miércoles, febrero 17, 2010

El convento de san Plácido

Todo el mundo sabe que el convento de san Plácido está en la calle de san Roque, en Madrid. Pero quizá no todos sepan que a los cinco años de su fundación, en 1623, en este cenobio de las monjas de la Encarnación Benita sonaron campanadas escandalosas de extrañas novedades tan del gusto de nuestra historia eclesiástica.

Se dijo que casi todas las monjas (veinticinco de las treinta que había) estaban endemoniadas. Y entre ellas la priora y fundadora, Doña Teresa de Silva, moza de veintiocho años y noble linaje.

Fue éste, negocio de la mística alumbrada, tan proclive a perdonar los pecadillos de alcoba entre expertos confesores solicitantes y doñas debidamente solicitadas. Pedir -discurrirían aquellos clérigos- poco cuesta, pues el no lo llevas gratis y cualquier revolcón, por decepcionante que resulte, merece el riesgo de recibir un cachete de manos blancas.

Voy a dejar que la galantería me obnubile el juicio al relatar maremágnum tan galante: La culpa no fue de las cándidas religiosas, sino del lujurioso confesor Fr. Francisco García Calderón natural de Barcial de la Loma, en Tierra de Campos, y con cincuenta y seis tacos de almanaque a la espalda, que por aquel entonces mandaba intramuros del convento, quien aprovechando su autoridad se pasó por la piedra a las pupilas, empezando por la priora y siguiendo en orden alfabético o cronológico -quién sabe- hasta calzarse a casi toda la comunidad. Quizá las cinco que se libraron fueron más dengues o inoportunas como para resistirse.

Imaginen cómo de felices y retozonas iban las inocentes de san Plácido de pastoforio en transepto, hasta que el Santo Oficio juzgó necesario tomar cartas en el asunto, pues en su “intento” de exorcizarlas, llevaba el antedicho García Calderón tres años (de 1628 a 1631) entre visajes y conjuros. Tal música de somieres llevó a las cárceles secretas de Toledo al confesor, la priora y las monjas.

Tras varios incidentes de recusación, fue sentenciada la causa en 1633, declarando al padre Calderón “sospechoso de haber seguido a varios herejes, antiguos y modernos, especialmente gnósticos, agapetos, y nuevos alumbrados, y los errores de los pseudo Apóstoles, los de Almarico, Serando y Pedro Joan”.

Por más que Fr. Francisco negó lo de ser alumbrado ni hereje y dijo que en los actos libidinosos había procedido “como flaco y miserable”, sin pensar ni dogmatizar que fuesen buenos. Se le condenó a abjuración de vehementi, a sufrir ciertos disciplinazos y a reclusión perpetua en la celda de su convento. Las monjas abjuraron de levi y se las repartió por varios conventos con diversas penitencias.

Diez años después, el Tribunal aceptó la apelación de la priora, quien hizo constar que todo fue una maraña urdida por Fr. Alonso de León, enemigo acérrimo del confesor, y por el comisionado de la Inquisición, Diego Serrano, que aturdió a las monjas y las hizo firmar cuanto él quiso. La priora probó hasta la evidencia que jamás había penetrado en el convento la herejía de los alumbrados, ni otra alguna. Que el confesor las exorcizaba de “buena fe”, pero que quizá todo fuera debido a causas naturales (fenómenos nerviosos, que diríamos hoy).

La Inquisición mandó revisar los autos, hizo calificar de nuevo las proposiciones por los más famosos teólogos de varias órdenes y por sentencia de 5 de octubre de 1638 restituyó a las monjas en su buen nombre, crédito y opinión, dándoles testimonio público de esta absolución. Del confesor nada se dijo, lo cual da a entender que no le alcanzó el desagravio.

Saque cada cual sus conclusiones sobre qué tenía peor prensa: la herejía o la líbídine (cachondez, en román paladino).

Si les ha gustado este episodio sobre el convento de san Plácido, me lo dicen. Pues queda un segundo igualmente jugoso.

5 comentarios:

Turulato dijo...

Don Oshi, el asunto de la jodienda, no tiene enmienda. Y, además, ¿qué necesidad hay de que la tenga?. Claro que si uno es de los que no se entera de la misa la media, buena cosa es pregonar que el fornicio es cosa de alumbrados. Y no se crea, que lo voy creyendo...

Anónimo dijo...

Con la iglesia hemos topado. Y perdona si uso esta frase tan manida, pero es lo que hay.
Con lo contentas que irían aquellas monjitas por el convento (buen nombre el de San "Plácido", le viene al pelo). Y no te cuento el confesor, hasta ojeras se le pondrían, al jodido... (bueno, jodiente).
La verdad que no es una historia lo que se dice "nueva", lo cierto es que siguen haciendo lo mismo...
Y digo yo, ¿Por qué no lo aceptan y siguen practicando su religión ( y el sexo), y todo el mundo tan contento? Qué ganas de complicarse la vida, oye.

A ver, a ver...cuenta, cuenta...

Besicos

La fatica ;-)

Silvia dijo...

Hombre, aprovecharía su autoridad y que a las buenas monjas les gustaría, ¿no? Que fueron tres años con el exorcismo (me gusta mucho más este método de expulsar los demonios que el de los rezos y el agua bendita. Dónde va a parar...)

Este hombre, al que me hubiera gustado conocer, era un hacha. ¿Qué haría en la soledad de su celda? Porque me niego a creer que gustándole el asunto de esa manera, aguantara mucho sin darle a las manualidades...

Como dice la anónima anterior, con lo fácil que sería que aceptaran la jodienda. La de tonterías que se habrían evitado...

Estoy deseando leer la segunda entrega.
Besos

Elchiado dijo...

Alegría de verle!!!, y bueno, desde luego dejo una opinión muy general, pero valga como enseñanza para quien pueda o tenga la intención de aprender algo; y es ésta: que el escándalo, venga desde el particular mundo que fuere, la mayor parte de las veces no está en lo acaecido, sino, más bien, en tratar de adornar, disimular, trocar o dar la vuelta a los hechos para ofrecer una opinión más "limpia" o conveniente a quienes se ven envueltos por lo ocurrido. Un saludo.

Kalia dijo...

Gustar ha gustado. Y mucho. Así que esperamos con ansia la segunda parte. Y todas las partes que usted quiera.

Entiendo ahora que se llamaran "alumbrados": las inocentes monjitas llegaban al éxtasis ¿místico? y veían luces de todos los colores; algún "alumbramiento" puede que terminara ocurriendo; y seguramente la lumbre contribuiría a que los exorcismos fuesen más notables (hay que pensar que las celdas estaban normalmente muy frías). Al fin y al cabo el fray hacía su trabajo, pues la histeria, producto como se sabe de ciertas deficiencias, puede hacer llegar a fantasear hasta con el maligno. Así que eso, que seguramente era todo un auto de fe.

¿Continuará usted en esta línea de traernos los chascarrillos erótico-festivos de la Historia? Nos divierte y nos encanta la manerara en la que nos divierte usted.