
El actor austriaco Franz Johan llegó a España en 1942 formando parte de la compañía de teatro Los Vieneses, que había fundado y dirigía Artur Kaps. La compañía estaba especializada en revistas y operetas, y contaba también con la marionetista Hertha Frankel, que se hizo muy famosa en la televisión española de los años 50 y 60 con su "perrita" Marilyn.
Dada la permanencia de éxitos de Los Vieneses en Barcelona, Franz Johan compró un hotelito cerca del Tibidabo.
Por exigencias de la profesión estuvo durante bastante tiempo fuera de Barcelona y fuera de España, y cuando volvió se creyó en el caso de hacer algunas obras de reparación y de embellecimiento en el hotelito, para lo cual mandó llamar a unos albañiles. Eran dos auténticos especialistas en eso de dejar hechos unos brazos de mar los hoteles ("torres", que dicen en Barcelona).
Tan bien hacían el trabajo y tanto mejoraba de día en día, que Franz Johan se creyó en la obligación de felicitarlos.
-Muy bien. Admirable. Lo hacen extraordinariamente bien.
Y se creyó también obligado a agradecerles de alguna manera su rapidez y su eficiencia, por lo que añadió:
-Ahí van estas entradas para que vayan esta noche a ver nuestro espectáculo. Estoy seguro de que pasarán un buen rato.
Los dos obreros se fueron tan contentos a ver a Los Vieneses, y salieron encantados.
Al día siguiente terminaron su trabajo en el hotelito de Franz Johan, y éste les pidió la factura. ¡Por poco cae al suelo desmayado! No era que hubieran cargado la mano al escribir los números y aquello fuese demasiado caro. Para lo bien y rápidamente que lo terminaron, le parecía hasta barato. Pero su estupefacción se debía a una causa bien distinta: Los dos obreros, después de consignar el gasto de materiales y la mano de obra... ¡Le habían puesto dos horas y media extraordinarias -y con el consiguiente recargo del trabajo nocturno- por el tiempo que ambos invirtieron en asistir a la representación de Los Vieneses a la que habían sido invitados por Franz Johan! Y eso que no había crisis...
Ilustración: Representación de Campanas de Viena en el Teatro Cómico de Barcelona.
Autor: Alcayna.
Dada la permanencia de éxitos de Los Vieneses en Barcelona, Franz Johan compró un hotelito cerca del Tibidabo.
Por exigencias de la profesión estuvo durante bastante tiempo fuera de Barcelona y fuera de España, y cuando volvió se creyó en el caso de hacer algunas obras de reparación y de embellecimiento en el hotelito, para lo cual mandó llamar a unos albañiles. Eran dos auténticos especialistas en eso de dejar hechos unos brazos de mar los hoteles ("torres", que dicen en Barcelona).
Tan bien hacían el trabajo y tanto mejoraba de día en día, que Franz Johan se creyó en la obligación de felicitarlos.
-Muy bien. Admirable. Lo hacen extraordinariamente bien.
Y se creyó también obligado a agradecerles de alguna manera su rapidez y su eficiencia, por lo que añadió:
-Ahí van estas entradas para que vayan esta noche a ver nuestro espectáculo. Estoy seguro de que pasarán un buen rato.
Los dos obreros se fueron tan contentos a ver a Los Vieneses, y salieron encantados.
Al día siguiente terminaron su trabajo en el hotelito de Franz Johan, y éste les pidió la factura. ¡Por poco cae al suelo desmayado! No era que hubieran cargado la mano al escribir los números y aquello fuese demasiado caro. Para lo bien y rápidamente que lo terminaron, le parecía hasta barato. Pero su estupefacción se debía a una causa bien distinta: Los dos obreros, después de consignar el gasto de materiales y la mano de obra... ¡Le habían puesto dos horas y media extraordinarias -y con el consiguiente recargo del trabajo nocturno- por el tiempo que ambos invirtieron en asistir a la representación de Los Vieneses a la que habían sido invitados por Franz Johan! Y eso que no había crisis...
Ilustración: Representación de Campanas de Viena en el Teatro Cómico de Barcelona.
Autor: Alcayna.