que el juego de mirarse a los ojos está a punto de perderse en miradas vacías. Sin rozar lo interior el ojo sueña, roza, palpa, desvaría impreciso hasta congregarse entre sombras como si de una luz inmadura se tratase.

Pero el juego vuelve. Se mantienen firmes las miradas, no es posible el parpadeo, y un latido hondo y dulce golpea suavemente, como llamando a una puerta invisible. Los ojos fijos. Es un juego.

Y como en todo juego que se precie, siempre son los niños —cuanto más pequeños, más diestros— los que resultan invencibles en un duelo de miradas. ¿Será por su inocencia, por su seriedad?

5 comentarios:

Turulato dijo...

Si. Los niños. Porque no esconden su intimidad; no temen al ridículo ni han aprendido aún lo que duele la derrota.
Así que miran y dicen sus verdades, con claridad, sin cuidado.

Muchas veces querría ser niño.

Anónimo dijo...

A veces con la mirada se pueden
decir cosas que si no, no te atreverías.

Silvia dijo...

Pues será que aún soy niña. O que soy seria. Porque casi nunca rechazo un duelo de miradas.
Besos

Penélope dijo...

No hay nada tan íntimo y tan seductor como una mirada clara, directa y segura de sí misma.
No hay nada que intimide tanto como una mirada clara, directa y segura de sí misma.

tali dijo...

a veces me pongo nerviosa con algunas miradas que apuntan directamente a los ojos, o al alma (qué más da), sobre todo con ciertas personas, quizá porque tengo miedo a que descubran en mí algo que trato de ocultar...